Guerra para acabar con las guerras

El pasado domingo se produjo en París la mayor concentración de jefes de Estado o de Gobierno reunidos en Europa en las últimas décadas. Aunque quizá la ceremonia más conmovedora celebrada ese mismo día fuera la que tuvo lugar en Londres, en la Abadía de Westminster, con la presencia de la reina de Inglaterra y del presidente de la República de Alemania, para conmemorar el centenario de la firma del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial. Pero volviendo al evento en el Arco de Triunfo de la capital francesa, unos 70 mandatarios se citaron ante la tumba del soldado desconocido para expresar su rechazo a una guerra mundial tan extensa y tan sangrienta que llegó a llamarse, en inglés y en francés, simplemente la Gran Guerra. Treinta estados de entonces participaron en aquel conflicto, incluyendo Estados Unidos. A aquella carnicería también se la conoció como «la guerra para poner fin a las guerras», con la esperanza de que nunca más se repetiría. La frase probablemente debe su origen a H.G. Wells, quien ya era famoso por muchas otras obras, pero que, poco después de que comenzara el conflicto en 1914, publicó un breve libro titulado La guerra que acabará la guerra. Su argumento era que una campaña firme y agresiva contra Alemania incapacitaría la agresión y haría imposible que pudiera estallar otra guerra jamás.

Guerra para acabar con las guerrasEstaba, por supuesto, equivocado. La raza humana no puede vivir sin expresar su amor por la guerra, y 20 años después del final de aquella contienda comenzó otro conflicto general, provocado una vez más por Alemania. Se decidió que el armisticio o la paz del año 1918 tendría lugar en la hora undécima del undécimo día del undécimo mes, que hasta el día de hoy es el momento conmemorado anualmente en los países más afectados por ese gran desastre.

La guerra tuvo un inmenso impacto en el mundo. Provocó la muerte de unos 20 millones de personas, de los cuales cerca de dos tercios fallecieron en combate. La tecnología bélica cambió para siempre: por primera vez, aviones, bombas, tanques y gas venenoso fueron utilizados como armas. En el área de Verdún, la destrucción fue total: un informe de posguerra sobre los campos de batalla allí describía así la tierra: «Completamente devastada. Daños a las propiedades: 100%. Daños a la agricultura: 100%. Imposible de limpiar. Vida humana imposible». En Francia, hay 265 cementerios militares que contienen los restos de unos 750.000 soldados muertos en la Gran Guerra. Su final no se debió simplemente al combate brutal, sino a múltiples causas, como la inanición, la sed, la congelación, las enfermedades, las heridas y la inhalación de gases venenosos. Rara vez los europeos se han dedicado tan apasionadamente a aniquiliarse unos a otros. Y lo hicieron muy eficientemente. En cifras redondas, se perdieron entre uno y dos millones de vidas de cada uno de los actores participantes principales: Francia, Rusia, el Imperio Británico y Alemania. No se puede olvidar el papel de Estados Unidos, que se unió a la guerra sólo hacia su final, en 1917. Se movilizaron alrededor de cuatro millones de soldados, y 117.000 militares estadounidenses murieron por todas las causas mencionadas;además, unos 204.000 resultaron heridos.

Este largo relato de muerte nos lleva a preguntarnos por qué España no participó en la Primera Guerra Mundial. Su notable ausencia de este espectacular drama de la raza humana no se debió a razones humanitarias. No pudo intervenir sencillamente porque no tenía un papel europeo, y su capacidad para hacer la guerra había sido totalmente eliminada por Estados Unidos, que en 1898 despojó a España de lo poco que quedaba de su imperio en el extranjero, destruyó lo que quedaba de su Marina y derrotó a las tropas españolas en las colonias. España se arruinó, pero aún persistió en su deseo de destruir a través de sus campañas militares en Marruecos. Los vecinos de España, por el contrario, decidieron luchar contra los alemanes. Portugal participó y sufrió más de 7.000 muertes de personal militar. Italia, que también luchó contra Alemania, sumó casi 660.000 bajas.

1918 fue una fecha con un inmenso impacto en todas las naciones afectadas. El desastre ciertamente tuvo terribles consecuencias en términos de la vida humana, pero también provocó una profunda revolución en aquellas naciones que reconocieron la necesidad de un cambio interno. La tragedia produjo nuevas perspectivas, nuevos desarrollos y nuevas formas de pensar. El impacto en el Reino Unido, por ejemplo, fue enorme y duradero. Y todo el mundo conoce de sobra el impacto en Rusia.

España, por el contrario, se mantuvo fuera de la corriente principal de Europa, como lo hizo también en la guerra mundial posterior. Como resultado, no pudo interactuar con Europa. Su aislamiento no le ayudó en nada en el desarrollo de la política, el arte, la ciencia o la tecnología. Por supuesto, hubo opiniones divididas entre los españoles que tuvieron que tomar decisiones. El conde de Romanones (como algunos otros españoles) defendió la posibilidad de la intervención de España a favor de los aliados. En uno de sus artículos titulado Neutralidades que matan, en 1914, escribió: «Es necesario que tengamos el valor de hacer saber a Inglaterra y a Francia que con ellas estamos, que consideramos su triunfo como el nuestro y su vencimiento como propio; entonces España podrá afianzar su posición en Europa, podrá obtener ventajas positivas. Si no hace esto, cualquiera que sea el resultado de la guerra europea, fatalmente habrá que sufrir muy grandes daños».

Y, de hecho, la decisión de no intervenir produjo pocos beneficios. Azaña lo manifestó muy acertadamente: «La neutralidad de España no ha sido ni es una neutralidad libre, sino una neutralidad forzosa, impuesta por nuestra propia indefensión». Tal como sucedió, los alemanes eran conscientes de las diferencias de opinión entre los españoles y se contentaban con ver al país neutral en lugar de ayudar activamente a Francia y Gran Bretaña. Sabemos que España se benefició en significativos aspectos económicos del comercio que logró realizar durante la guerra, pero eso por sí solo no produjo beneficios estructurales para la industria o la banca, y ciertamente tampoco hubo beneficios sociales o culturales.

España se mantuvo al margen. Pero, irónicamente, la palabra español durante esos años se usó en otro contexto que no fue menos terrible que la guerra. La pandemia mundial de 1918 que se conoce como gripe española afectó a entre 15 y 25 millones de personas en todo el mundo según la estimación más baja de las manejadas. Fue bautizada como española pero no se originó en España (la mayoría de los investigadores aceptan que la pandemia se inició en marzo de 1918 en Estados y fue traída hasta Europa por las tropas americanas). La censura en tiempos de guerra suprimió las noticias detalladas del brote en Europa, o confundió las muertes con las causadas por la contienda. España, como país neutral, tenía menos censura y los periodistas tendían a identificar la gripe más fácilmente con España, donde la epidemia era más identificable. Los registros oficiales hablan de casi 200.000 víctimas en España, aunque valoraciones posteriores sitúan las víctimas en muchas más, posiblemente el 12% de la población. Sabemos por ejemplo que en Vigo, con 30.000 habitantes entonces, la epidemia pudo acabar en 1918 con el 10% de su población.

España no tiene menos razón que el resto de Europa para recordar ese año fatal de 1918. Han pasado 100 años, pero los desastres, ya sean por la guerra o aquella terrible epidemia, han dejado su huella en la Historia para siempre.

Henry Kamen es historiador británico;su último libro es Magia y Enigma. Edificios legendarios de España (Espasa, 2018).

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