¿Gobierno de futuro?

Gobierno de futuro

El audaz movimiento de Pedro Sánchez (incluida la rápida reacción frente al problema fiscal de su flamante ministro de Cultura y Deporte) al formar un Gobierno cuya composición ha sido recibida con notable alivio al no responder a los negros vaticinios de quienes auguraban que iba a nacer hipotecado por lo heterogéneo de los apoyos conseguidos para conseguir su investidura, demuestra que ha entendido que la importancia de estar en sintonía con lo que Julián Marías denominaría “la España real”.

Efectivamente, los últimos gobiernos del Partido Popular de Mariano Rajoy han estado constituidos por personas de su misma generación política -la de la Transición- o de la generación siguiente, pero con formación y experiencias profesionales y vitales muy similares y cada vez más alejadas de las de las generaciones intermedias y de los jóvenes. La famosa imagen de cuatro ministros del Gobierno de Rajoy (todos ellos hombres de mediana edad) cantando el himno de la legión –El novio de la muerte– ante la imagen de un Cristo crucificado mostraba con crudeza esta lejanía de la España oficial que, con independencia de otras consideraciones, siempre es un problema para un Gobierno democrático.

Con el nuevo Ejecutivo, por el contrario, el espejo nos devuelve una imagen en la que nos podemos reconocer más fácilmente. El presidente Sánchez juró su cargo -parece que por iniciativa del Rey- sin Biblias ni crucifijos, lo que se corresponde con una sociedad cada vez más secularizada y que se aleja en este punto de vecinos como Portugal e Italia. En el país que inventó el nacionalcatolicismo franquista sólo el 9% de los ciudadanos considera que ser católico es un elemento importante de la identidad nacional, según un estudio del Pew Research Center. En este contexto, la elección de un ultracatólico como presidente de la Generalitat de Cataluña es una excentricidad.

Otros datos muestran que en España tenemos uno de los porcentajes más altos de la OCDE de personas con estudios universitarios (más de un 40%), aunque su calidad sea muy variable. Y, en términos de edad, el 45% de los españoles se encuentra en la franja entre los 25 y los 54 años, que es la que se considera la etapa de mayor productividad laboral. En cuanto a la diversidad de género, las masivas manifestaciones del 8-M han puesto de relieve la existencia de una masa crítica suficiente para exigir una igualdad efectiva a todos los niveles, por lo que un Gobierno con mayoría de mujeres con solventes credenciales profesionales en casi todos los casos supone también un reflejo más fiel de nuestras aspiraciones como sociedad

Pero quizá lo más interesante es el elemento meritocrático en la medida en que bastantes de los nuevos ministros tienen carreras profesionales no vinculadas a la política, en claro contraste tanto con el perfil de los dos anteriores Gobiernos de Rajoy como con los de la etapa del PSOE de Rodríguez Zapatero. Se trata de un acierto que responde a una exigencia mayor de la ciudadanía en relación con el mérito y capacidad de sus dirigentes: ya no es suficiente con proclamar que se elige a “los mejores”, sino que hay que demostrarlo con una trayectoria profesional previa ligada con las competencias de la cartera a desempeñar que así lo acredite. Todo un cambio.

En cuanto a los estándares éticos, la polémica relativa al recién nombrado ministro de Cultura Màxim Huerta en relación con un fraude fiscal de hace varios años ilustra también que han cambiado. Se está reduciendo la tolerancia social frente a conductas que hace unos años estaban más o menos admitidas o suscitaban pocas críticas dado que la práctica de crear sociedades para tributar menos por parte de artistas, abogados, arquitectos y otros profesionales era absolutamente habitual y solo empezó a ser considerada irregular por Hacienda y los Tribunales de Justicia -no tanto su existencia como el uso que se hizo de las mismas- después de un tiempo a la vista del abuso de muchos profesionales al incluir como gastos deducibles de la sociedad los que tenían un carácter puramente personal. En todo caso el episodio pone de relieve que la sociedad es mucho más exigente que antaño con la conducta de sus dirigentes lo que sin duda es una buena noticia puesto que deben dar ejemplo.

No hay duda de que la manera en que Pedro Sánchez recuperó la Secretaría General del PSOE le ha permitido una extraordinaria libertad de movimientos al tener muy pocos favores que devolver en forma de cargos y prebendas. Tampoco de que ha sabido aprovecharla y que ha sentado un nuevo estándar para futuros gobiernos: la selección de los ministros debe de hacerse menos por razones partidistas y de lealtad personal y más por razones de capacidad y competencia.

