Gorbachov y el final de la guerra fría

Por Joseph S. Nye, catedrático de la Universidad de Harvard. Su libro más reciente es The power game: a Washington novel (EL PAÍS, 04/04/06):

El pasado marzo, Mijaíl Gorbachov celebraba su 75º cumpleaños con un concierto y una conferencia en su fundación de Moscú. Lamentablemente, no es popular entre el pueblo ruso, que le culpa de la pérdida del poder soviético. Pero cómo ha respondido Gorbachov a quienes le gritan insultos: “Recordad que yo soy quien os dio el derecho a gritar”. Cuando subió al poder en 1985, Gorbachov intentó disciplinar al pueblo soviético como una forma de superar el estancamiento económico. Cuando la disciplina no pudo solventar el problema, lanzó la perestroika (“reestructuración”). Y cuando los burócratas frustraban continuamente sus órdenes, utilizó la glásnost, o transparencia informativa y debate abierto. Pero una vez que la glásnost permitió a la gente expresar lo que pensaba, muchos dijeron: “Queremos irnos”. En diciembre de 1991, la Unión Soviética dejaba de existir.

La política exterior de Gorbachov, que él denominaba “nuevo pensamiento”, también contribuyó al final de la guerra fría. Gorbachov decía que la seguridad era un juego del que todos podrían beneficiarse mediante la cooperación. En lugar de intentar construir tantas armas nucleares como fuera posible, proclamó una doctrina de la “suficiencia” y conservó sólo una cantidad mínima con fines de protección. También creía que el control soviético sobre un imperio en Europa del Este estaba costando demasiado y aportando muy pocos beneficios, y que la invasión de Afganistán había sido un caro desastre. Hacia el verano de 1989, a los habitantes de Europa del Este se les concedieron más grados de libertad. Gorbachov se negó a autorizar el uso de la fuerza para reprimir manifestaciones. En noviembre, el Muro de Berlín había caído.

Algunos de estos acontecimientos se derivan de los errores de cálculo de Gorbachov. Al fin y al cabo, pretendía reformar el comunismo, no reemplazarlo. Pero sus reformas se acumularon como una bola de nieve hasta generar una revolución impulsada desde abajo en lugar de ser controlada desde arriba. Al intentar reparar el comunismo, abrió un boquete en él. Como sucede con los agujeros en los diques, una vez que la presión contenida empezó a escapar, ésta agrandó la abertura y desmoronó el sistema. Por el contrario, si el Politburó del Partido Comunista hubiera elegido a uno de los rivales de línea dura de Gorbachov en 1985, es verosímil que la Unión Soviética, en declive, hubiera resistido más o menos otra década. No tenía que haberse desmoronado tan rápido. Los arreglos humanitarios de Gorbachov contribuyeron enormemente a determinar el momento en que ocurrió.

Pero también hay causas más profundas para la desaparición del imperio soviético. Una de ellas fue el poder blando de las ideas liberales, cuya propagación se vio impulsada por el aumento de las comunicaciones y los contactos transnacionales, a la vez que el efecto de la demostración del éxito económico occidental les aportaba un mayor atractivo. Además, el enorme presupuesto de la Unión Soviética para defensa empezó a socavar otros aspectos de la sociedad soviética. La atención sanitaria se deterioró y aumentó el índice de mortalidad (el único país desarrollado en el que eso ocurrió). Al final, incluso los militares se dieron cuenta de la tremenda carga provocada por la extralimitación imperial.

En última instancia, las causas más profundas de la desintegración soviética fueron la decadencia de la ideología comunista y el fracaso económico. Esto habría ocurrido incluso sin Gorbachov. Al comienzo de la guerra fría, el comunismo y la Unión Soviética poseían un poder blando considerable. Muchos comunistas dirigían la resistencia antifascista en Europa, y mucha gente creía que el comunismo era el movimiento del futuro. Pero el poder blando soviético se vio minado por la denuncia de los crímenes de Stalin en 1956 y por la represión en Hungría ese mismo año, en Checoslovaquia en 1968 y en Polonia en 1981. Aunque en teoría el comunismo pretendía establecer un sistema de justicia de clases, los herederos de Lenin mantenían el poder nacional mediante un aparato de seguridad brutal que incluía purgas letales, gulags, una censura generalizada y unos confidentes omnipresentes. El claro efecto de estas medidas brutales fue una pérdida general de fe en el sistema.

Mientras tanto, el declive de la economía soviética reflejaba una capacidad limitada de la planificación central para responder al cambio económico global. Stalin había creado una economía centralizada que ponía el énfasis en una abundante fabricación y en la industria pesada, lo cual la convertía en algo muy inflexible, incompetencia pura. Como señalaba el economista Joseph Schumpeter, el capitalismo es “destrucción creativa”, un modo de responder flexiblemente a las grandes oleadas de cambio tecnológico. A finales del siglo XX, el gran cambio tecnológico de la tercera revolución industrial fue el papel cada vez mayor de la información como el recurso más escaso en una economía. El sistema soviético era especialmente inepto en el manejo de la información. El gran secretismo de su sistema político implicaba que la circulación de información fuera lenta y torpe.

La globalización económica generó confusión en todo el mundo a finales del siglo XX, pero las economías de mercado occidentales pudieron reubicar la mano de obra en los servicios, reestructurar sus industrias pesadas y pasarse a los ordenadores. La Unión Soviética no pudo seguir el ritmo. De hecho, cuando Gorbachov subió al poder en 1985 había 50.000 ordenadores personales en la Unión Soviética; en EE UU había 30 millones. Cuatro años después, había unos 400.000 ordenadores personales en la Unión Soviética y 40 millones en EE UU. Según un economista soviético, hacia finales de los años ochenta, sólo un 8% de la industria soviética era competitiva a escala global. Para un país es difícil seguir siendo una superpotencia cuando el mundo no quiere un 92% de lo que produce.

Las lecciones para hoy están claras. Aunque el poder militar siga siendo importante, es un error que cualquier país pase por alto el papel del poder económico y el poder blando. Pero también es un error ignorar la importancia de los líderes con valores humanitarios. Puede que la Unión Soviética estuviera abocada al fracaso, pero el mundo debe agradecer a Gorbachov el hecho de que el imperio que supervisó acabara sin una conflagración sangrienta.