Grecia ya no es lo que era

La Grecia contemporánea se fundó sobre la base de un malentendido geográfico: nos gusta pensar que es la heredera de la civilización helenística. Esto no es así, pero la crisis actual tiene su origen en este mito. Aunque Grecia no reunía las condiciones necesarias para entrar en la Unión Europea, fue admitida después de 1981, ya que el presidente Valéry Giscard d’Estaing consideraba que no se le podía negar nada a la «madre de la democracia». En 2001, se explotó de nuevo el mismo mito con la entrada prematura en la eurozona, aun cuando el presidente del Banco Central Europeo reconocía que la contabilidad griega estaba trucada; un acceso al euro que permitió al Gobierno griego, a los emprendedores del país y a la clase media, endeudarse a un coste bajo para invertir en bienes inmobiliarios y en los Juegos Olímpicos. Muchos gastos improductivos y ninguna inversión.

Los gobiernos, socialistas o conservadores, también han abusado del crédito internacional para perpetuar la economía más estatista de Europa, no para reformarla: la mitad de la población activa trabaja –lentamente– en el sector público, mientras que las actividades más rentables, la naviera especialmente, se benefician de un régimen extraterritorial y no pagan impuestos. La Iglesia ortodoxa, propietaria de un inmenso patrimonio inmobiliario, está asimismo exonerada de pagar impuestos. Esta combinación financiera de un Estado abotargado y una base fiscal minúscula ha terminado espantando a las entidades crediticias: estas comprendieron, aunque un poco tarde, que el Estado griego nunca sería capaz de pagar sus deudas, lo que a partir de 2011 hizo subir los tipos de interés, y esto a su vez hizo aún más improbable la devolución.

A esas alturas, solo quedaban malas soluciones: declararse en quiebra o volver al dracma habría arruinado a la mayoría de los griegos endeudados en euros, puesto que, aparte del turismo, la economía griega no exporta lo suficiente para sacar provecho de una moneda devaluada. La transacción acordada en 2012 con las entidades crediticias, los bancos europeos y el Fondo Monetario Internacional ha permitido a los griegos sobrevivir usando el euro, con la condición de que el Estado reduzca sus gastos para devolver, al menos, los intereses de la deuda. Esta transacción era viable: el Estado habría podido privatizar los puertos, aeropuertos e industrias, pero ha recurrido poco a esta opción, dada la resistencia de los sindicatos y de los burócratas que viven del sector público.

«Hacer que paguen los ricos» era más complicado, porque viven fuera del país y los armadores amenazarían con cambiar de bandera. Por tanto, el compromiso que acaba de adquirir el Gobierno de Tsipras de perseguir a los defraudadores es demagógico: los defraudadores son legales (la Iglesia y los armadores), o bien están fuera de su alcance. Mientras que las víctimas del plan de devolución de la deuda son y seguirán siendo los ciudadanos humildes que han visto bajar sus sueldos o desaparecer sus puestos de trabajo.

En vez de hacer este análisis, el partido Syriza, ahora en el poder, prefiere denunciar «la austeridad impuesta por Alemania» –los helenos inventaron la democracia, pero también la xenofobia–, una postura más cómoda que el enfrentamiento con la Iglesia y los sindicatos. En esto, Syriza es tan hipócrita como sus predecesores. Hipocresía, demagogia, xenofobia: ¿es esto todo lo que los griegos modernos han conservado de los griegos antiguos? Esta mediocridad de Syriza hace improbable que el país salga de la crisis; los conservadores liberales y los socialdemócratas que los precedieron admitían en cualquier caso que era necesario entrar en una economía normal con un Estado menos despilfarrador, mejores medidas fiscales y salarios competitivos respecto al resto de Europa.

Grecia, lentamente, se dirigía hacia la normalidad, pero seguía un camino semejante al de España, cuyo crecimiento y cuyas exportaciones se han recuperado después de que el Gobierno de Rajoy aplicara las medidas elementales de una economía normal. Syriza no se conforma con esta normalidad y prefiere una estrategia «romántica», la de los primeros independentistas de principios del siglo XIX en su campaña contra el Imperio Otomano. Sabemos que lord Byron y Chauteaubriand se adhirieron a ella, que los tribunales europeos los siguieron, que Grecia se reinventó y que se la dotó de un príncipe alemán como primer soberano. Uno de los pocos observadores que denunció la impostura fue el escritor Mark Twain.

En un reportaje de 1867 para un diario neoyorquino, escribió que esperaba encontrar la civilización helenística, pero no divisó más que unos cuantos pastores, cuyos rebaños pastaban entre las ruinas de la Acrópolis. Mark Twain se preguntaba también cómo podían la monarquía y su corte vivir en la opulencia mientras explotaban a un pueblo en la miseria. Es evidente que la ironía y la agudeza de Twain no bastaron para desestabilizar el mito. Este mito –la identificación de los griegos con los helenos– invita, conscientemente o no, al primer ministro Alexis Tsipras a situarse por encima de las leyes ordinarias de Europa. Se dice que es marxista; yo le veo más bien como un neorromántico, convencido de que Europa no sería capaz de abandonar a la «madre de la democracia».

La prórroga de cuatro meses que acaba de conseguir de los europeos y del Fondo Monetario Internacional consolida, de momento, su estrategia. El pueblo es más realista: vacía sus cuentas bancarias. Dentro de cuatro meses, cuando el Estado ya no pueda pagar a sus empleados, este Gobierno se hundirá o deberá adherirse a la «solución española», trabajar para devolver sus deudas. Esta solución es injusta, puesto que los culpables de la quiebra nunca serán castigados. Pero la economía no es una ciencia del todo moral ni pretende serlo; solamente es eficaz.

Guy Sorman

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