Guerra civil en el PP

El intento de investidura de Pedro Sánchez puso en evidencia varias cosas. La primera y posiblemente la más llamativa es la distancia sideral entre los socialistas y Podemos, que parece impedir un acuerdo de la izquierda para formar el Gobierno. La segunda evidencia que nos dejó el debate es la soledad del PP, que a pesar de ser la fuerza más votada, a pesar de llevar a la Cámara el apoyo de más de siete millones de votantes, ha quedado y queda fuera de cualquier entente para formar el Gobierno. El del PP es un grupo estéril pese a su magnitud. No cuenta para ningún acuerdo, y los discursos de Mariano Rajoy lo pusieron dramáticamente en evidencia. Su posición numantina, su actitud de Don Tancredo y sus referencias a la situación que se encontró al asumir el Gobierno allá por el pleistoceno del 2011 hacen del todavía presidente en funciones un anacronismo político.

Es evidente que las decisiones de Rajoy en este episodio han sido erróneas y lo han ido dejando de lado a pesar de sus 119 diputados (más Gómez de la Serna). Pero también es evidente que la situación actual de arrinconamiento que vive el PP no es fruto solo de los movimientos tácticos de su presidente.

En el PP se vive una guerra civil. Soterrada, ciertamente, pero guerra al fin y al cabo. Es una confrontación nueva, que no sigue las líneas de las viejas disputas entre aznaristas y marianistas, con Esperanza Aguirre haciendo de ariete de los primeros. El de ahora es un conflicto que arranca con los papeles de Bárcenas en febrero del 2013 y el enroque de la dirección (el despido «en diferido» de María Dolores de Cospedal y el SMS de Rajoy), que tiene una repercusión directa en el debilitamiento del apoyo al PP entre los votantes de centro, el santo grial del voto popular, el bloque que da y quita mayorías.

El inmovilismo de Rajoy y los suyos ante el tsunami de Luis Bárcenas provoca nervios dentro del PP y fuera. Nervios que llegan al máximo en el otoño del 2014, cuando Podemos, la sorpresa de las elecciones europeas de mayo, se destaca como el único receptáculo del voto protesta, tanto de izquierda como de centro (en el barómetro del CIS de enero del 2015, Podemos supera al PP en intención de voto entre los electores de ese espacio). En ese momento se hace evidente la fractura generacional en el electorado, entre los que quieren un cambio profundo del sistema y los que se esfuerzan por mantenerlo. Esta fractura se hace evidente también en el interior del propio PP. Hay movimientos para cambiar la estrategia y salir de la parálisis, pero fracasan. Cospedal se mantiene, con la ayuda de Rajoy y los marianistas, pero se empieza a configurar un polo renovador en torno a la vicepresidenta.

El fracaso de los sorayos en el interior del PP provoca la búsqueda de una solución externa por una parte de la élite económica, asustada por el ascenso de Podemos y muy crítica con Rajoy. Esta solución será Ciudadanos, que hace su aparición estelar en las autonómicas andaluzas de marzo del 2015. El objetivo es doble. Por un lado, canalizar el voto de protesta moderado hacia una opción distinta de Podemos, y por otro, obligar al PP a moverse de una vez.

El ciclo electoral detiene momentáneamente la guerra interna popular, aunque hay escaramuzas en todas partes entre renovadores e inmovilistas. Algunas de estas escaramuzas son evidentes, como las posiciones heterodoxas de Cristina Cifuentes o alguna declaración crítica con cómo se ha enfocado el tema de la corrupción. Otras escaramuzas son menos evidentes, pero más nocivas, como la filtración de presuntos casos de corrupción que apuntan a la vieja guardia popular y no solo a la marianista (caso Púnica).

La situación derivada de los resultados del 20-D ha azuzado esta guerra civil entre tancredos y lampedusianos, entre los partidarios de no moverse y los que entienden que se necesitan sacrificios si se quiere conservar el poder. Entre el ministro del Interior y el de Justicia, principales exponentes en el Gobierno de las posiciones marianistas y sorayistas, respectivamente. El caso Taula es una batalla más de esta guerra civil y apunta directamente a uno de los principales apoyos de Rajoy, Rita Barberá. La idea de fondo, compartida por los cachorros populares y propulsada por una parte del establishment económico, es la de hacer limpieza en el PP, rejuvenecerlo, y así conseguir devolverlo al tablero de juego, sacarlo del rincón al que lo han llevado Rajoy y su inmovilismo y abrir la posibilidad de participar en la configuración de un Gobierno reformista moderado, con Ciudadanos y, si se deja, el PSOE. Pero para llegar hasta aquí hay que echar a la vieja guardia y sus cajas b y abrazar la causa reformista, aunque sea para asegurar que todo siga igual.

Oriol Bartomeus, analista político.

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