Golpes de suerte

La vida —por lo que de ella he alcanzado a ver— es rigurosamente moral. Es como las fábulas, donde la hormiguita sumisa y laboriosa que aprovecha el buen tiempo para acarrear y almacenar comida, cuando llegue el invierno sobrevivirá, mientras que la cigarra despreocupada que se pasa el verano cantando y tocando el ukelele sucumbirá a la primera helada. La organización social es un complejo esfuerzo para pautar la vida y excluir de ella el azar; de ahí instituciones como las compañías de seguros, la policía, la sanidad pública y la jubilación, o la herencia, con la que los padres quieren proteger a sus vástagos de la incertidumbre y que éstos suelen recibir como algo natural y merecido, y no como lo que es, una arbitrariedad que habría que ilegalizar en nombre del principio de la igualdad de oportunidades.

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ENRIQUE FLORES

La vida es repelentemente moral, pero también está sometida al imperio del azar, y de qué manera. A Borges le obsesionaron durante muchos años los versos de un largo poema de Almafuerte que dicen: “Yo repudié al feliz, al potentado / al honesto, al armónico y al fuerte / porque pensé que les tocó la suerte / como a cualquier tahúr afortunado”, y que él citaba aquí y allá, ayer en un ensayo, mañana en una entrevista o en una conferencia. Ignoro si personalmente compartía ese “repudio” o si lo criticaba, lo que es seguro es que tenía empeño en subrayar la importancia del azar sobre todos los negocios humanos. El tema de la influencia de la suerte, que parece que en Occidente aminora según nuestra deriva vital va haciéndose más y más pautada y mecanizada y tiene que pasar la ITV (Inspección Técnica de Vehículos) cada cinco minutos, le importaba mucho y le dedicó La lotería de Babilonia, el cuento donde especula con un país donde la lotería es parte principal de la realidad: una lotería con números inversos, números que premian y números que castigan, y donde las costumbres están “saturadas de azar”. Esa Babilonia del cuento, viene a decir, es el mundo en que vivimos.

La idea de este mundo que Woody Allen ilustra en su película Match Point, donde el destino del héroe depende de si el anillo que arroja al aire casualmente cae al césped o cae al río, imperaba hasta principios del siglo XX. Es proverbial la pregunta de Napoleón cuando le sugerían el nombre de un oficial para ascenderlo al generalato. Miraba el curriculum y preguntaba: “Bien, bien, pero ¿tiene suerte?”.

Durante la Guerra de los Siete Años Federico II de Prusia, acorralado por los ejércitos rusos y austríacos, amenazado por los franceses y a punto de darlo todo por perdido y suicidarse, se salvó en el último momento gracias al llamado “Milagro de la Casa de Brandenburgo”: y es que falleció la zarina Isabel I y su sucesor en el trono, Pedro III, que admiraba profundamente a Federico, suspendió las hostilidades ¡e incluso le devolvió las tierras que había perdido en combate! Así se salvó Prusia y desde entonces Federico creyó en su buena estrella.

Leigh Fermor cuenta que distinguió a un valiente oficial con la más alta condecoración prusiana (la orden Pour le mérite), y días después, al comprobar que no la lucía colgada del pecho, quiso saber por qué. El valiente le explicó que se había cometido un error terrible. Habían enviado la medalla a un primo suyo que servía en su regimiento y tenía el mismo nombre y graduación. “Una expresión de horror se fue gradualmente extendiendo por el semblante del soberano, se puso bruscamente en pie e hizo salir al oficial gritando: ‘¡Fuera! ¡Vete! ¡No tienes nada de suerte!”.

Los que hayan visto El hundimiento o leído el libro homónimo de Joachim Fest en que se basa esa película tal vez recuerden que Adolf Hitler tenía colgado en su despacho del búnker un retrato de Federico el Grande: aunque la situación del III Reich fuese desesperada, confiaba que se repitiese el “Milagro de la Casa de Brandenburgo”; y el 12 de abril de 1945 creyó ver repetido, como si estuviera escrito en el Destino alemán, el increíble golpe de suerte de Federico, al saber que había fallecido Franklin Roosevelt. El Führer disfrutó de unas horas de euforia, hasta que Truman anunció que los Estados Unidos seguirían combatiendo a Alemania hasta su rendición incondicional. Es que tampoco se puede forzar la suerte. Ni los milagros, por mucho que uno implore a Dios, que es el último reducto que le concedemos a la Fortuna.

José Luis Rodríguez Zapatero, que por una serie de casualidades y hechos impredecibles e inauditos pasó del anonimato, al fondo del Partido, a la presidencia del Gobierno, parece que cometió el error de creer que tenía “baraka” (suerte providencial) y podía decir e improvisar con desenvoltura cosas que al día siguiente los hechos desmentían, embarazosamente. Por el contrario Mariano Rajoy fía su reelección a la razón fría, pura, numérica, de las cifras económicas y, para desactivar el Golpe que viene preparando el Astuto del “prusés”, confía en el sentido común, la sensatez o seny último de los catalanes; o sea que se imponga la razón. Claro que en uno y otro caso puede pasar el azar como en el poema de Kavafis: que “otro desastre, otro en el que nunca habíamos pensado / súbita, tempestuosamente cae sobre nosotros / y sin darnos tiempo —sin prepararnos— nos arrebata”.

Y ya que me he referido al Astuto (no mencionaré su nombre real nunca más, pues, visto que desarticula y destruye todo lo que toca, temo que sea gafe), somos muchos los que observamos, con alipori, que tiene la fea costumbre de hablar, en plural y con untuosa jactancia, de cómo somos, cómo hemos sido siempre, cuán creativos y emprendedores, qué europeos, qué bien sabemos hacer las cosas los habitantes de su comunidad —que casualmente también es la mía—.

Pero es una exageración de la autoestima (le diría desde aquí), atribuirse a uno mismo, no digamos ya a una comunidad plural y dispar, virtudes, rasgos de carácter o méritos de unos antepasados con los que no tenemos apenas nada que ver, de la misma manera que sería exagerar la responsabilidad culparse de los errores o los vicios del tatarabuelo. Los haberes y las deudas reales o inventadas del pasado remoto han muerto de viejas. De ahí no se derivan méritos tuyos, ni facturas que puedas pasar al cobro: sólo se deriva la buena suerte de haber nacido aquí, y no un poco más al sur, allí de donde los jóvenes huyen con una mano delante y otra detrás, y donde cada niño cuando llega al mundo lo primero que sabe es que su hada madrina le ha dejado de regalo mala suerte.

Ignacio Vidal-Folch es escritor. Su última novela publicada es Pronto seremos felices (Destino).

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