Gracias, Señor

De bien nacido es ser agradecido. Así enseñaban y predicaban con el ejemplo nuestros mayores. «Es absurdo. Porque allá en la caverna, un hombre en la prehistoria matase un animal peligroso para la tribu es absurdo que muchísimos años después alguien fuera rey por el solo hecho de ser descendiente de descendientes de aquel primer rey». El chaval, debía de tener trece años, miró casi con altanería al profesor. Este, veterano docente, dejó pasar casi un minuto antes de decir algo al engreído alumno: «Bien. Has señalado, en un estilo algo exagerado, el elemento hereditario en la monarquía. Pero te quedan otros, como su carácter simbólico, su utilidad… Sí, la utilidad de la monarquía. No me pongas cara de sorpresa. Ya la apreciarás cuando estudies más». Y así fue. Y así ha sido.

Septiembre de este 2017 estuvo centrado en lo que se ha llamado el tema catalán, la permanente atención al proceso de la independencia, imparable para algunos. Ya ese verano más de un independista calificaba directamente de «pobres desgraciados» a los que querían seguir en España, «lo vais a pasar muy mal». Era más que una intoxicación mental propia del nacionalismo, mucho más que una idea supremacista de «nosaltres les catalans». Un totalitario y muy peligroso nazismo estaba extendiéndose por el noreste español frente al silencio, buenismo y apaciguamiento («no hay que provocar») de fuera de Cataluña. Allí, esos «pobres desgraciados» se sentían solos, muy solos.

Desde mucho antes, pero especialmente desde 2012, una longa noite de pedra (o llarga nit de pedra) como la que había descrito Celso Emilio Ferreiro, volvía a la península, ahora a la tierra catalana. Y los «pobres desgraciados» se veían olvidados, rodeados de piedra y casi morint aquesta llarga nit de pedra.

Los supremacistas, para vender su gaseosa independentista, mentían en todo y por todo y repartían dinero público a los afines. Un fácil e ilustrativo ejercicio: entren en la página en internet del «Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya», busquen un día cualquiera y encontrarán seguro subvención por aquí, subvención por allí. Sigan leyendo día tras día el «Diari» y comprobarán que era un régimen subvencionador de los afines. Y las razones justificativas de ese despilfarro del dinero público que se leen en el «Diari Oficial» son de una extrema frivolidad.

Pero hay más. Ese Gobierno catalán que solamente quería ser gobierno para y de independistas estaba presidido por un «muy honorable señor», al frente de «honorables consejero/as». Así lo establecen los artículos 8 y 19 de la Ley (catalana) de la Presidencia de la Generalidad y del Gobierno.

Honorable es, según el Diccionario de la RAE, «digno de ser honrado o acatado». Pero si honrar es «respetar a alguien» y acatar, «aceptar con sumisión una autoridad», ni el molt honorable president ni los honorables consellers merecían ser respetados ni aceptados.

La honra y el honor están estrechamente vinculados a la lealtad. Quien no es leal a sus compromisos voluntariamente asumidos no es honorable.

El artículo 3 del Estatuto de Autonomía de Cataluña establece: «Las relaciones de la Generalidad con el Estado se fundamentan en el principio de la lealtad institucional mutua y se rigen por el principio general según el cual la Generalidad es Estado». Y precisamente porque la Generalitat de Cataluña es Estado, el mismo Estatuto señala en su artículo 67 las competencias del presidente «como representante ordinario del Estado», y la primera de ella es «promulgar, en nombre del Rey, las leyes…». Exactamente igual que el artículo 11 de la Ley antes citada.

¿Lealtad? ¿Honor? La Generalitat de Cataluña ha estado hasta hace muy poco promulgando las leyes «en nombre del Rey…». Así ocurrió hasta la «ley» 19/2017, de 6 septiembre, donde desaparece la referencia «en nombre del Rey», así como al Estatuto.

Las tres últimas leyes del Parlamento catalán, la de referéndum de determinación (ley 19/2017); la de transitoriedad jurídica y fundacional de la Republica (ley 20/2017), y la de la Agencia Catalán de Protección Social (ley 21/2017), no son leyes promulgadas, ni en nombre del Rey, ni con fundamento en el Estatuto, sino hechas públicas desde la nada jurídica. Son inconstitucionales y antiestatutarias, porque son leyes al «margen del Derecho y de la democracia». Y desde la nada no se puede crear nada. Utilizar cargos e instituciones estatutarias para destruirlas es, además de una absoluta deslealtad, el desprecio total a la legalidad.

Pero el 3 octubre 2017, y a las nueve de la noche, la llarga nit de pedra se acabó, porque la primera autoridad de España, el Rey Felipe, envió un excepcional mensaje por televisión a todos los españoles, con rostro serio y grave. Un magnífico discurso que se puede resumir en tres puntos: «(Estamos) ante una situación de extrema gravedad». «Determinadas autoridades de Cataluña (…) han vulnerado las normas aprobadas legal y legítimamente, demostrando una deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado». Y «a quienes así (con mucha preocupación y gran inquietud con la conducta de las autoridades autonómicas) así lo sienten, les digo que no están solos, ni lo estarán».

El Rey, «símbolo de la unidad y la permanencia de España», finalizó su mensaje, breve, claro, contundente, proclamando su «entrega al entendimiento y la concordia entre españoles y mi compromiso como Rey con la unidad y la permanencia de España».

La primera autoridad de España habló sereno y firme y, por primera vez en la llarga nit de pedra, se encendió la luz y se acabó la oscuridad. Y entonces las calles se llenaron de ciudadanos sin miedo, de banderas de España, el Gobierno propuso y el Senado aprobó la aplicación del artículo 155 de la Constitución, y los poderes del Estado ejercieron su responsabilidad y sin miedos de «asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones».

Frente a los irresponsables que querían conducir a Cataluña y a España al desastre, y frente al apaciguamiento y el diálogo-monólogo con los que quieren imponer su más que falsa supremacía, la voz, recia y oportuna, y el compromiso con la Constitución, con la democracia y con «todos» los ciudadanos de Cataluña y todo el pueblo español, del Rey de España.

Por ello, como bien nacido, digo alto y claro: Gracias, Señor.

Javier Borrego, abogado del Estado y exjuez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

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