Guerra: ¿quién hace el juego a quién?

Por Pierre Hassner, director de investigaciones del Centro de Estudios e Investigaciones Internacionales (EL PAÍS, 03/03/03):

Ocurre que una escena se concreta y hace irrefutable una sospecha que alimentábamos desde hace un mes. Al ver al presidente de la República Francesa insultar con una mezcla de desprecio y amenazas a Estados europeos soberanos, sólo podemos sorprendernos por la semejanza de estilo y contenido con las declaraciones de Rumsfeld y Perle sobre Francia y Alemania. Y la evidencia se vuelve deslumbrante: contra lo que piensa un pueblo vanidoso, la cooperación franco-estadounidense funciona a las mil maravillas.

Por un sabio reparto del trabajo, Washington y París se dedican con gran éxito a socavar la Unión Europea, la OTAN y la ONU y, a través de ellas, a la vez la unidad occidental y las esperanzas de paz en Oriente Próximo y en otros lugares. Estados Unidos, con dos años de unilateralismo agresivo y de retórica maniquea e imperial, ha hecho a Sadam Husein el favor de hacer que aparezca como la primera víctima de una empresa arriesgada, a la vez regional y mundial. Francia, por su parte, por la inflexión de su postura acerca de la idea de una segunda resolución en el Consejo de Seguridad y acerca del desarme o la simple “contención” de Sadam Husein, hace a los halcones unilateralistas estadounidenses el favor de hacer que Estados Unidos parezca fiel a la voz multilateral y el de proporcionarle una coartada para un posible recurso a la guerra sin mandato.

El beneficiario es, en un primer momento, Sadam Husein; en un segundo momento, la corriente neoimperialista estadounidense, que siempre ha querido prescindir de la ONU, y, en un tercer momento, la intensificación de este enfrentamiento global que se quería y se podía evitar. Tres posturas tenían la virtud de la sencillez y de la lógica, si no del realismo. Una, la de los ideólogos estadounidenses, según la cual Estados Unidos, a la vez víctima vulnerable e invencible, tenía una doble misión de juez y justiciero, consistía en purgar el mundo a la vez de terroristas, Estados gamberros y armas de destrucción masiva, y de paso, llevar el orden y la democracia a Oriente Próximo y al mundo. La otra, la de los ideólogos, bien pacifistas, bien antiestadounidenses, para quienes cualquier guerra en un caso, o cualquier iniciativa estadounidense en otro, es condenable por sí misma. La tercera, finalmente, es la de los neutrales o pacifistas de ocasión, u “ohne mich” (sin mí), que como el canciller Schröder, sin tomar partido de forma global o absoluta, declaraban querer mantenerse al margen de una guerra cuyas razones no entendían o no compartían.

La resolución 1.441, a la que desde luego no es ajena la influencia de Tony Blair, pero que surgió de una negociación constructiva entre Francia y Estados Unidos, y de una relación positiva entre Dominique de Villepin y Colin Powell, evitaba estas tres posturas, pero al precio de apuestas, segundas intenciones y ambigüedades que provocan hoy el conflicto evitado hace cuatro meses. Al elegir el objetivo del desarme de Sadam Husein (más que el del cambio de régimen) y el medio del paso por la ONU y la vuelta de los inspectores (más que la intervención militar unilateral, o el levantamiento de las sanciones contra Irak), Estados Unidos y Francia afrontaban cada uno un riesgo: daban a la ONU y al desarme de Sadam Husein (preferiblemente de forma pacífica, pero en caso necesario por la fuerza) prioridad en relación con sus objetivos principales respectivos: el cambio de régimen para Washington, el mantenimiento de la paz para París.

Si Sadam Husein presentara a los inspectores sus armas de destrucción masiva y procediera a su desmantelamiento, Estados Unidos correría el riesgo de ver frustrada su guerra, lo que los halcones estadounidenses se apresuraron a proclamar, acusando a Bush y a Powell de haber caído en la trampa francesa.

Si Sadam Husein no renunciara a sus proyectos o a su poder, Francia, en la lógica de la resolución 1.441, se vería arrastrada hacia donde preferiría no ir: a la guerra; lo que no dejaron de observar la oposición de izquierda y los pacifistas.

