Gran cirugía

Vivimos unos años de máximo encandilamiento con la tecnología. Esta luna de miel tiene mucho que ver con una nueva realidad ideológica y social que ha renunciado a los ‘ismos’ nacidos durante el siglo pasado a modo de religiones vicariantes (‘marx-‘, ‘comun-‘, ‘fasc-‘, ‘existencial-‘, etc.), pero que, a cambio, adora a nuevos becerros de oro. El consumo masivo, el mundo de pantalla, el maltrato de la naturaleza, el ‘cientismo’ y la obsolescencia programada conforman hoy el marco ideológico débil de nuestra sociedad hedonista y ensimismada en el presente.

Hasta hace poco parecía que abandonar las ideologías fuertes garantizaba la paz de la que Europa carecía desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, desde la guerra de los Balcanes y a tenor de las tensiones y las desigualdades que caracterizan este comienzo de siglo, la paz se halla de nuevo amenazada por el terrorismo y el ‘revival’ de los populismos.

La medicina en general, y la cirugía en particular, no son obviamente ajenas a este nuevo paradigma social y se encuentran envueltas en una espiral de consumo, de corrupción y de complicación tecnológica a menudo artificiosa. Los medios de comunicación, tan sensibles a las noticias relativas a la salud, se hacen siempre eco de las (supuestas) innovaciones tecnológicas aplicadas a la medicina y del indefinido progreso en este campo.

Intentando analizar en detalle el beneficio real de las intervenciones quirúrgicas de alta complejidad, junto con Natalia Cornellà, una estudiante de sexto curso de Medicina, hemos finalizado un trabajo sobre la mortalidad y la dependencia del sistema sanitario de pacientes sometidos a cirugías complejas en el Hospital del Mar entre el 2004 y el 2013.

Para ello hemos revisado las historias clínicas de 620 enfermos que fueron operados por diversas dolencias y por diversos especialistas en intervenciones que duraron más de seis horas, todas ellas electivas, es decir, excluyendo las urgencias. Escogimos esta duración porque supone la ocupación de un quirófano durante una jornada o turno de trabajo e implica, por tanto, gran consumo de recursos destinados a un solo paciente.

De estos 620 casos estudiados, 42 (7%) fallecieron en el hospital tras la cirugía, otros 67 fallecieron durante el primer año tras del alta hospitalaria, y a los cinco años de seguimiento, la mitad habían muerto a resultas de la enfermedad que motivó la intervención o de otras patologías asociadas. De los pacientes que sobrevivieron a la intervención y de los supervivientes de más de un año, prácticamente todos adquirieron algún tipo de discapacidad relacionada con la intervención quirúrgica o bien se convirtieron en dependientes del hospital con más de seis visitas médicas anuales a nuestro centro sin contar las motivadas para la realización de análisis, endoscopias o pruebas radiológicas.

A pesar de la falta de una contabilidad analítica fiable, y basándonos en datos publicados por el Ministerio de Sanidad y otras instituciones sanitarias, una primera aproximación al coste de este tipo de cirugía, contando horas de quirófano y días de estancia en el hospital (en cuidados intensivos y en sala convencional), nos situaría en unos 30.000 euros para los pacientes que sobrevivieron a la intervención y unos 70.000 euros para los pacientes que fallecieron en el posoperatorio. Por lo tanto, el gasto incurrido por estos 620 pacientes con motivo de su primer su ingreso (sin contar los tratamientos ni exploraciones ni visitas posteriores al alta) se situaría en unos 20 millones de euros.

El factor que más influyó en la mala evolución de esta categoría de pacientes sometidos a cirugía compleja, fue el hecho de que, independientemente de la intervención a que se sometieran, padecieran antes enfermedades con impacto considerable sobre su salud. Una edad avanzada y la necesidad de ingresar en una unidad de cuidados intensivos durante más de una semana determinaron asimismo un peor pronóstico. De hecho, casi la mitad de los pacientes de más de 70 años que precisaron ingreso en cuidados intensivos durante más de una semana, fallecieron tras la intervención y el 40% adicional lo hizo dentro de los cinco años siguientes.

Estudios de este tipo ayudan a conocer mejor las consecuencias prácticas de las intervenciones quirúrgicas mayores y nos acercan a una realidad menos glamurosa que la que suelen airear los medios o los propios profesionales. Deberían contribuir asimismo a racionalizar nuestros recursos asistenciales sopesando mejor el coste/beneficio de procedimientos onerosos y de resultados cuestionables no solo en cuanto a la mortalidad que conllevan tanto a corto como a largo plazo sino también (y no es tema menor) por su impacto negativo sobre la calidad de vida.

Antonio Sitges-Serra, catedrático de Cirugía (UAB).

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