Gracias, Rubén Darío

El pasado 6 de febrero se cumplieron cien años de la muerte del poeta Rubén Darío, que el mundo cultural hispánico ha celebrado con diversos actos, algunos ligados a la pirotecnia, como la iluminación de azul de la Casa de América en Madrid.

Félix Rubén García Sarmiento, que, tras utilizar otros seudónimos, escogió para firmar sus versos y sus colaboraciones periodísticas el nombre definitivo de Rubén Darío, murió antes de cumplir cincuenta años, con el hígado destrozado por el alcohol, pero tuvo tiempo de cambiar el rumbo de la poesía española y, en cierto modo y de rebote, la catalana. Me atrevo a asegurar, por ejemplo, que la obra de Pere Gimferrer, el más internacional de nuestros poetas, sería distinta sin la lectura del poeta nicaragüense.

Si el quid de la buena literatura consiste en unir dos palabras que nunca antes habían estado juntas, Darío escogió entre todas las que habrían de sonar mejor y con ellas hizo música. Una música que nadie antes había sido capaz de componer pese a que las palabras estaban ahí esperando la mano de nieve becqueriana capaz de arrancarles las notas que las convirtieran en melodía.

Unamuno, cuyas capacidades auditivas eran nulas y cuya relación con el poeta nicaragüense no fue demasiado buena, dijo una vez que a Darío se le veían las plumas de indio debajo del sombrero y Darío con una elegancia extraordinaria le mandó una carta en la que le aseguraba: “Es con una pluma que me quito de debajo del sombrero con la que le escribo”. Con esa pluma llegada de América, muchos autores, José Martí, César Vallejo, Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Alfonsina Storni, Borges, Cortázar, García Márquez y un largo etcétera cambiaron la literatura hispánica, pero fue Rubén Darío el que mayor importancia tuvo en el cometido.

Hay en la literatura un antes y un después de Darío no sólo porque con su peculiar manera de entender el modernismo nos acercó a la modernidad europea sino también porque inaugura con sus crónicas, que desde Europa enviaba al periódico argentino La Nación, una manera distinta de hacer periodismo. Periodismo literario sin duda, no exento de denuncia cuando así lo considera necesario, en el que laten las circunstancias por las que pasa, las gentes con las que convive, en suma sus experiencias personales. A ese respecto vale la pena leer la crónica titulada “En Barcelona” del 1 de enero de 1899, durante su primer viaje a Catalunya y compararla con la que dedica a Madrid el 4 de enero del mismo año, para observar su capacidad de captación de ambientes y de perspicacia. Sus referencias sobre la cuestión del independentismo catalán están de absoluta actualidad.

El periodismo, del que vivió en diversas épocas, antes y después de ser cónsul de Nicaragua en París y embajador en España, le predisponía a tener que tratar de la realidad inmediata, tan distinta a la que sus otros textos en verso y prosa ofrecen, especialmente en su primer libro de éxito, Azul, construida a base de ensoñaciones, deseos y quimeras, reyes, princesas, hadas, pájaros azules, o tigras – no tigres– de Bengala.

Heredero del romanticismo –“Quién que es, no es romántico”, escribió en La canción de los pinos, con razón– aprendió las lecciones del simbolismo europeo, en especial del francés y más concretamente de su autor predilecto, el “Verlaine ambiguo”, y supo acoplar “el galicismo mental” del que habló Valera en su famoso prólogo a Azul a los versos castellanos, insuflándoles savia nueva.

Siento por Darío, que vivió en Barcelona, fue íntimo amigo de Rusiñol y amó a Catalunya, una admiración enorme y un agradecimiento infinito por cuanto le debo, que es mucho. No me importa recordar que fui una niña torpe. Las monjas del parvulario al que me llevaron no conseguían que aprendiera a leer. Mi padre, preocupado, intentó encontrar un método distinto al del colegio. Consistió en leerme una serie de textos que tal vez despertarían en mí el interés por la lectura. Y dio en el clavo, lo recuerdo muy bien. Recuerdo con qué atención escuché la Sonatina de Rubén Darío y hasta qué punto me entusiasmó. Me pareció un cuento maravilloso que me estuviera especialmente dedicado: todas las niñas se sienten princesa y yo estaba triste, ¿cómo no tenía que estarlo si era la última de la clase, la más tonta? Había palabras que no había oído nunca, que no entendía: Golconda, Ormuz, libélula, argentina. Tal vez por eso, porque desconocía su significado me parecían más bellas, más misteriosas. Sonaban a música y me daban alas. Alas para alejarme: Golconda, Argentina, Ormuz.... Le pedí a mi padre que volviera a leer el poema. En efecto, el estímulo estaba ahí, en la Sonatina, en las palabras que por arte de magia, más veloces aún que el caballo con alas del príncipe, podían, sin necesidad de que tuviera que moverme de casa, llevarme lejos, muy lejos. A partir de aquel momento puse todo mi empeño en aprender a leer y en pocos días lo conseguí, gracias a la Sonatina, gracias a Rubén Darío.

Carme Riera, escritora.

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