¿Guerra preventiva o invasión?

Por Enrique Miret Magdalena, teólogo seglar (EL PAÍS, 14/03/03):

El problema de Irak merece una reflexión serena, por encima de los enfrentamientos políticos.

Como pedía Ortega y Gasset: de lo que se trata es de ir a la raíz de las cosas. No quedarse en la superficie del asunto, sino percatarse de que son varias las cuestiones de fondo que hay en él.

Por un lado, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, quiere hacerse el representante de la salvación mundial, y luchar contra “el eje del mal”, como si hubiera en el mundo un demonio que anda suelto por ahí y del cual él quiere librarnos. Al menos eso es lo que dice para la galería, creyendo que todos somos tontos y no vamos a profundizar en esas raíces del mal, que él centra en Sadam Husein. Cosa extraña, porque los Estados Unidos fueron los que lo dejaron libre cuando lo tenían casi vencido en la guerra del Golfo. Pero sólo les interesaba recuperar los pozos kuwaitíes, y el mal que ahora creen descubrir lo han fomentado directa o indirectamente ellos, porque le han dejado durante 12 años libre, y vendiéndole además armas destructivas, que ahora quieren recuperar, como si no fueran los culpables de que las tenga. Y otros países occidentales le han mimado durante estos largos años para sacar contratos ventajosos a favor de sus países. Algo parecido a lo que hicieron los norteamericanos con los talibanes en Afganistán para ir en contra del mundo soviético, dejándoles hacer a aquéllos toda suerte de crueldades e injusticias con las armas que les proporcionaron.

Pero la guerra que quieren empezar ahora no va a resolver el problema del terrorismo, que es la razón que esgrime Bush contra Sadam. La solución no está en desencadenar la guerra, porque hoy -sea lo que sea Sadam- una guerra, una lucha cruenta, con las sofisticadas y poderosas armas que se tienen, produce más males que bienes en la población inocente; ya que en una guerra de éstas se ha calculado que el 90% de las víctimas pertenecen a la población civil, que es la que sufre las peores consecuencias de la misma, en vez de salvarla.

Antiguamente se decía que para justificar una guerra tenía que haber proporcionalidad entre los males y bienes que produce, y el papa Juan XXIII bien claro vio que con las armas tan destructivas que hoy se tienen “es irracional pensar que la guerra sea un medio apto para restablecer los derechos violados”. Ésa es la auténtica realidad, y son otros los caminos para hacerlo, como muchos comentamos.

Por otro lado, en el mundo moderno se ha llegado a la conclusión de que, como dijo el gran fautor de ella, Inmanuel Kant, y sea como sea lo que se haga, “en toda sociedad el consentimiento de los ciudadanos es requerido para hacer la guerra”. Y esto no se da tampoco en este caso, pues la mayoría de los países, y en particular los pueblos de Occidente, están mayoritariamente en contra de hacer la guerra, porque no quieren apoyar al presidente de Estados Unidos en la inútil locura en que quiere embarcarnos. Se mire por donde se mire, ni la guerra es la solución ni queremos guerra.

Por otro lado, padecemos otro error: creer que todos los islámicos son violentos e intolerantes fundamentalistas, y por tanto, un peligro para Occidente. En el Corán, Mahoma les enseñó que “detrás de otros Profetas enviamos a Jesús, hijo de María… y le concedimos el Evangelio, que encierra dirección y luz… y además es guía y exhortación para los que temen a Dios” (5, 59, 50). Y su tolerancia llega hasta sus mayores enemigos religiosos, los politeístas, para los que pide “asilo” (9, 6).Y la famosa yihad queda hoy claro que para Mahoma no es la guerra santa, sino el esfuerzo para ser justos socialmente con todos y practicarlo, como entienden a una dos expertos, el profesor Vernet, de la Universidad de Barcelona, y Mohamed Aziz Lahbabi, de la Universidad de Rabat.

Y además, “los que están próximos a los creyentes son los que dicen somos cristianos” (5, 85). Nada de enfrentamiento con ellos.

Y los ejemplos abundan.

