Gracias, Majestad

Setenta y cinco años, Señor, es una magnífica edad para los que la hemos alcanzado. Para un nieto de Rey, hijo del Conde de Barcelona, Príncipe de Asturias educado en España, casado con la hija de un Rey y Rey de España, su vida intuyo ha debido ser una increíble experiencia y una inmensa responsabilidad. Recuerdo muy bien dónde vi y escuché la noticia de la muerte del general Franco: en un apartamento de la Torre de Madrid, con mi mujer, Ana, y mis tres hijos –alguien había incendiado nuestra casa de Aravaca–, y lo primero que me pregunté fue: ¿que hará el Príncipe de Asturias ahora? Ana, que era y es una ferviente monárquica, por convencimiento y tradición familiar, tenía una gran confianza en el Príncipe de Asturias. Yo, lo confieso, no tanto.

Poco a poco vuestra juventud, simpatía, el coraje y acierto, a mi juicio, de vuestras decisiones me fueron convenciendo de que teníamos un buen patrón para la dificilísima singladura de crear y consolidar un sistema democrático.

Vuestra elección –con la plena e inteligente colaboración de Torcuato Fernández Miranda, desde la presidencia del Consejo del Reino– de Adolfo Suárez como presidente de Gobierno fue un gran acierto político, sin duda, pero como dirigente empresarial de la recién creada patronal española, la CEOE, tuvimos tantos problemas de entendimiento con él, que nos hizo, a muchos empresarios y a mi, dudar de vuestra elección. Posiblemente no valoramos adecuadamente las formidables dificultades que el presidente Suárez tuvo que afrontar, con vuestra ayuda incondicional, para conseguir la transición a una democracia parlamentaria: la fuerte resistencia de una parte del Ejército, una derecha franquista que añoraba sus privilegios y las críticas de algunos medios de comunicación.

Hoy recuerdo con agradecimiento la labor de acercamiento de Fernando Abril Martorell al presidente y la cena a cuatro en La Moncloa, en la que acompañé a Carlos Ferrer, donde notamos que el presidente estaba cansado y algo herido con las críticas y deslealtades de algunos de sus más próximos colaboradores, que pronto pudo comprobar eran fundadas.

Carlos Ferrer y yo, en un viaje a EE.UU., fuimos advertidos, en el verano de 1980, por el general de cuatro estrellas Alexander Haig –entonces presidente de United Tecnologies, antes jefe de gabinete del presidente Nixon, comandante supremo de la OTAN y después secretario de Estado con el presidente Reagan– de la situación límite que vivía España, pues, según él, «Adolfo Suárez no tenía ya el apoyo de ninguna institución española ni de su propio partido», y enfatizó que en el norte de España ETA quería establecer una república radical tipo Albania». Al volver a España contamos inmediatamente nuestra entrevista al ministro de AA.EE., que informó al presidente Suárez. Su reacción nos pertenecía a tres personas: una ha fallecido, otra ya no puede recordar nada desgraciadamente y la tercera, que firma este artículo, jamás contará una sola palabra.

Majestad, el desdichado 23-F-81 fue el momento clave, en mi opinión, para comprobar vuestra rotunda y nítida defensa de la Constitución, y todos los españoles que aman la libertad seremos deudores permanentes de vuestra actuación. Se ha escrito tanto de aquellas terribles horas, en que bastantes españoles no dudamos un segundo en apoyar la democracia, que sólo añadiré, como os he explicitado en público y en privado, mi profundo agradecimiento por la serenidad que disteis a España con vuestro mensaje. Desde entonces nadie tuvo la menor duda de que nuestro Rey, como Jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas, con la colaboración, valor y gallardía de muchos, garantizó y garantiza la continuidad del Estado de Derecho que tanto nos ha costado conquistar.

