Gruberova en la Scala

En la sala vacía del Piermarini, como también se conoce a La Scala de Milán, resuenan estruendosos en su silencio los ecos de quienes allí han forjado su leyenda. Al visitante lo invaden las voces de la Callas, la Tebaldi, Corelli, Schipa o nuestros Domingo, Carreras y Kraus. Los sentimos sobre ese escenario ahora huérfano, tras ese telón que abre y cierra las grandes veladas de ópera en el templo milanés. Basta cerrar los ojos y dejarse llevar por esta experiencia extrasensorial.

El pasado 23 de julio, la soprano eslovaca Edita Gruberova puso a La Scala en pie tras un recital de esos que se inscriben en los libros de historia. El suyo fue un viaje belcantista por las tres reinas Tudor de Donizetti, un tour de force encarnando a María Stuarda, Anna Bolena y Elisabetta. Una velada, a pesar de todo, de canto imperfecto pero emociones sublimes, incluso para aquellos que no somos devotos de su religión, de su manierismo y vicios canoros, de los efectos visibles de cuarenta y cinco años de resplandeciente carrera por los principales teatros de todo el mundo.

Su incontestable e histórico éxito, no obstante, arrastra una mácula con alma de lamento: lo hizo en una Scala con una ocupación de apenas el sesenta por ciento. «No ha habido relevo generacional para que los jóvenes sean capaces de apreciar esto en toda la dimensión que tiene», planteaba a la salida un veterano aficionado del Liceo, uno de esos escenarios donde en las últimas tres décadas se ha venerado a la intérprete de Bratislava. La reflexión está llena de sentido. Hoy la ópera es, más que nunca, un reflejo de la sociedad en que vivimos, una pasarela donde la apariencia y la juventud cotizan por encima de la maestría, de la experiencia. Esto, a pesar de que en el canto erosionado de Gruberova haya más ópera que en todas las sopranos juntas de la siguiente generación.

Podría pensarse que es un mal radicado exclusivamente en Italia, un país tan empeñado en ir siempre a la última moda que en ese proceso de innovación constante ha considerado como un género anticuado esa ópera que él mismo inventó y engrandeció durante los últimos cuatro siglos. La tradición como un elemento a superar porque está caduco, aunque sea esa tradición la que te explique tu propia idiosincrasia. La negación a uno mismo en nombre de la vanguardia estética. En España también tenemos lo nuestro. Ahí está esa persecución que la izquierda radical hace de la Fiesta Nacional en nombre de esa mal traída modernidad.

En este afán progre de renunciar a nuestras tradiciones como si fueran una losa que nos impide ser modernos (como si serlo resultara un valor positivo en sí mismo), nos hemos dejado invadir por esta corriente banalizadora. Los mensajes con los que se nos bombardea y que recibimos como sociedad nos impiden pensar otra cosa. Se nos dice que los políticos deben tener menos de cuarenta años, nos acosan programas de telebasura transalpina que hacen constante apología de la superficialidad, las redes sociales suplantan a los medios de comunicación para construir el relato informativo de la realidad. Vivimos en un país en el que las ventas de un premio Nobel de Literatura suben cuando en su vida privada se entrecruza una celebridad del papel cuché.

El relevo generacional no sólo está ausente en la ópera, sino de manera amplia en las expresiones culturales. La lluvia fina que cala es que con la cultura no se va a ningún sitio, que carece de utilidad real para relacionarse con los semejantes o encontrar un empleo. Las universidades se han centrado tanto en la fabricación en serie de titulados en base al pernicioso «modelo Bolonia» que han abandonado su verdadera función: la de la formación intelectual de los individuos.

Las butacas vacías de Gruberova hoy son los teatros cerrados del mañana, el preludio de la ópera como subproducto devaluado para turistas, un arte arrinconado y reducido a terreno de nostálgicos. Son Las Meninas sin espectadores, es el Quijote sin lectores, Las Ventas convertidas en centro comercial. La anécdota es un síntoma, y no el primero, de la ruta al vacío de quienes están llamados a ocupar en el futuro inmediato nuestro sitio en el mundo. Si esto no merece plantearse en serio el modelo de sociedad que queremos, acabaremos como la propia Bolena, locos y descabezados.

José Luis Jiménez, periodista.

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