Golpes de autoridad

Mayo de 1988. Después de asegurarse siete años más en el palacio del Elíseo con su segunda victoria en las presidenciales, François Mitterrand sabe que si el cáncer de próstata no lo impide se convertirá en el presidente más longevo de la V República. Se sitúa así, según su particular nomenclatura, al menos dos escalones por encima de cualquier político francés de entonces: uno, gracias a lo que consideraba méritos propios tras su llegada al poder en 1981; y dos, gracias a la ratificación de sus compatriotas que le habían vuelto a votar para el cargo después de haber abrasado literalmente en aquel primer mandato a tres primeros ministros (dos de la izquierda y uno de la derecha). Fruto del estado de euforia de aquellas semanas de 1988, Mitterrand repetía incansablemente a sus íntimos: “El Partido Socialista me lo debe todo”. Una frase que más allá del ego del presidente fallecido, seguramente, no es aplicable a ningún otro socialista francés en el siglo XX y que, trasladada a España, para muchos no quedaría exagerada en la boca de Felipe González.

Aunque el muro de Berlín caería dieciocho meses más tarde, ningún gobernante europeo evaluaba entonces esta posibilidad como un hecho posible. Lo cierto es que cayó y que una parte de la izquierda absorta como estaba en obtener el poder quedó desprotegida ideológicamente y desnuda ante su electorado. Así empezaron a intercambiarse gobiernos conservadores y socialistas en Europa, sin que hubiera una frontera clara que identificara –más allá de algunos temas sociales– cuándo gobernaban unos y cuándo los otros. En el club europeo tan sólo rige una norma: que los resultados estatales se noten lo mínimo posible en la política que se acuerda con Bruselas. Hollande y Renzi fueron los últimos renovadores de una gestión que pretendía poner el acento en el crecimiento frente a la austeridad y su discurso no aguantó muchas semanas. Y así hasta que ha llegado el revolucionario Tsipras, que hasta la fecha sólo se ha dado golpes contra la pared comunitaria y para el cual, en estos momentos, sería aventurado predecir un final.

Diluida la batalla de las ideologías, o cuando menos aparcada hasta mejor ocasión, acabaron quedando casi como un fetiche en manos de la izquierda socialdemócrata –un día habrá que hablar a fondo del impúdico uso del poder por parte de la derecha– los temas de las formas en la política, de la democracia participativa en las organizaciones y de los procesos democráticos en la toma de decisiones. Por lo visto en los últimos siete días es muy probable que algunos de estos conceptos deban ser sometidos a un proceso de profunda revisión.

Dos sucesos diferentes, en París y Madrid, tienen mucho que ver con las formas, la democracia y, en última instancia, con un concepto de autoridad más exagerado que responsable. En la Asamblea Nacional, el primer ministro Manuel Valls ha hecho uso de un artículo de la Constitución –el 49.3– para sacar adelante la denominada ley Macron, que toma el nombre de su ministro de Economía y que liberaliza en parte la economía y el comercio. El polémico artículo constitucional le confiere capacidad para aprobar una ley sin que la voten los legisladores si en las 24 horas siguientes no prospera en el Parlamento una moción de censura. Es, sin duda, un golpe de autoridad después de que el Gobierno constatara que un importante grupo de díscolos diputados socialistas la iban a rechazar y el proyecto podía ser devuelto al Ejecutivo para su revisión. Los franceses, poco amantes de este tipo de golpes de fuerza, y sobre todo su inmovilista clase política, atenazada por el viento huracanado del Frente Nacional, están dejando sin oxígeno a Manuel Valls por más que recurrir al 49.3 sea constitucionalmente incontestable. Pero también es un gol al Parlamento, que se ha visto apartado a golpe de decretazo. Como le han recordado a Hollande muchos analistas, en el 2008 los socialistas pedían la supresión de esta vía y el hoy presidente hablaba de un artículo constitucional que viola los derechos del Parlamento y denigra la democracia. Se puede explicar, pero ¿se puede justificar?

En Madrid, la fulminante destitución de Tomás Gómez como responsable del Partido Socialista de Madrid-PSOE, así como la de todos los órganos regionales de la formación; su no idoneidad, según la dirección del PSOE, para ser candidato a la presidencia de la Comunidad de Madrid pese a ser elegido por los militantes hace meses; y la imposición de Ángel Gabilondo –por otro lado, mucho mejor candidato en todos los sentidos– como sustituto de Gómez dibujan más bien un abuso de autoridad del cargo por parte del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, que de respeto a la voluntad de los militantes. La única explicación posible sería la que no han dado públicamente aunque han propagado en privado: la convicción de la implicación de Gómez que, por ahora, no está imputado en el escándalo del tranvía de Parla, ciudad de la que fue alcalde y donde hay imputados una docena de concejales que estuvieron a sus órdenes. Si así fuera y si el PSOE dispusiera de información sobre la supuesta trama delictiva de Parla y la implicación de Gómez, estaría bien que fuera compartida con el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco, que está a cargo de la Operación Púnica, con los militantes socialistas y con la opinión pública en general. Sobre todo para saber si la anunciada campaña de tolerancia cero contra la corrupción de Pedro Sánchez se ha cobrado una pieza importante, aunque también haya habido un ajuste de cuentas en la familia socialista. ¿O no es un trato diferente al que han recibido los expresidentes de la Junta de Andalucía Manuel Chaves y José Antonio Griñán, a los cuales el Supremo ha citado esta misma semana como imputados en el caso de los ERE y que el partido ha arropado? La idoneidad en política, ciertamente, va por barrios. O por federaciones. Y, por lo que se ve, las demandas de la calle, también.

Edith Piaf, la gran diva de la chanson, de cuyo nacimiento se conmemora este año el centenario, consiguió cantar como nadie los peligros de las multitudes en La Foule. “Emportés par la foule qui nous traîne / Nous entraîne / Nous éloigne l’un de l’autre” (tomados por la multitud que nos lleva / nos arrastra / nos aleja uno del otro), entonaba. La considerada como la voz de Francia conserva muy cerca de la Avenida de la República, en el barrio de Belleville, un casa-museo con algunos de sus recuerdos, incluidos el famoso vestido negro que usaba en el escenario, cartas personales o los guantes de boxeo de Marcel Cerdan, el campeón mundial de los pesos medios con el que mantuvo un apasionado romance. Su voz desgarrada suena de fondo. Cerca de allí, el pequeño bistrot Le vieux Belleville organiza cada martes una velada de homenaje a la diva. Un acordeonista y una cantante interpretan las canciones que la han hecho inmortal mientras los comensales acompañan la música, intensamente, voz en grito. Ni la comida (unos 30 euros), ni el ambiente, decepcionarán al visitante. El recuerdo de la vibrante voz de Piaf envuelve el ambiente en una profunda nostalgia mientras se aleja a marchas forzadas aquella unidad republicana del 11 de enero que impresionó al mundo tras los atentados. Mantener la unidad, aquí y en cualquier parte, siempre es el reto más difícil.

José Antich

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