Guardiola, el catalán perfecto

Al Paradiso, el bar de moda en Barcelona, se accede por una entrada camuflada como nevera de época en la esquina de un minúsculo bar de bocadillos y que suele pasar desapercibido a todos los que no están en el ajo. Es una nevera de esas de madera, a cuarterones, en las que los tenderos de hace cuarenta o cincuenta años guardaban las botellas de leche. Tras su puerta, los camareros del Paradiso preparan algunos de los mejores cócteles de la ciudad para un público mayoritariamente extranjero y que no desentonaría en la portada de Vogue.

El Paradiso es un speakeasy. Es decir un bar que imita los tugurios clandestinos de la época de la Ley Seca estadounidense. Lo que no saben la mayoría de los clientes es que el Paradiso cuenta con un segundo speakeasy oculto tras la pared falsa de un lavabo. En ese segundo, más pequeño y más oculto speakeasy es donde de vez en cuando algunos periodistas y conocedores de las entrañas del mundillo político catalán debaten a las 3:00 o las 4:00 de la madrugada, y mientras por los altavoces suena El aire de la calle de Los delinqüentes, sobre temas de política ficción. Como por ejemplo el de quién será el tapado que en el plazo de seis, ocho o diez años ocupe la presidencia de la Generalitat.

Los más jóvenes apuestan por Jordi Graupera, periodista y profesor de la NY University al que muchos señalan como la gran esperanza blanca del centroderecha catalán. Los apocalípticos señalan a Ada Colau, cuyo mayor mérito es encarnar a la perfección algunos de los peores rasgos del carácter catalán: la misantropía, el victimismo y un rechazo del sistema paradójico en quien ha vivido la mayor parte de su vida adulta a costa de los presupuestos de ese mismo sistema.

Pero el nombre que nunca falla es el de Pep Guardiola. Porque Guardiola es el catalán perfecto. Nadie sobre la faz del planeta Tierra podría afirmar sin atisbo de dudas si Guardiola es de derechas o de izquierdas, si cree en un Estado pequeño o en uno que controle el 90% del PIB, si está por la legalización de las drogas o por su prohibición, si apoya el aborto libre, defiende la gestación subrogada o está por las penas de prisión para el manspreading. A Guardiola se le supone, sólo se le supone, una cierta proximidad ideológica a la burguesía de derechas catalana, la de Artur Mas y las cien familias, pero ni siquiera ERC o la CUP serían capaces de encontrarle una sola declaración altisonante capaz de alienar a sus votantes.

Lo que sí saben todos los catalanes es que Guardiola es nacionalista, ateo y cruyffista. Más allá de esos tres ejes ideológicos, lo del actual entrenador del Manchester City es terra incognita. En cierta manera, Guardiola es el Tony Blair independentista. Como explica Theodore Dalrymple en su libro Sentimentalismo tóxico, el nuevo populismo requiere de sus líderes una extraña combinación de glamour y banalidad. También les exige una cierta apariencia de intelectualidad y unos gustos estéticos refinados siempre y cuando no se intuya tras ellos una verdadera inteligencia (lo que podría resultar amenazador para las masas). Dadas estas características, la nueva elite puede vivir “una vida tan alejada de la gran mayoría de la gente como lo fue la vida de la aristocracia, incluso más alejada, pues la aristocracia al menos tenía que tratar con la gente corriente en sus haciendas”.

Y eso es Guardiola. La intelectualidad se le ha dado siempre por sentada a pesar de que no se le conocen más de dos o tres lecturas (con los poemas de Miquel Martí i Pol a la cabeza) o idea política o social alguna que vaya más allá de los tópicos del nacionalismo catalán al uso. Su aparente caballerosidad parece rezumar agresividad pasiva y sus halagos suenan a leñazos dialécticos muy mal disimulados. “¿El Real Madrid? Un gran equipo”. “¿Mourinho? El puto amo”. Sus respuestas sobre su etapa en la selección española de fútbol, siempre políticamente correctas (“Fue un honor jugar con ella”) no esconden sus contradicciones. Como cuando afirmó haber jugado con la selección española porque Cataluña no disponía de selección nacional.

Dicen que Guardiola sólo confía en dos personas. El exdirectivo Evarist Murtra y Jaume Roures, fundador del grupo Mediapro y uno de esos millonarios a los que se les transparenta la cercanía ideológica a Unidos Podemos. Es una prueba más de la transversalidad ideológica de Guardiola, capaz de encajar, aunque sea por incomparecencia, en las fantasías y las utopías de una amplia mayoría de los catalanes.

No es hombre Guardiola de valientes pasos adelante. Los mayores éxitos de su carrera han llegado cuando otros le han venido a buscar y nada parece indicar que esa táctica, la de dejarse querer y esperar a que toda la responsabilidad recaiga en quien le ha otorgado el aura de salvador, vaya a cambiar en el futuro. La lectura del manifiesto de hoy, más allá de su lectura delirante de la realidad, encaja al 100% en ese mismo patrón. Ni le compromete profesionalmente, pues su futuro como entrenador está asegurado en Reino Unido, Italia o Francia, ni le obliga personalmente, pues Guardiola, que debe contar con información de primera mano sobre la viabilidad real del proceso independentista, sabe perfectamente que este jamás llegará a buen puerto.

Palabras al viento, quejas de millonario, desafíos a la nada y vehemencia calculada. Lo dicho: el catalán perfecto.

Cristian Campos es periodista.

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