Guerra-crimen: ¿la sexta libertad?

Por Perfecto Andrés Ibáñez, magistrado (EL PAÍS, 17/03/03):

A través de la prensa y, en general, de los medios de comunicación, en la atmósfera de pesadilla en que actualmente se vive, golpean machaconamente, entre otras, dos ideas delirantes, que irradian desde el corazón del imperio. Una es que para éste, es decir, para el Gobierno de los Estados Unidos, como también para los Gobiernos-satélite, el español, entre ellos, no existe la ONU; aunque España ocupe físicamente un asiento en el Consejo de Seguridad. Efectivamente, en este momento, poco importa lo que quien representa a los Pueblos de las Naciones Unidas pudiera acordar o no acordar, incluso en una materia, como el uso de la fuerza en las relaciones internacionales, en la que los firmantes de la Carta de San Francisco delegaron en la organización toda la capacidad y la responsabilidad de decidir. La otra, quiero decir, la otra idea delirante, es que cuando alguno de aquellos increíbles sujetos estatales razona como si la ONU existiera realmente, la que desaparece de su discurso es la Carta de las Naciones Unidas. Esto es, se olvida que el Consejo de Seguridad no es un actor internacional legibus solutus, sino que está sometido a un orden jurídico que le vincula. Y que, precisamente, en el asunto que ahora quita el sueño a las personas sensibles, sus prescripciones son tan claras que no dejan margen a ninguna duda.

En efecto, en el Capítulo VII de la Carta de la ONU, es el Consejo de Seguridad el único competente para decidir sobre el uso de la fuerza. Y la posibilidad de hacerlo se encuentra normativamente condicionada a que concurran determinados supuestos: la amenaza o quebrantamiento de la paz o la producción de algún acto de agresión. Además, incluso de darse alguno de ellos, las formas de reacción legítima están asimismo regladas y es aquel órgano quien concentra la capacidad de decisión. Y de dirección estratégica.

Así las cosas, aun sin ataque a Irak, en la ofensiva desatada contra la ONU hay ya dos víctimas: la propia organización y, con ella, la esperanza de un marco de relaciones entre Estados regido por el derecho y de cuyo horizonte pudiera desaparecer definitivamente el “flagelo de la guerra”. Paradójicamente, a más de diez años de la caída del muro de Berlín, podría estar justificada cierta añoranza de aquel precario equilibrio fundado en el temor recíproco de las dos grandes potencias. Porque lo que domina la escena mundial es la capacidad de autoafirmación violenta de la potencia hegemónica, dispuesta a servirse de la guerra como instrumento de gobierno del mundo, a la exclusiva medida de sus intereses.

Cierto es que ahora no se habla simplemente de guerra, de guerra tout court. La guerra aparece vistosamente adjetivada: es “humanitaria”, como la que la OTAN desencadenó sobre la Federación Yugoslava, “contra-terrorista”, como la lanzada sobre Afganistán, o “preventiva”, como la de Irak. Pero por más imaginación que se derroche en calificativos, la guerra hoy es lo que es: destrucción de vidas a gran escala, horror sin medida, golpeando en especial a los más indefensos. Y la de Bush & Cia., con la asimetría en el plano de los riesgos que propicia el empleo de los últimos ingenios bélicos, será un abominable juego del ratón y el gato, en el que la parte del ratón corresponderá a las poblaciones civiles inermes, que pondrán los millares de víctimas, siempre inocentes.

En este orden de cosas, lo que a modo de avance de la película de la futura guerra contra Irak anticipan las agencias de información del imperio, es de una obscenidad y una miseria infinitas. Está claro: merced a la tecnología que exhiben, con ese morbo infantiloide que los delata, con esa maravilla de bombas, ¡van a caer como moscas! Que es de lo que se trata, pues para conjurar el uso de las armas de destrucción masiva (existan o no existan), nada mejor que destruir masivamente. Y con rapidez. Donde la rapidez es el nuevo valor, con efectos idiotizantes sobre las conciencias de quienes se deshacen en una sonrisa boba, cada vez que el presidente del Gobierno o la candidata por excelencia repiten, como quien lo sabe “de buena tinta”, que va a ser cosa de nada, de apenas un momento.

Ante un asunto tan enorme, tratado de manera tan frívola; cuando lo que se avecina es una catástrofe humanitaria de proporciones tan descomunales y lo que se prefigura un futuro con la fuerza bruta como única ley en el gobierno del mundo. A pesar de que la impostura y el cierre a toda interlocución de los adalides de esta monstruosa cruzada contra todos es tan evidente, se entiende el noble esfuerzo dialéctico de quienes, cargados de razón, luchan por evitarla, en el límite de lo imposible. También en esto -como en el plano de los medios, sólo que al revés- la asimetría en la calidad de las posiciones es realmente aparatosa. Seguramente no es por casualidad que la riqueza en recursos bélicos tenga como contrapartida una escandalosa pobreza en la textura de los argumentos. Tanta que, con frecuencia, sólo lo dramático de la situación ayuda a contener la risa, a la vista del tenor (que no sólo de la entonación y del tono) de ciertos discursos.

En la prensa de uno de los últimos días, en la misma hoja en que se daba noticia del nacimiento del Tribunal Penal Internacional, saltaba la información de que Estados Unidos no pensaba -es decir, al menos, habría considerado en serio la posibilidad de- torturar al último dirigente de Al Qaeda detenido. Éste sólo sería privado de “sueño, luz natural, agua, alimentos y asistencia médica”. La tortura no es tortura, la guerra de agresión es sólo preventiva o defensiva, las armas son o no de destrucción masiva sólo según quien disponga de ellas y el sujeto pasivo de las hostilidades. Irak es un Estado canalla, pero puede ser un buen compañero de cama si se trata de votar contra el Estatuto de Roma…

El presidente Roosevelt, en enero de 1941, anunció que los aliados luchaban por las conocidas como “las cuatro libertades”. Una de ellas es la “estar libre de temor”. Chomsky, como colofón de un lúcido análisis de la política estadounidense en Centroamérica, que bien podría extenderse a la desplegada en el Cono Sur y en otras partes del mundo, denunció la presencia de una “quinta libertad” a preservar por cualquier medio: “la de saquear y explotar”.

Cuando lo que se prepara es una guerra arbitrariamente decidida al margen del derecho, destinada a producir millares de víctimas, sin otra justificación que el afianzamiento del propio poder en la escena mundial, lo pertinente, a la luz del orden jurídico internacional en vigor, es hablar de guerra-crimen. Y siendo así, no parece descabellado concluir que estamos ante la consagración de la “sexta libertad”.

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