Gobernar en serio

Mayoría holgada, más que probable. Herencia imposible. Alto nivel de exigencia… Para afrontar el día después, conviene conocer las causas del éxito popular y de la debacle socialista. Todavía en condicional: si se cumple el pronóstico unánime… He aquí el centro y eje del asunto: los mercados financieros envían señales concluyentes y la opinión pública dicta sentencia inapelable contra los gobernantes incapaces, ya sea en versión agónica, histriónica o meliflua. Si lo prefieren, se llaman Papandreu, Berlusconi o Zapatero. Entre nosotros, también pasa factura al PSOE una política sectaria y oportunista, incapaz de asumir el sentido más noble de la política como compromiso al servicio del interés general. Menos mal que, acaso demasiado tarde, han llegado acuerdos razonables que anticipan la entrega de las llaves y deben prolongar su vigencia en beneficio de todos. Triste final para un presidente en funciones, al margen ya del presente y del futuro. Aunque, no se olvide, el 20-N por la noche continuará siendo secretario general de su partido. Truenos en el horizonte: candidato premoderno, casi seguro fugaz; aspirantes posmodernos, muy lejos de cuajar; ayuno y abstinencia en el poder nacional, autonómico y local. Si les sirve de consuelo, en democracia siempre hay otra oportunidad, que el PSOE debería aprovechar porque la España constitucional necesita una izquierda a la altura de las circunstancias. ¿Pronóstico? Más vale no hacerse ilusiones, porque los antecedentes no invitan al optimismo. Ojalá me equivoque.

El filósofo Ronald Dworkin, un liberal en sentido americano, publicó hace años un libro muy influyente, «Taking rights seriously», traducido al español como «Los derechos en serio». Otro ejemplo, esta vez literario: Oscar Wilde es autor de una célebre pieza teatral, «The importance of being earnest», conocida entre nosotros con el título ambiguo de «La importancia de llamarse Ernesto». Valgan ambas referencias para sostener una tesis: los españoles exigen a los políticos que gobiernen en serio y reclaman gestores eficientes y diligentes de los asuntos públicos, buenos conocedores de la «lex artis» en el sector de su competencia. Políticos sólidos, pues, con el apoyo de funcionarios capaces, gente que lea los papeles y sepa hacer las cuentas. Esto es, personas que gocen de prestigio y no se presten a la burla despectiva. En suma, todo lo contrario de los equipos improvisados a fuerza de ocurrencias, amiguismos y cuotas de variado signo. Una rémora en tiempos de bonanza, ese lastre conduce al naufragio cuando se trata de dar respuesta a una crisis de dimensión universal. El fracaso estrepitoso del socialismo «light» es la referencia negativa para unos ciudadanos que ya no hacen caso a los juegos malabares de Rubalcaba y no quieren saber nada de Felipe González y su baúl de los recuerdos.

El contraste salta a la vista. El secreto de Mariano Rajoy se llama sentido de la responsabilidad. Mucha gente se siente a gusto con un político sereno y honrado a carta cabal. La desilusión sobre la vida pública es una enfermedad grave para la legitimidad del sistema. Se cura a base de rigor y esfuerzo, pero también de una imagen impecable en el terreno personal y patrimonial. Nadie le ha mezclado nunca con intereses siniestros o maniobras turbias, mérito notable para un veterano de este duro oficio en el que asciende ahora a la cumbre del escalafón. Rajoy ha mantenido la velocidad de crucero durante una larga travesía, a veces una auténtica guerra de nervios y de presiones, por no hablar de cosas peores. Sabemos desde Locke que la confianza entre gobernantes y gobernados es la esencia del régimen representativo. Por eso, la democracia mediática, forma de gobierno contemporánea, no significa que todo vale si se envuelve bajo el disfraz engañoso del sedicente carisma. Aquí y ahora, una mayoría contundente del PP significa mucho más que un cambio de turno. La soberanía nacional (léase, el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado) ejerce la función que le otorga en exclusiva la legitimidad democrática. El mensaje incluye, sin duda, «regeneración», en el sentido amplio del término. Pero, insisto, contiene principalmente un mandato inequívoco: hay que gobernar en serio.

Llega, pues, la hora del pueblo soberano. «Ya no hay protagonistas, sólo hay coro», escribe Ortega en «La rebelión de las masas». Rajoy habla con frecuencia de la «gente normal». Es una forma de entender la vida, en tono prosaico, sin estridencias, lejos del alboroto y la crispación. Apela a la realidad cotidiana de muchos millones de ciudadanos. Todo un acierto, porque ahí está la mayoría. El éxito de la España constitucional reside en la fortaleza de las clases medias. Un secreto a voces, porque lo comparten todos los países civilizados. La democracia occidental funciona gracias a esas buenas gentes machadianas que viven, laboran, pasan y sueñan… Sueñan, en efecto, pero se levantan temprano y trabajan duro para pagar la hipoteca, aprobar el examen y buscar una vida mejor para los suyos. Siempre han tenido buenos principios. Desde hace unos años, gozan también de cierta holgura económica, ahora en grave peligro por culpa de una gestión nefasta. Clase media forjada a base de esfuerzo, que no desea aventuras o saltos en el vacío ni gusta de extravagancias. Accede a una vida digna, pero nunca fácil: sabe bien cuánto cuesta cada gramo de prosperidad. He aquí el destinatario del mensaje popular. Se llama, repito, mayoría social, y por eso el PP va a ganar el 20-N. Parece que el PSOE no lo comprende. Desplazado del centro, pretendió gobernar a partir de la yuxtaposición de minorías, real o supuestamente oprimidas. Es una opción respetable, pero contraria a la lógica: la media estadística siempre suma más que la excepción. Cosas de los fragmentos posmodernos, barridos por el vendaval de la crisis…

Hace tiempo escribí en esta Tercera acerca de una nueva generación de «políticos laboriosos», fiel reflejo de esa sociedad mesocrática que pone sus esperanzas en el mérito y la capacidad. Sembrar la discordia es, sin duda, un mal negocio político. Pero, aparte de la memoria histórica y la ingeniería social, el PSOE se hunde sobre todo porque Zapatero y los suyos no saben gobernar. Con excepciones honrosas, que podemos buscar con el candil de Diógenes, y algunas aparecen entre las tinieblas. No demasiadas, me temo… Lección para el futuro. Por seguir con la Grecia clásica, a mucho mayor nivel, algo recuerda en el ambiente a los tiempos de «vértigo social» que denunciaba Platón. En esta coyuntura, el centro-derecha tiene que asumir su responsabilidad. Grandeza y servidumbre de quien apuesta por la honradez y la virtud política y no solo por el ejercicio efímero del poder. Como es notorio, las perspectivas electorales son muy favorables. En la política, espejo de la vida, también gana el que sabe invertir en valores seguros.

Por Benigno Pendás, catedrático de Ciencia Política. Universidad CEU San Pablo.

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