Guerra preventiva y responsabilidad

Por Fernando Fernández, rector de la Universidad Europea de Madrid (ABC, 14/03/03):

Gobernar nunca fue tarea fácil. Es estudiar las distintas opciones, considerar las consecuencias y decidir. Desde Boabdil en Granada sabemos que de nada vale lamentarse por lo que pudimos haber hecho. Llega un momento en que el último responsable se encuentra solo. Puede intentar ampararse en la opinión pública, en la opinión publicada o en las encuestas, pero no sirve de nada. Salvo sorpresas diplomáticas de última hora, nunca descartables en ese gran teatro del mundo que es el Consejo de Seguridad, estamos ante el punto de no retorno de la crisis de Irak. Quince países decidirán el curso de la historia. Quince países más una persona, Sadam Hussein, al que las diferencias en el Consejo han permitido un último toque de cinismo y pedir el fin de las sanciones, ya que los inspectores han certificado que progresa adecuadamente, como los buenos alumnos.

En las últimas horas los dos frentes pugnan por atraerse el voto de los indecisos. No se escatiman esfuerzos para derrotar al contrario, que ya no es Sadam hábilmente escapado de la foto. Villepin, alentado por el baño de multitudes de su presidente en Argelia, ha visitado Guinea, Camerún y Angola. Chirac, pensando quizás en el zapato de Kruschev, arde en deseos de acudir a Nueva York, pero no solo. Menos mal que Powell se ha limitado a llamar por teléfono, porque habríamos oído hasta la extenuación de presiones colonialistas. A Francia se le perdona todo, hasta saltarse los consensos europeos e insultar a los británicos recibiendo en plena crisis a Mugabe. Y no precisamente porque su historial africano sea ejemplar. Sólo un radical libertario como Glucksman se atreve a denunciar el escándalo moral y a afirmar que Francia se equivoca. O un presidente de Médicos sin Fronteras que ha visto directamente los horrores de la dictadura iraquí. O incluso un presidente poeta como Vaclav Havel premiado antes y silenciado ahora.

Porque una vez más las cosas no son tan sencillas. No hay superioridad moral en los que se oponen a atacar a Irak si no cumple con las resoluciones de Naciones Unidas, aunque su no a la guerra haya sido un acierto mediático. Como tampoco en los que consideran legítimamente que ha llegado la hora de hacer creíble una amenaza emitida hace doce años, aunque el presidente Bush insista en el equívoco concepto del eje del mal. La política exterior siempre ha sido cosa de intereses, no de principios. Afortunadamente. Como bien saben, puestos a hablar de petróleo, los que han firmado jugosos contratos con Irak. Porque son muchas las tragedias causadas o en curso en nombre de principios sagrados como la patria o la religión.

Se han escrito muchas falacias en esta crisis. La más letal que nunca hay razones para una guerra. O que la guerra preventiva es un concepto nuevo e inaceptable. La humanidad lleva toda su historia teorizando sobre la guerra justa. No sólo Suárez y Vitoria en Occidente, pero en este espacio cultural la liberación del pensamiento moral de sus condicionantes religiosos ha permitido la explosión de la libertad. Sólo con la ampliación de la Unión Europea estamos empezando a reparar los daños causados en Polonia y Checoslovaquia por el cómplice silencio conocido como apaciguamiento. Recordemos Pearl Harbour. Son muchos los historiadores que afirman que el gran Roosevelt ignoró deliberadamente los indicios existentes para tener un argumento definitivo con el que convencer a sus electores. Nadie duda que la participación americana en la Segunda Guerra Mundial fue una causa justa. Pero, ¿hubiera sido distinto el juicio si Roosevelt hubiera lanzado un ataque preventivo contra Japón? El juicio de la historia probablemente no, pero quién sabe lo que hubieran pensado sus contemporáneos. Y son esos mismos ciudadanos los que comparan hoy el atentado a las Torres Gemelas con el ataque a ese puerto del Pacífico.

Sadam no es Hitler. Evidentemente. Aunque sus ansias imperialistas no son una ficción. Como él mismo ha demostrado en Irán y Kuwait. Pero tampoco lo es Kim Jong-il en Corea del Norte y todos estaríamos hoy más tranquilos si la comunidad internacional hubiera evitado que construyera armas nucleares. Si la no injerencia en asuntos internos, un principio básico del derecho internacional hasta hace unos años, ha sucumbido ante la fuerza de los crímenes contra la humanidad, no parece insensato pensar que la amenaza terrorista y la posibilidad de producir armas de destrucción masiva justifiquen una acción preventiva. ¿O tenemos que decirles a nuestros hijos que no podemos hacer nada hasta que se utilicen?

Y llegamos al núcleo de la cuestión. Si la guerra preventiva no es un concepto tan desatinado, ¿quién está autorizado a declararla? Sin duda el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Por eso son tan difíciles los debates en su seno; porque sus miembros saben que les hemos otorgado voluntariamente la capacidad para declarar una guerra. Su composición no es democrática. No podría serlo si queremos que sea eficaz. Representa un equilibrio inestable entre el reparto del mundo en Yalta y la posterior descolonización. Pero es un equilibrio que ya ha saltado por los aires en casos anteriores como Kosovo. Y que esta vez corre riesgos sin precedentes. Tantos que hasta el New York Times aconseja al presidente Bush salvarlo antes que atacar Irak sin su consentimiento. Pero ¿cómo se define ese consentimiento?, ¿qué estaría justificado hacer si la nueva resolución de Estados Unidos, Reino Unido y España alcanzase una mayoría de nueve votos pero Francia utilizara el derecho de veto? Una interpretación estricta del reglamento consideraría rechazada la resolución, pero con ella habrían muerto las Naciones Unidas. No creo que Sadam Hussein se merezca tanto. Aún más difícil es qué hacer si no hay segunda resolución. Más allá de las disquisiciones jurídico formales sobre si las severas consecuencias previstas en la resolución 1.441 autorizan el uso de la fuerza, queda la terrible sensación de fracaso. Algunos irresponsables se alegrarán, pero habremos dado un paso de gigante para arrinconar a Estados Unidos en el unilateralismo. Entre Francia y Rusia, con Alemania de comparsa, habremos dado la razón a Rumsfeld contra Powell. Y el mundo no será un lugar más seguro ni más justo.

Ese es el dilema al que solos ante su responsabilidad se enfrentan los miembros del Consejo de Seguridad. Al gobierno español se le critica duramente por tomar partido. Lo más cómodo hubiera sido esconderse en el paraguas de Francia, o de una pretendida unidad europea víctima de primera hora de las dificultades electorales alemanas y de la grandeur de la France. Es lo que hemos venido haciendo con más pena que gloria durante la mayor parte de nuestra historia postimperial. Irak ha vuelto a abrir el debate entre anglófilos y afrancesados, entre librecambistas y proteccionistas. Renacen en nuestro país las viejas divisiones del siglo diecinueve y como entonces parece que los anglomoderados somos una minoría. La opinión pública está dominada por jacobinos radicales de inspiración francesa y hasta los absolutistas son furiosamente antiamericanos. Pero superada la democracia censitaria, la mayoría electoral es una incógnita. Una incógnita que depende de la duración y características del conflicto, y de sus consecuencias económicas. Pero por favor que no me hablen de superioridad moral.

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