Gregorio Ordóñez: la vida posible

Gregorio Ordóñez fue asesinado por ETA a sangre fría, en 1995, en plena democracia. Tenía tan solo 36 años, estaba en un restaurante con amigos y compañeros alrededor de una mesa y el asesino etarra se acercó por la espalda y le disparó un tiro en la nuca. Su viuda, Ana Iríbar, su hijo Javier Gregorio, su hermana Consuelo y sus familiares y amigos y compañeros, nunca podrán olvidar esa tremenda imagen de su asesinato, presenciada o contada y reproducida en nuestra mente con la fuerza de una tragedia sostenida por una organización terrorista propagadora de odio, destrucción y lucha feroz de poder, ideologizada por un nacionalismo excluyente y totalitario.

Si conviene rememorar esta imagen es para no olvidar nunca a Gregorio Ordóñez como persona y ciudadano ejemplar, que perdió la vida en defensa de la libertad. Asimismo, es importante la reconstrucción de aquellos hechos y aquel tiempo porque forman parte de nuestra historia como país, de hechos históricos que deben servir para que nunca más vuelvan a repetirse. La exposición que recuerda a Gregorio Ordóñez en el XXV aniversario de su muerte nos proporciona una narrativa historiográfica basada en esa necesidad ineludible de que «a los muertos no se les debe otra cosa que verdad y justicia», y que una vida individual como la de nuestro protagonista es siempre «un elemento de juicio esencial para entender una época y una sociedad».

Gregorio Ordóñez la vida posibleDesde los años de plomo en el País Vasco, desde aquella ignominia de los entierros de asesinados sin apoyo de rezos por las autoridades eclesiásticas; de aquel lenguaje impostor durante años en que pocos se atrevían a hablar de «terroristas» y pudorosamente se decía «los violentos», como mucho; de una época de casi indiferencia internacional o, como en el caso de Francia, de nula ayuda a una joven democracia española; de una sociedad atemorizada que miraba para otro lado (aquel innoble y cobarde algo habrán hecho); desde aquellos oscuros años, algunas voces y acciones de ciudadanos conscientes de lo que representaba el cáncer de ETA en el País Vasco, advertían de que la lucha resistente de aquella primera minoría que arriesgaba su propia vida en la comunidad vasca era el escudo de la democracia y libertades para todos en todo el territorio español. Esas voces y acciones valerosas y razonadas educaron a muchos y nunca se lo agradeceremos bastante. El ejemplo de Gregorio y sus familiares, amigos y ciudadanos afines, víctimas directas del terrorismo, forman parte esencial de ello.

No es aquí el lugar de trazar la historia compleja de la derrota policial de ETA y, al mismo tiempo, de la supervivencia de un relato y un proyecto de poder totalitario de sus partidarios, auspiciados más o menos consciente o inconscientemente, por algunas decisiones de los políticos en ciertos momentos. Hay una excelente bibliografía, tanto histórica como novelada, sobre el proceso y los sinuosos caminos de la metástasis que suponían los intentos «blanqueadores» de los enemigos de la democracia y las libertades; del entorno nacionalista vasco fundamental que aprovechaban «las nueces que caen del árbol que mueve ETA»; de la pusilanimidad o la falta de juicio o indulgencia de ciertos políticos de diferentes signos; de la confusión cómplice de una sociedad al condenar a veces solo los medios –la violencia, el terror– y no los fines –la exclusión y la dominación y anulación de los otros–. En fin, de la falta de arrepentimiento de los asesinos –no el pedir perdón por un crimen que nunca nos devolverá al muerto, sino algo más profundo que deslegitime una ideología basada en un nacionalismo siempre totalitario–, ese arrepentimiento que, como señalaba con su lucidez habitual Fernando Savater, solo es creíble en los que reconocen su fracaso: «los que ganan, no se arrepienten nunca; los que pierden, casi siempre», «el arrepentimiento les llegó a tantos nazis alemanes o austríacos tras la derrota de Hitler». Esa metástasis del nacionalismo excluyente, supremacista, totalitario (con ribetes nazis o estalinistas, pues siempre ha faltado en cierta izquierda la autocrítica seria del estalinismo), lo estamos viviendo actualmente de diferente manera en varios lugares de España, desde luego en el propio País Vasco, principalmente en lugares pequeños, donde sigue latiendo un velo de temor y vemos a los no arrepentidos insertos en instituciones democráticas y utilizándolas para sus fines, o en la gravedad de lo que está ocurriendo en Cataluña desde hace bastante tiempo. De la misma manera –afirmaba también Savater– que no existió un llamado «problema judío», sino que el verdadero era el «problema de Hitler», tampoco podemos hablar de «problema vasco» o «problema catalán» o cualquier otro, sino de problema de ETA o problema del nacionalismo supremacista.

