Guerra de Iraq: no hay partidos limpios

Por José Javaloyes (LA RAZON, 30/03/03):

La protesta global contra la guerra de Iraq en Oriente y Occidente, tanto en países cuyos Gobiernos apoyan la iniciativa norteamericana como en otros, es un fenómeno de masas rebrotado al cabo de casi 30 años. Desde las manifestaciones contra la Guerra de Vietnam no se había reproducido un hecho sociológico de estas características y escala; mayor ahora que entonces, dentro de las dimensiones planetarias con que se expresan, actualmente, igual estos fenómenos de protesta que los propios procesos económicos. Lo que de nuevo ocurre es relevante para la sociología de masas en todos sus aspectos, especialmente en el político; merece atención por su previsible impacto en los procesos electorales. Aunque también importa por lo que traduce del rechazo social a concretas e irritantes expresiones del cambio histórico.

La caída del Muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética; la absoluta primacía de EE UU, en lo político-militar y en lo económico, vino a establecer en los últimos 13 años ¬durante la presidencia de Bush padre, en los mandatos demócratas del presidente Clinton y en los primeros ocho meses de la actual Administración republicana¬ una situación muy distinta de lo que significaba la bipolaridad soviético-norteamericana. Pero el mundo sin la URSS, esa sobrevenida unipolaridad que agigantaba aún más el poder de EE UU, no se tradujo, para todo este periodo, en una sensible modificación del tono ni del discurso de la Casa Blanca. A efectos de equilibrio de poder, las cosas no parecieron experimentar cambios significativos en la expresión del propio poderío, exceptuado el unilateralismo de la actual Presidencia en asuntos de comercio exterior y las cuestiones del desarrollo sostenible significadas en el Protocolo de Kyoto; cosas éstas, en fin, que parecen probar la retribución a los financiadores de la campaña republicana en las elecciones presidenciales del 2000. Se trata de un asunto que merece detenida consideración aparte. Hecha esta importante salvedad, la percepción norteamericana de las nuevas realidades internacionales no parecía experimentar ningún cambio de fondo. Podría decirse que EE UU se encontraba en un compás de inercia histórica. Estaban y hacían, en sustancia, lo mismo que siempre.

Dentro de esa situación, se produjeron episodios tales como el de la Primera Guerra de Iraq, en respuesta a la ocupación de Kuwait por Sadam Husein, que tuvo una compacta respuesta multilateral, y crisis como las del África Subsahariana, en Ruanda y Burundi, que la ONU fue incapaz de resolver, o como la de los Balcanes, que hubo que resolver más allá del marco de la ONU. En ese tramo de inercia política, sin traducir a la conducta estadounidense la conciencia de la recrecida superioridad, se estaba en el sentimiento de que había que seguir haciendo mismo que hasta entonces. Subsistía con su entera vigencia, cabe decir, el viejo dilema norteamericano entre el aislacionismo y la implicación no sólo reactiva en el mundo. La misma lentitud con que se fraguó la Primera Guerra del Golfo, y con ella, posteriormente, la determinación de renunciar a la victoria final, prescindiendo de la toma de Bagdad, fueron exponentes clarísimos de que EE UU, en el fondo y en la forma, se mantenían dentro del multilateralismo al ciento por ciento. El Imperio norteamericano era un poder, hasta cierto punto contraído; con sus capacidades multidimensionales replegadas sobre sí mismas, dentro de su oscilante conciencia tradicional, entre la introspección aislacionista y la implicación preferente en las cuestiones exteriores, entendiendo estas cuestiones más en su entidad independiente que como variable expresión de un interés «interesado», reflejo de las conveniencias estadounidenses. Era EE UU hasta el 11-S potencia ambiguamente inhibida y replegada. Pero ese estado de latencia en que permanecían las capacidades imperiales de EE UU, y que se correspondía, desde el presidente Wilson, con su propia ejecutoria a lo largo del Siglo XX, se esfumó con los atentados terroristas de Al Qaida en Nueva York y Washington.

