Guerra abierta en el corazón de Europa

Por Gustavo de Arístegui, diputado por Zamora y portavoz de Exteriores del PP en el Congreso (EL MUNDO, 12/08/08):

Me resulta chocante que el pacifismo de tantos sea tan terriblemente selectivo. Nadie se acuerda de Ruanda o de Burundi, las guerras olvidadas de Africa no sacuden ya las conciencias de los occidentales antioccidentales, Darfur parece interesar sólo a algunos en Europa y a pocos más en Estados Unidos, quizá se deba al gancho de George Clooney, hasta para esto somos frívolos. Hay conflictos terribles que cierta progresía conoce de memoria: datos, detalles y hasta las estadísticas muchas veces infladas y siempre blandidas como afiladas espadas contra el adversario. Si no que se lo pregunten al flamante vicesecretario general del PSOE, que recurre a ellos constantemente. Me resulta curioso que a la hora de redactar estas líneas no hayamos visto ninguna declaración significativa del PSOE, pero que esta guerra, que en pocas horas, muy pocas, ha causado más de 3.000 muertos entre la población civil, no merezca declaración alguna de nadie, me resulta cuanto menos sorprendente.

En estos días de serpientes de verano y plácidas matinées olímpicas, las primeras páginas de los periódicos y las horribles imágenes en televisión de Osetia del Sur y de Georgia ya no conmueven a casi nadie, quizás es que no hay rédito político que sacar de este espantoso conflicto. La invasión del giga-Goliat contra un micro-David, sorprende por su dureza e implacabilidad, parece que se quiere dejar el trabajo bien hecho antes de que la comunidad internacional despierte de su indolente letargo estival. Pero hay varios aspectos de esta crisis que conviene analizar lo más desapasionadamente posible:

1º No podemos permitir que se produzca una reedición de la Guerra Fría, una vez que Rusia ha logrado superar su crisis política, económica y hasta de identidad tras la implosión de la URSS. Es indudablemente positivo que Rusia haya logrado la estabilidad y consolidar sus instituciones postsoviéticas, y que la revisión de su historia haya sido tan fluida como en apariencia ha sido. Ya sabemos que desde el final de la Guerra Fría ha habido algunas tentaciones nacionalista cuyos excesos, normalmente, se han desvanecido en la bruma de la compleja política rusa.

2º Rusia siempre ha mostrado una profunda desconfianza e indisimulada irritación ante cualquier desplazamiento de las antiguas repúblicas soviéticas hacia las posiciones occidentales de sus otrora enemigos jurados. En este sentido, siempre se opuso a que, por ejemplo, las Repúblicas Bálticas se integrasen en la OTAN o en la UE. El pretexto fue, como lo es ahora con Osetia del Sur, la presencia de una minoría rusa y la defensa de sus derechos e identidad. La diferencia radica en que en alguna República Báltica la proporción de población rusa llegaba a casi el 30%, mientras que en Georgia es de apenas unas decenas de miles de personas que escasamente llegarían al 7% de la población.

3º Rusia ha querido marcar con claridad su área de influencia, oponiéndose frontalmente a la instalación del escudo antimisiles estadounidense en Europa, cuando resulta evidente, ante su despliegue y número, que el objetivo no son los misiles de medio y largo alcance rusos, sino los que eventualmente puedan venir de Oriente Medio y Asia Central. Moscú volvió a enseñar los dientes en la Cumbre de la OTAN de Bucarest, cuando Ucrania y justamente Georgia quisieron ingresar en la Alianza Atlántica. Esta vez Europa se arrugó y cedió.

4º Rusia ha jugado con habilidad su carta energética: es uno de los primeros productores mundiales de petróleo y de gas y ha sabido presionar políticamente con enorme eficacia, si bien con nulo estilo versallesco, abriendo y cerrando el grifo de oleoductos y gasoductos según le conviniese.

5º Existe una manifiesta contradicción entre quienes se opusieron a la independencia de Kosovo y hoy invaden Osetia del Sur para promover el secesionismo de una parte de Georgia, incluso si sus habitantes de etnia rusa no desean formar parte de Rusia. Los hechos consumados y la violencia nunca han sido el camino. Yo me opuse firmemente a la independencia de Kosovo, me sigue pareciendo un atropello a la soberanía e integridad territorial de Serbia y a la legalidad internacional. Igual que en el caso de Osetia del Sur. Quienes promovieron esos polvos de la ilegal e irresponsable independencia kosovar, son corresponsables de estos sangrientos lodos, conviene que no lo olviden.