El Papa visitó en mayo del 2002 un país islámico, Azerbaiyán, que tiene 8 millones de musulmanes y sólo 120 católicos. Y les dijo que este país “tiene la tolerancia como uno de sus valores principales”, y “cuando la furia del ateísmo soviético se desató, ustedes en esta región dieron la bienvenida a los hijos de la Iglesia católica que perdieron sus lugares de culto y sus pastores”. Y como conclusión, ante este ejemplo de tolerancia musulmana, dijo Juan Pablo II que “deben rechazarse el fundamentalismo y toda suerte de imperialismo”.

Y el cardenal Ratzinger, hablando de estos países, no tuvo más remedio que confesar en el año 2001, en el Figaro Magazine, que “hay países de mayoría islámica muy tolerantes”.

Eso mismo confesó también el príncipe El Hasan Bin Talal, que fue heredero de Jordania en 1995, y lo dijo en su libro Christianity in the Arab World. Y señaló: “Las comunidades cristianas siguen floreciendo en Egipto, Irak, Jordania, Líbano y Siria”. Y daba datos ilustrativos: “La población cristiana estimada es del 12,5% en Egipto, entre cristianos coptos ortodoxos y coptos católicos; 40% de cristianos en el Líbano; 6% en Siria, y en Jordania, también el 6%”.

Y hasta estos últimos años era corriente en África la tradición de la convivencia religiosa de cristianos y musulmanes, siendo frecuentes los matrimonios mixtos, según dice monseñor Robert Sarah, obispo emérito de Conakry. Además, el mufti Huseini, de Nigeria, recuerda que los cristianos dirigen muchos países como Etiopía, Djibouti, y su propio país; aunque también es verdad que crece el integrismo del wahabismo saudí, importado por universitarios que allí estudian.

Y ¿qué ocurre en Irak?: allí, con 22,6 millones de habitantes, según afirman monseñor Antonios Aziz Mina, el dominico Yossouf Youdo y el patriarca Rafael Bidawid, los datos aproximados son: 90% de islámicos y 10% de cristianos pertenecientes a cinco ritos orientales: alejandrino, antioqueno, armenio, caldeo y constantinopolitano, que conviven pacíficamente en un Estado laico muy respetuoso con las minorías religiosas. Ya se sabe que el viceprimer ministro Tarek Aziz es católico de rito caldeo, de los que hay 800.000 católicos, con 53 templos en la capital, Bagdad, y un seminario. Además de Tarek Aziz, hay otros muchos católicos que tienen puestos relevantes en el país. El panorama religioso es allí muy distinto del que se da a entender.

El obispo de Trípoli, Giovanni Martinelli, dice que Libia es un país abierto al diálogo religioso, y “ha sido siempre lugar de convivencia entre razas, culturas y religiones diversas”, y añade que en esta nación el islam está abierto al diálogo y “no hay lugar para el fundamentalismo”; se calcula que habrá unos cien mil católicos.

Algunos quieren deducir del Corán expresiones guerreras por motivos religiosos, pero el profesor W. E. Phipps (Con Jesús o con Mahoma) afirma que la mayor parte de los intérpretes del Corán están de acuerdo en que “los versículos alentando a la conquista militar reemplazaron a versículos que eran irreconciliables con ellos”.

En España, la Federación de Entidades Religiosas Islámicas ha escrito una carta al embajador de Arabia Saudí pidiendo la abolición allí de la pena de lapidación, porque le recuerdan que “el islam es una religión profundamente comprometida con los derechos humanos, la dignidad y el bienestar del ser humano desde su aparición”.

Y el escritor y periodista musulmán que vive en Israel Sheik Ghassan Manasra ha lamentado el integrismo extremista que hay en la zona, y se ha mostrado dispuesto a trabajar para que desaparezca ese integrismo y salga a relucir “el verdadero rostro del islam, que es religión de amor, de perdón y de llamada constante de diálogo con el otro”. Por eso no es extraño que tengamos un español y psiquiatra musulmán, Mansur Escudero, que pretende aquí, en España, según confesiones recientes a EL PAÍS, “un islam propio, razonable, librepensador y andalusí”. Sería aplicar el ijtihat, o esfuerzo personal de interpretar cada uno el Corán como se hizo libremente hasta tres siglos después de Mahoma siguiendo su consejo: “La diferencia de opinión en el seno de mi pueblo es signo de la generosidad de Dios”, como recuerda el filósofo José Antonio Marina.

Y no llamemos con el eufemismo de guerra preventiva a una injusta invasión, que es a lo que pretende arrastrarnos Bush.

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