Luego vinieron los años en que todos los españoles, incluso los que se declaraban republicanos, pudimos comprobar la fuerza, confianza y sensibilidad que proyectabais Majestad, como nuestro máximo representante, en las instituciones internacionales del mundo, con reyes, jefes de Estado y de Gobierno, en la Olimpiada de Barcelona, como anfitrión de Papas, en los centenares de audiencias a toda clase de colectivos, en los entierros de nuestros soldados y en los de las víctimas del terrorismo, actuando como árbitro en momentos difíciles entre partidos y llorando emocionado cuando enterrasteis a vuestro augusto padre, Don Juan de Borbón, Conde de Barcelona.

Gracias por haber recibido a todas y cada una de las iniciativas, empresariales, asociativas, políticas e internacionales que he promovido, presidido o participado. Vuestra simpatía sin límites, sentido del humor, proximidad, empatía y conocimiento de los temas es inigualable. España os debe muchísimo, y yo más por las ocasiones en que habéis tenido la amabilidad de recibirme, en Madrid y Palma, y por vuestra pruebas de afecto. He aprendido mucho en esas ocasiones Señor.

Hay momentos difíciles en la vida cuando personas de nuestro entorno más cercano actúan sin pensar en cómo afectan sus comportamientos, aunque no seamos responsables de los mismos, a los que somos su familia y amigos más cercanos. Vuestra Majestad los ha sufrido y los sufre como cualquier cabeza de familia, aunque en vuestra posición los hechos –examinados con la neutralidad de que uno es capaz y pendientes de sentencia firme– afectan también a la institución que encarnáis, como reflejan las encuestas que han mostrado un cierto descenso en la alta aprobación que la institución monárquica gozaba y que empieza a recuperar.

Nunca me he sentido tan cerca del Rey como cuando, apoyado en dos muletas, dijisteis: «Me he equivocado, no volverá a suceder», una frase sin precedentes –que yo conozca– en los labios de un Jefe de Estado. Me sentí orgulloso de oírla, creo que también una parte muy importante de los españoles, y me pregunte quién de nosotros no ha cometido errores, y los que los realizamos, ¿hemos tenido la gallardía de admitirlos y pedir perdón?

Hoy, noviembre de 2013, hay personas que defienden libremente la conveniencia de vuestra abdicación y la razonan con toda clase de argumentos. Yo considero el tema absolutamente fuera de lugar y me apoyo en las palabras públicas de S.M la Reina y en la impecable posición de prudencia de S.A.R. el Príncipe de Asturias, posiblemente el Príncipe heredero mejor formado de todos los actuales, un hombre sereno y con experiencia de la realidad española. Los que hemos tenido la oportunidad de verle actuar –nunca olvidaré su brillante participación en unas Jornadas sobre el Empleo en el Club Última Hora de Palma, que entonces tenía el privilegio de presidir, con la Fundación Ramón Areces en 2003 y en la que participaron Enrique Fuentes Quintana y la elite de los catedráticos españoles– y hablar con él a solas sabemos el respeto y admiración que siente por su padre, el Rey, y lo que opina sobre su responsabilidad, actual y futura.

Seguid trabajando por España, Majestad, y prestad la máxima atención a vuestra recuperación física. Conservad intacta vuestra capacidad de arbitraje y el apoyo a las iniciativas empresariales. Mantened vuestra presencia en los foros internacionales. Utilizad vuestra autoridad para conservar Cataluña como parte importante de España. Defended la austeridad y transparencia de todas las instituciones. Pedidnos sacrificios a todos, pero más a los que gozamos de alguna responsabilidad y medios. Ofreced sensibilidad y apoyo a los que por falta de empleo y medios para sus familias sufren en su dignidad. Os necesitamos, Majestad.

Que Dios os bendiga y permita seguir sirviendo a España es el deseo de este español que piensa seguir trabajando hasta que le llamen para esquiar en las estrellas, donde le esperan dos de sus hijos.

José Antonio Segurado, presidente de honor de CEIM

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