Guatemala, destino fatal

Por Joaquín Villalobos, ex dirigente guerrillero salvadoreño, y consultor para la resolución de conflictos internacionales (EL PAÍS, 07/03/07):

Si hubiera un Oscar para premiar las realidades que superan la ficción de las películas, Guatemala merecería uno por superar a Infiltrados, de Martin Scorsese. Las violentas escenas finales de Scorsese, en las que todos los policías mueren, hacen pensar si existía alguien bueno en la trama. Hablando de violencia y policías malos, Guatemala y El Salvador han tenido los regímenes más sanguinarios de América Latina. Tanto por número de víctimas, como por la arrogancia y crueldad de sus aristocracias. En Guatemala inventaron los escuadrones de la muerte, los militares libraron su guerra solos, la ganaron con un genocidio y, entre sus méritos por brutalidad, está el haber asaltado y quemado la Embajada de España en 1980, dejando 36 personas muertas. Es un país muy bello con un alma violenta que resulta del racismo de sus clases altas y del resentimiento profundo y silencioso de sus indígenas. Guatemala, como lo fueron los Balcanes en Europa, esconde el conflicto étnico más peligroso de Latinoamérica.

En julio de 1979, una insurrección popular derroca al dictador Anastasio Somoza en Nicaragua. Cunde el miedo en El Salvador y, para evitar que ocurriera lo mismo, en octubre de ese año un golpe de Estado depone al entonces presidente, general Humberto Romero. El mayor Roberto D’Aubuisson, quien se encontraba a cargo de perseguir y acabar con los opositores salvadoreños desde la Guardia Nacional, huye a Guatemala. Allí se vincula a Mario Sandoval Alarcón, un personaje conocido como “el padrino de los escuadrones de la muerte”, que hablaba como tal, debido a un cáncer en la garganta. Alarcón era líder del Movimiento de Liberación Nacional (MLN), una mezcla de partido político y paramilitarismo. En una ocasión dijo: “Admito que el MLN es el partido de la violencia organizada. La violencia organizada es vigor, así como el color organizado es escenario y los sonidos organizados son armonía. El MLN es un movimiento vigoroso”. Sandoval asume a D’Aubuisson como su discípulo, y éste, desde una finca cercana a la frontera con El Salvador, reproduce y dirige el modelo guatemalteco de partido y escuadrones de la muerte; así nace Arena, el actual partido de gobierno de El Salvador.

Esos escuadrones torturaron, decapitaron, descuartizaron y hasta quemaron vivas a miles de personas. Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, es asesinado de un disparo al corazón mientras oficiaba una misa. Esta represión convirtió un conflicto político social en guerra civil. D’Aubuisson, poseedor también de una potente violencia verbal, había calificado a Romero como el “obispo del diablo”. Era común que tildara públicamente de “lambeculos” a quienes desde la misma derecha rechazaban su virulencia, y llamó “sidoso” a su enemigo el demócrata cristiano Napoleón Duarte, cuando éste estaba muriendo de un cáncer en el estómago.

El Salvador alcanza la paz mediante un acuerdo entre el Gobierno y las guerrillas en enero de 1992, desaparecen los escuadrones de la muerte, se disuelve la Guardia Nacional y la Comisión de la Verdad culpa a D’Aubuisson por la muerte del arzobispo Romero. Arena, al firmar la paz bajo el liderazgo y la presidencia de Alfredo Cristiani, se convierte en un partido exitoso y gana cuatro elecciones presidenciales sucesivas. Sin embargo, asume a D’Aubuisson, el líder de la violencia, como su símbolo.

Simultáneo con el inicio de la paz, D’Aubuisson muere de un cáncer en la lengua. En el pasado mes de febrero, en conmemoración del décimo quinto aniversario de su muerte, Arena propone declararlo “hijo meritísimo” de El Salvador, pero crecientes protestas lo impidieron. Exactamente un día antes de dicho aniversario, tres diputados de Arena, entre ellos un hijo de Roberto D’Aubuisson, desaparecen en Guatemala. Son encontrados horas después en la finca donde se fundó Arena, allí fueron cruelmente torturados y quemados vivos. La derecha salvadoreña denuncia el hecho como un crimen político y mira hacia la izquierda. Sin embargo, cuatro días después capturan y acusan con muchas evidencias a cuatro policías guatemaltecos por el asesinato. Tres días más tarde, un escuadrón “penetró” en un penal de máxima seguridad de Guatemala y degolló a los policías capturados. Un último policía, que estaba en fuga, se presenta entonces ante la justicia y ésta se declara incapaz de protegerlo.

Los hechos de esta historia han puesto a muchos a buscar mensajes ocultos al límite de la superstición. Sin embargo, la moraleja es muy clara: sembrar vientos hace cosechar tempestades. La idea de que los mejores policías son los que más se parecen a los delincuentes es una estupidez. Ser rudos, prepotentes y sin escrúpulos son cualidades de matones y criminales, no de servidores públicos.

Guatemala es ahora un destino fatal en manos del crimen organizado prisionero de una “vigorosa violencia”. Los aristócratas entrenaron perros bravos para protegerse, éstos dejaron de obedecerlos y se han convertido en grandes capos del narcotráfico. Matan como les enseñaron y autorizaron a matar, sin compasión y sin reparar en quién es la víctima. Los derechos humanos no son sólo un adorno ético para parecer civilizados. Sirven para mantener la confianza y la cohesión social, aseguran que el derecho del Estado al monopolio de la fuerza sea ejercido con responsabilidad por personas mentalmente sanas y no por sicópatas asesinos.