La pregunta, claro está, es si un Gobierno de estas características tiene futuro. La contestación, a mi juicio, dependerá de que la modernidad no se quede sólo en los gestos y que trascienda a la forma de hacer política. Porque la realidad es que los grandes retos de la modernización de España siguen todos ahí, lo mismo que sigue ahí el reto independentista que ha puesto fin al modelo político iniciado en la Transición. Todo ello con un Parlamento muy fragmentado y con el mayor grupo parlamentario con tentaciones de volver a una oposición de tierra quemada similar a la practicada durante el último Gobierno de Rodríguez Zapatero.

¿En qué consiste básicamente esta modernidad? Pues en algunas cosas de las que no se está hablando lo suficiente estos días. Hay que insistir en las reformas tanto tiempo pospuestas de la profesionalización y neutralidad de nuestras Administraciones Públicas, además de su adecuada capacitación modificando procedimientos de reclutamiento y promoción obsoletos y buscando la adaptación de sus efectivos a las necesidades de un mundo totalmente diferente al de los años 80 en que se definieron sus líneas maestras. En los próximos días y semanas asistiremos al tradicional baile de cargos directivos de segundo y tercer nivel que caracteriza nuestro peculiar sistema de spoils system de circuito cerrado, en palabras del profesor Jiménez Asensio (porque básicamente se restringe a los funcionarios de los cuerpos superiores), lo que supone un desperdicio enorme del talento que existe en las Administraciones en la medida en que no es posible desarrollar una carrera profesional exitosa en el sector público sin gozar del favor político.

Otro ejemplo es la necesidad de implantar de una vez la evaluación de las políticas públicas incluida la necesaria evaluación de los servicios públicos que prestan las distintas Administraciones Públicas para determinar su grado de eficiencia y eficacia desde el punto de vista del ciudadano que los paga con sus impuestos. Cuestiones como la fusión de municipios o la de la supresión o al menos modificación de las diputaciones provinciales deben de volver a la agenda pública por muchas resistencias que generen en las élites políticas locales.

Otra gran cuestión es la reforma educativa; la de la Universidad y la de la enseñanza obligatoria para que nuestros niños y jóvenes estén preparados para el mundo de mañana del que lo único que sabemos es que va a ser muy distinto al de hoy. O la de la despolitización y profesionalización de la Justicia y la Fiscalía, siempre pendiente. O la de la desigualdad, con sus manifestaciones de brecha generacional, la brecha de género o pobreza infantil. En fin, la lista podría seguir y seguir porque todas las reformas necesarias son profundas y están pendientes.

Dejamos para el final la referencia a la crisis territorial e institucional en Cataluña que se confunde con la crisis política e institucional de la Transición. Remediarla va a llevar mucho tiempo, mucha paciencia, mucha generosidad y mucho talento político cualidades de las que hasta ahora hemos andado más bien escasos. Pero necesitamos también ideas innovadoras y reformas solventes para garantizar que la diversidad y la pluralidad de identidades con la que la mayoría de los españoles está cómoda -y que es también un signo de modernidad- no se confunda con la desigualdad de oportunidades, desigualdad ante la Ley, privilegios odiosos y sobre todo no lleve a una intolerable fractura social entre conciudadanos. Y, por encima de todo, necesitamos respeto a las reglas del juego, que son la democracia y el Estado de Derecho.

En este contexto veremos si la audacia y el talento político desplegado por Pedro Sánchez -que ya nadie le regatea- es capaz de jugar un papel importante como liquidador del viejo modelo bipartidista del que él mismo procede y como arquitecto de un nuevo modelo político basado en coaliciones y acuerdos lo más transversales posibles que pueden y deben liderarse desde el centro político pero en el que deben de caber todos y que debe de contar con el apoyo de una sociedad que está cada vez más despierta y es cada vez más exigente. En ese sentido, el contraste con el Gobierno independentista catalán no puede ser más clamoroso. Y es que es complicado sostener un discurso que defiende que la modernidad pasa por el etnicismo nacionalista en pleno siglo XXI y por tics propios de democracias iliberales o directamente de regímenes autoritarios por mucho diseño postmoderno que se le añada. Ya decía Robert Musil un hombre no puede enfadarse con su propio tiempo sin sufrir algún daño.

Elisa de la Nuez es abogada del Estado y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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