El confiado sentimiento de la propia seguridad, la somnolencia, había entrado en una deriva de imprevisión y descuido. Aquella pregonada voluntad de llevar hasta el final la Guerra de las Estrellas, propia del continuismo estratégico de la época bipolar, se resolvía, sin embargo, en incapacidad de prever la guerra de terrorismo anti-norteamericano que ya había asomado en terribles atentados a las embajadas propias en Kenia y Tanzania. El presidente George W. Bush, segundo Bush en el inquilinato de la Casa Blanca dentro de una misma generación de norteamericanos, ante el diluvio terrorista del 11-S, abrió el paraguas imperial.

De la imprevisión, establecida y probada, para la interna seguridad, se pasó a la instauración y establecimiento del principio de las guerras preventivas, para la seguridad de EE UU y para el mundo. Con el 11-S, la más poderosa democracia de la Historia se había convertido en el que puede ser el Imperio más grande y -y si no se aparta de sus tradiciones morales- más leve de todos los tiempos. Hizo primero la Guerra de Afganistán, que todavía colea, en la persecución del enemigo terrorista. Pero eso sólo ha sido asunto previo. Lo sustantivamente imperial es esta Segunda Guerra de Iraq, de la que no se puede decir propiamente que sea al margen de la ONU, pues del juego de la resolución 1.441 y de las resoluciones precedentes del Consejo de Seguridad sobre la cuestión iraquí, se ha inferido que resulta legitimación suficiente para hacerla. De no ser así no habría mediado la penúltima polémica en la ONU sobre si hacía o no hacía falta una segunda resolución para comenzar la guerra.

Los atentados del 11-S no sólo activaron la conciencia norteamericana del propio poder y de su capacidad para dirimir autónomamente los problemas de relación internacional. Al Qaida convirtió tal activación, ese despertar norteamericano, en el despertar de una crisálida. Precipitó la metamorfosis. La oruga encerrada en su capullo se convirtió en mariposa de hierro cuyas alas proyectan su sombra sobre todo el mundo. Asimismo, esa eclosión trajo como consecuencia, por el peso relativo de EE UU en la realidad mundial, el fin de un tiempo histórico en las relaciones internacionales y el nacimiento de una época nueva. Toda la mecánica política del multilateralismo quedó, como no podía ser de otra manera, severamente resentida.

La época nueva se ha abierto paso, patentemente, en estas dos guerras asiáticas, aunque menos significativamente en la de Afganistán, de naturaleza más represiva y policial, que esta segunda Guerra de Iraq, tan diferente de la llamada Tormenta del Desierto por las causas que la han determinado y por las condiciones de cobertura política y opinión pública en que se produce. Aquella del 91 se produjo en el multilateralismo compacto; ésta, obviamente, no. Y aunque de forma aparente y en principio parezca menos sangrienta que la primera, por la mayor precisión tecnológica del armamento empleado, que permite discriminar los objetivos militares y disminuir los daños colaterales, hiere mucho más que aquella la sensibilidad de la opinión pública mundial. Esas heridas en la opinión pública mundial producen su sangre específica. Es la que tiñe y ensucia el parto con las armas de otra época histórica, más complejamente global y más globalmente compleja. Y los partos, sabido es, no resultan limpios. Aunque sean los de un imperio y se practiquen con cesárea.

(Por cierto, para imperios con conciencia de sus propias limitaciones jurídicas y morales, los de las Monarquías absolutas; al menos, el de la Monarquía Hispánica. Lo apunto a la vista de una tribuna publicada hace poco en «El País» por Gregorio Peces-Barba, el rector de la Universidad Carlos III. Hubo otras libertades, otra moral y otra conciencia que las traídas por el democratismo de la Revolución Francesa, ubre alternativa de los totalitarismos de izquierda, como Georg Lukás se encargó de significar en «El Asalto a la Razón», y por más que tal haya podido parecer el asalto angloamericano a Iraq).

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