Gobernando un mundo sin orden

¿Podemos desarrollar un orden internacional que mantenga la paz y les permita a los países jugar según sus propias reglas? Ese es el interrogante que Henry Kissinger plantea en su nuevo libro World Order. Desafortunadamente, es la pregunta equivocada.

Según la definición de Kissinger, “orden mundial” es un concepto de meros acuerdos internacionales “pensado para aplicarse a todo el mundo”. Antes de la llegada de la Unión Europea, por ejemplo, Europa concebía al orden mundial como un equilibrio de las grandes potencias, en el que podían convivir múltiples religiones y formas de gobierno.

Como civilización y religión, el Islam concibe el orden mundial óptimo de manera muy diferente -como un califato, en el que la fe y el gobierno están entrelazados y la paz prevalece a través de Dar al-Islam, o la casa del Islam-. Esa, por cierto, no es la creencia de todos los musulmanes o de los gobiernos de estados mayoritariamente musulmanes, pero el radicalismo abrazado por grupos como el Estado Islámico intenta diseminar no sólo códigos de conducta sino toda una visión del mundo.

En la opinión de Kissinger, están surgiendo concepciones opuestas del orden mundial no sólo en Oriente Medio, sino también en Asia. China actualmente está jugando según las reglas internacionales, pero cada vez más da a entender que espera ser tratada como el primero entre los pares de la región (la misma insistencia de Estados Unidos durante mucho tiempo respecto de su posición en América). Pero, conforme China se vuelve más fuerte y exige lo que, a su entender, es su posición histórica en Asia y el mundo, ¿cuánto tiempo esperará para insistir en la reformulación de las reglas internacionales?

Rusia está abiertamente rompiendo esas reglas y ya no se preocupa en justificarse bajo el derecho internacional. Por el contrario, hace alarde de reclamar territorios alguna vez gobernados por el Kremlin y amenaza con usar la fuerza para “proteger” a los rusos étnicos de supuestas amenazas.

Cuando Rusia anexó a Crimea en marzo pasado, Kadri Liik del Consejo Europeo sobre Relaciones Exteriores señaló la marcada diferencia en la manera en que manejó su invasión de Georgia en 2008. El gobierno ruso esencialmente provocó a Georgia para que atacara primero y luego pergeñó una justificación destinada a mostrar que sus acciones eran compatibles con el derecho internacional. Pero esta vez, escribió Kadri, “Moscú ha desafiado todo el orden europeo post-Guerra Fría, junto con su sistema de reglas”.

La esperanza de Kissinger es que estos países y potencias crecientes como la India y presuntamente Brasil (deja a América Latina fuera de su recuento de órdenes mundiales) puedan forjar un acuerdo sobre un conjunto de reglas que todos considerarán legítimas, manteniendo así un equilibrio de poder global estable. En su opinión, el principio westfaliano de multiplicidad será crítico, ya que habrá que permitirles a los diferentes países y civilizaciones operar según principios domésticos muy diferentes.

Un orden mundial efectivo para el siglo XXI, sin embargo, debe hacer mucho más que mantener la paz. Kissinger se centra en las relaciones entre estados -en cómo, desde la perspectiva de un país, evitar la guerra con otros países disuadiéndolos a la vez de una agresión u otras acciones que probablemente desestabilicen un equilibrio de poder regional o global-. Ahora bien, una lectura de los titulares de hoy sugiere que lo que más probablemente mate y desplace a millones, si no cientos de millones, de personas en las próximas décadas sean amenazas globales como pandemias, el cambio climático y las redes terroristas y criminales -no una guerra entre estados.

Sí, la invasión de Ucrania por parte de Rusia arrojó más de 3.000 muertes. Pero las proyecciones actuales de la propagación del virus del ébola predicen un millón de casos en enero. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud, la epidemia de VIH/SIDA fue responsable de la muerte de 36 millones de personas, aproximadamente diez millones más que la cantidad estimada de muertes militares en la Segunda Guerra Mundial, además de otros 35 millones de personas infectadas.

Muchas de estas amenazas globales están estrechamente vinculadas con la guerra, pero una guerra no tanto interfronteriza sino más bien librada al interior de las fronteras. Consideremos que aproximadamente dos tercios de la población de Siria ha sido desplazada por la guerra civil del país, mientras que millones viven de manera miserable en campos de refugiados.

El estado desastroso de la atención médica en Liberia y Sierra Leona, dónde el ébola está haciendo estragos, refleja décadas de una guerra civil horrible en ambos países. La violencia en curso en la región de los Grandes Lagos de África, que se ha cobrado millones de vidas civiles, está arraigada en el genocidio de Ruanda de 1994 y en la resultante inundación de refugiados hutu en los estados vecinos.

Las sequías y las inundaciones causadas por el cambio climático harán que millones de personas tengan que desplazarse, primero a ciudades superpobladas e irascibles para luego cruzar fronteras. Rusia y Canadá tal vez estén felices de recibirlos ya que existen vastas extensiones de tierra disponibles, pero muchas otras partes del mundo ya están atestadas, lo que se traduce en conflicto.

Mantener la paz es esencialmente una cuestión de limitación o restricción. Una cooperación global efectiva requiere mucho más. Los gobiernos deben poder aunar esfuerzos, junto con actores vitales de la sociedad empresaria y civil, para adoptar planes de acción integrales.

Esos planes, a su vez, requieren de financiación, mano de obra, voluntad colectiva y capacidad de implementación. Sin embargo, hoy, frente a un virus que mata a la mitad de las personas infectadas y la perspectiva de que pueda diezmar una región entera de África, afectar los viajes aéreos y poner a gente en cuarentena a nivel global, el mundo ha ofrecido sólo una fracción de la asistencia financiera y material necesaria.

Vivimos en un mundo de problemas globales y de soluciones esencialmente nacionales. La necesidad de instituciones que puedan responder de manera rápida y efectiva, como lo hace el gobierno doméstico en estados bien gobernados, es más grande que nunca. Las instituciones post-Segunda Guerra Mundial se han vuelto insuficientes. Es hora de reformarlas -y de diseñar nuevas estructuras y herramientas destinadas a abordar los problemas globales.

Anne-Marie Slaughter, a former director of policy planning in the US State Department (2009-2011), is President and CEO of the New America Foundation, Professor Emerita of Politics and International Affairs at Princeton University, and a member of the World Economic Forum Global Agenda Council on the Future of Governance. She is the author of The Idea That Is America: Keeping Faith with Our Values in a Dangerous World.

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