Especialmente, lo estamos viendo en el afán por apropiarse de un relato histórico y simbólico falseando los hechos ocurridos e intentando implantar una idea equidistante de una lucha entre dos bandos con ideologías distintas y enfrentados. Pero la realidad nunca fue así, y es importante que la conozcan las nuevas generaciones de jóvenes. Simplemente, una banda terrorista, en nombre de su ideología nacionalista, mataba o amedrentaba a los conciudadanos que no pensaban como ellos y, despreciando las instituciones de un Estado de derecho como es el nuestro, los condenaban al miedo y les privaban de su libertad o, como en el caso de Gregorio Ordóñez y de 800 personas más –hombres, mujeres, niños– les asesinaban a sangre fría a base de tiros, bombas o también de secuestros. ¿Cómo pudimos llegar a esto? El hecho de que el Estado de derecho haya sido más fuerte que estos destructores sin conciencia nos debe dar la suficiente confianza para seguir luchando por la libertad e igualdad.

Creo, como historiadora, que una importante forma de lucha es la de restituir la verdad de los hechos históricos. Frente a la actitud militante de los nacionalismos de utilizar sin escrúpulos, en la educación y en los medios, unas narrativas históricas falseadas o de ficción, que conducen a ensoñaciones y percepciones mentales fuera de la realidad y a creencias de inexistentes paraísos en el pasado de los pueblos, con consecuencias políticas y económicas que nos afectan a todos, hay que volver a esa «verdad de los hechos», de los que decía Hannah Arendt que cuando son sustituidos por opiniones, hay que echarse a correr (así huyó ella misma de los nazis en Alemania).

LAS MENTIRAS históricas que propagan, la utilización de la lengua como instrumento de discriminación y la de la historia como elemento de conflicto eterno, esas falsedades y ocultación de los hechos, «todas esas mentiras –proseguía Arendt–, lo sepan o no sus autores, contienen un elemento de violencia. La mentira organizada siempre tiende a destruir lo que se ha decidido negar, aunque solo los gobiernos totalitarios han adoptado de manera consciente la mentira como paso previo al asesinato». La estela etarra, después de tener que interrumpir los asesinatos por su derrota ante el Estado de derecho, prosigue con sus mentiras organizadas, más o menos consentidas por sectores beneficiarios a corto plazo de esas mentiras y procurando extenderla a otros ámbitos, como estamos soportando actualmente en nuestro país.

Frente a esas mentiras e invenciones de la historia acontecida, es importante que sepamos que hay una verdad factual y sí pueden existir en realidad los hechos independientes de la opinión y de la interpretación, como teme Arendt: los hechos han sucedido y no se pueden ya cambiar. Cuando alguien mantiene que «nada se puede conocer», tengan la seguridad de que intentan imponernos su propio relato. Lo que hay que hacer es rescatar esos hechos del caos de los meros acontecimientos y ordenarlos con rigor histórico en una narración que exige una perspectiva y un imperativo ético profesional y de búsqueda de la verdad (verdad con minúsculas, no absoluta nunca, pero sí objetiva). Nuestro mundo humano es un mundo de significados, sin los cuales no podemos vivir, como demuestran las actuales ciencias cognitivas, pero ello no constituye ninguna justificación para que se intenten borrar las líneas divisorias entre el hecho, la objetivación significativa y la opinión o la ficción. Y menos puede justificar la manipulación de los hechos por intereses ideológicos o luchas de poder.

Precisamente, la historia y la rememoración de Gregorio Ordóñez nos permite, como decía al principio, entender mejor la historia propia de nuestro país y por ello de nuestro propio presente, pero muy especialmente es la historia y su ejemplo lo que nos sirve de acicate para que sigamos resistiendo y luchando, por todos y cada uno de nosotros, por la vida, la libertad y la justicia.

Carmen Iglesias, de la Real Academia de la Historia y Real Academia Española.

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