6º Nadie habla del tema, pero hay otro asunto de la máxima gravedad que afecta a Georgia: se trata de la región de Abjasia en el noroeste del país, de mayoría musulmana, y en la que los fanáticos islamistas radicales son una minoría, pero extraordinariamente activa, y donde las organizaciones terroristas yihadistas más sanguinarias tienen fuerte implantación. No olvidemos que para las más crueles de entre ellas, como Al-Qaeda, ese territorio se ha convertido en uno de los principales frentes de batalla de su «yihad global y total» para imponer su ideología en el mundo entero, pero, sobre todo y ante todo, a los musulmanes moderados, aplastantemente mayoritarios, que son sus principales víctimas. Este conflicto debilita a Georgia y, en consecuencia, fortalece de forma exponencial las posiciones yihadistas en esa región, lo que no viene bien a nadie, especialmente a Rusia, que tiene que enfrentarse a ese mismo fenómeno en Chechenia y en otros lugares de la geografía de la Federación.

Las conclusiones no pueden ser más inquietantes. Primero, Europa corre el riesgo de mostrar, una vez más, lo peor de sí misma. Capaz de dar lecciones de democracia y estabilidad en el mundo e incapaz de resolver sus propias y sangrientas crisis, antes los Balcanes y ahora el Cáucaso; triste, casi patético.

Segundo, son los intereses geoestratégicos de Europa en su conjunto los que están en juego. Por buena que sea la relación con Estados Unidos, por coincidente que sea la posición con nuestros aliados de allende el Atlántico, por coordinados que lleguemos a estar en esta crisis, Europa en su conjunto, y no sólo la UE, debe tomar medidas urgentes, y tomar conciencia de que esta crisis de hoy tendrá consecuencias indelebles para nuestro futuro común si no tenemos el coraje y la firmeza que la situación exigen. Nuestra credibilidad y, sobre todo y más importante, nuestra estabilidad y bienestar futuro, están en juego.

Tercero, hay un sector ideológico (las izquierdas más radicales) que no sólo perdona cualquier cosa a sus afines ideológicos, sino que se las perdonan a cualquiera que no forme parte de su catálogo de bestias negras. Si la ofensiva de Rusia en Georgia la hubiese protagonizado Estados unidos, Israel, el Reino Unido, Francia o hasta cualquier otro país occidental y con una fracción de las víctimas civiles, hoy tendríamos las calles de buena parte del mundo inundadas de manifestantes pacifistas exigiendo el fin de las hostilidades. Es evidente que ante estos protagonistas, prefieren seguir de vacaciones.

Cuarto, a nadie se le escapa la evidente, hasta imprescindible, diría yo, necesidad de llevarse bien con Rusia, de reconocer su influencia y su legítimo orgullo nacional, pero eso ni puede ni debe significar que claudiquemos de los principios que defendemos enérgicamente en otros lugares del mundo y que defendamos, con la prudencia y la sensatez necesarias, nuestros intereses, nuestra estabilidad, la paz, y la defensa de la democracia desde el pleno respeto a los derechos y libertades fundamentales. Rusia es un actor fundamental en el mundo, nadie debe querer aislarlos o alienarlos, pero debe actuar de forma responsable. Rusia es un actor global y no puede actuar como una pequeña potencia regional que defiende intereses meramente coyunturales. En el siglo XXI, su papel seguirá siendo fundamental. Pero son actuaciones como ésta las que van a debilitar su posición, su prestigio y su credibilidad. Medvedev y Putin deberán recordar la máxima de Bismarck y elegir entre una y otra: «El político se preocupa de las siguientes elecciones, el hombre de Estado se preocupa de las siguientes generaciones». Que se apliquen urgentemente el cuento.

Estos deben ser los parámetros de actuación de las democracias más avanzadas del mundo. La pusilanimidad, la cobardía, la laxitud frente a la presión o el ser acomodaticios ante los intereses cortoplacistas, debe ser desterrado del modus operandi democrático. La tragedia de Osetia del Sur debería convertirse en una señal de alarma que despierte a Europa de su letargo suicida. Nuestro futuro en común está en juego.