Grecia y el futuro del euro

La crisis griega es una crisis del euro. Esto nos han recordado reciente y repetidamente muy ilustres economistas americanos, tanto de derechas como de izquierdas. Siempre se han mostrado escépticos sobre la viabilidad de la moneda única al verla como una construcción política sin racionalidad económica. De hecho, Martin Feldstein ya pronosticó en 1997, dos años antes de la formalización de la unión monetaria, que esta llevaría al conflicto interno en la Unión Europea (UE) y, en particular, entre Francia y Alemania. A principios del 2012 Feldstein dictamina que el euro es un experimento que ha fallado junto con el objetivo político de crear una Europa armoniosa. Mario Draghi en julio del 2012 insufló nueva vida al debilitado euro al proclamar que haría “lo que fuera necesario” para preservar la moneda común, pero también advirtió que la estabilidad de la eurozona estaba en manos de los gobiernos. La crisis de la deuda empezó en Grecia en el 2010 y empujó los programas de oferta de liquidez del Banco Central Europeo (BCE) a partir del verano del 2012. También impulsó las reformas que, al borde del precipicio, nos llevaron a la unión bancaria con el BCE como supervisor de las entidades financieras y el establecimiento de una autoridad de resolución común de bancos con problemas. Se trataba de evitar que el bucle diabólico entre problemas bancarios y problemas de deuda soberana se llevara por delante la eurozona.

Las expectativas de que la formación de la eurozona llevaría a los países miembros a realizar reformas para que sus economías se equipararan en competitividad no se han cumplido. La eurozona se ha reformado con el proyecto de unión bancaria solamente in extremis, y los países que han realizado reformas lo han hecho porque o bien han sido intervenidos o han sido amenazados con la intervención. El posible pacto entre países acreedores y deudores de relajación de la austeridad a cambio de reformas, que no recortes, no ha llegado a buen puerto. El coste para Europa ha sido enorme. El peor comportamiento macroeconómico de la eurozona en relación con EE.UU. después de la crisis es evidente.

El caso de Grecia es paradigmático. Grecia necesita un conjunto de reformas que modernicen su administración y economía, la liberen de prácticas clientelares muy extendidas y eliminen las barreras a la competencia, e impulsen una reforma para ampliar la base fiscal y hacer sostenible su Estado de bienestar, incluyendo el sistema de pensiones. Estas reformas no parecían incompatibles con el programa de Syriza que ganó las elecciones. Sin embargo, el Gobierno de Alexis Tsipras no ha mostrado hasta ahora ninguna voluntad de reforma y perdió toda credibilidad en este sentido, además de empeorar gravemente las perspectivas económicas del país. En su lugar Tsipras y su exministro Varufakis han jugado a amenazar con la salida de Grecia del euro como “el botón atómico” que les haría negociar con ventaja con las instituciones europeas. Si bien es cierto que la eurozona no quiere a Grecia fuera, el pueblo griego tampoco. El forzado referéndum ha puesto de manifiesto el disgusto de muchos ciudadanos con los dictados de la troika, pero al mismo tiempo ha hecho evidente que Tsipras no tenía un plan B fuera del euro. Todo ello a pesar de los contactos con Putin, la resistencia a reducir el desproporcionado gasto militar, y la alianza con partidos nacionalistas de extrema derecha. Además, ha logrado irritar a los gobiernos de la eurozona con una actitud arrogante y destruir toda confianza entre los negociadores. Retar al juego de la gallina a Angela Merkel no ha sido la mejor estrategia a juzgar por el duro programa de reformas y recortes al que se ve forzado ahora Tsipras para mantener a Grecia en la eurozona, y que incluye un fondo de privatizaciones y revertir medidas de gasto. El plan todavía debe ser aprobado por el Parlamento griego a la hora de escribir el artículo.

La opinión de buena parte de los economistas americanos es que Grecia estaría mucho mejor saliendo de la eurozona devaluando y ganando competitividad como hacen los países de América Latina y Asia cuando tienen déficits fiscales y de balanza de pagos no sostenibles. Sin embargo, esto no es lo que opinan los ciudadanos griegos. Puede que sea que no quieren ver peligrar los subsidios de la UE, o puede que no se fíen de sus instituciones… La última es una muy buena razón para no salirse de la eurozona. La calidad de las instituciones de un país es crucial para su desarrollo económico y para el bienestar de la población. Sirve de poco tener una moneda propia si se entra en una espiral inflacionaria de devaluaciones que acaba empobreciendo a las capas sociales más vulnerables. El ejemplo de países de América Latina debería hacer reflexionar.

La crisis griega puede representar una oportunidad de dar un nuevo impulso a la eurozona. El programa de ayuda a Grecia en un clima hostil en los países acreedores denota el compromiso con la irreversibilidad del euro. Se debería aprovechar para completar la UE con mecanismos de legitimación democrática directa, para superar el déficit existente, y de compartición de riesgos. Así se podría completar la unión bancaria con un fondo de resolución de bancos con dotación suficiente y establecer un fondo monetario europeo que pueda ayudar a los países con problemas de balanza de pagos. Y romperíamos, por una vez, la tradición de actuar solamente a un paso del abismo.

Xavier Vives, profesor del Iese.

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