Siempre se había previsto que habría debate y quizá desacuerdo sobre la constatación y las consecuencias a las que habría que atenerse. Al principio, Francia insistía en la necesidad de una nueva deliberación y de una nueva resolución del Consejo de Seguridad. Hoy los frentes parecen haberse invertido: Estados Unidos presenta, con Gran Bretaña, una nueva resolución que Francia considera inútil o perjudicial. Mientras tanto, todo ha cambiado. Se ha pasado de la negociación y del compromiso al enfrentamiento y a la escalada de acciones.

Para un observador dividido, pero que se esfuerza en permanecer equitativo y objetivo, Estados Unidos y Francia son los dos responsables de esta deplorable situación. Los dos países han comprometido la parte válida de sus posturas respectivas con torpezas, contradicciones y apariencias. Aunque la responsabilidad primera atañe a Estados Unidos por su estilo imperialista y la ambigüedad de sus objetivos, Jacques Chirac y Dominique de Villepin son, en la última fase, ampliamente responsables, por sus virajes políticos y sus meteduras de pata espontáneas o premeditadas, de un grave deterioro de las oportunidades no sólo de la OTAN, sino de la ONU, de Europa y de la paz.

El informe estadounidense tiene elementos sólidos: el peligro del terrorismo, de las armas de destrucción masiva y de su posible unión, el carácter tiránico en el interior y aventurero en el exterior del régimen de Sadam, y el deterioro de una situación en la que, al haber expulsado a los inspectores y ser las sanciones ineficaces y cuestionadas, el dictador iraquí veía reforzada su posición antes de la intervención de la amenaza militar. Quienes en la actualidad reconocen con la boca pequeña las maldades y los peligros de Sadam Husein no deberían olvidar que nunca han propuesto para evitar que haga daño nada más eficaz que la incursión contra Osirak, la guerra del Golfo y las presiones militares anglo-estadounidenses. Pero el informe de Estados Unidos pierde valor, por una parte, por su alineación con Sharon y su insensibilidad ante la situación de los palestinos y las reacciones árabes, y por otra parte, por el carácter difuso y arriesgado de sus concepciones para el post-Sadam: ¿una ocupación militar prolongada? ¿Una sucesión de acciones militares contra otros países del eje del mal? ¿Un derrocamiento de los regímenes árabes actuales para promover a la vez la democracia, la aceptación de Israel y un orden estadounidense?

Francia, por su parte, tiene razón al afirmar, si no el carácter sacrosanto de la ONU (institución que tiene sus debilidades y sus hipocresías y que ella misma ha sabido alejar en otras circunstancias), al menos la imposibilidad de dejar a EE UU como único juez del bien y del mal, de la guerra y de la paz. Ha tenido razón al elegir, más que la alineación incondicional (al menos en público) de Blair y que la oposición incondicional (al menos de palabra) de Schröder, el camino medio y flexible de un apoyo condicionado a la empresa de desarme de Sadam Husein por la amenaza de la fuerza.

¿Por qué era necesario que esta línea se inclinara en el sentido de la postura alemana, y estuviera comprometida por una serie de gestos como mínimo sorprendentes? A partir del 20 de enero, y de la evocación intempestiva del veto en el Consejo de Seguridad y de un “no” a la guerra clamoroso que dejaba a Francia sin su único interlocutor comprensivo y aliado objetivo en el seno de la Administración estadounidense, Colin Powell; y a partir también del encuentro franco-alemán junto con las declaraciones hechas en nombre de Europa sin consultar con los socios europeos -y de propuestas francesas poco creíbles para el desarme de Sadam por la multiplicación de los inspectores más que por una presión unida a un plazo concreto- el camino a la escalada está abierto.

Crecen las injurias de los medios cercanos a la Administración de Bush, sus presiones sobre los demás europeos, las cartas de los ocho y los diez suscitadas por los grupos de presión estadounidenses. Éstas ofrecen a sus firmantes una algarada insultante en nombre de una posición europea inexistente o que por definición coincide con la de Francia. A ello se añade la resistencia a que la OTAN ayude a Turquía, ayuda a la que se acusa de significar un consentimiento a la guerra, como si todos los países, empezando por Francia, no tomaran sus precauciones en vista de ésta, aun queriendo evitarla. Los aplausos suscitados por la elocuencia de De Villepin en la ONU y la coincidencia con la opinión popular europea, masivamente hostil a la guerra, parecen reafirmar a los dirigentes franceses en la idea de que su política está al servicio del mantenimiento de la relación transatlántica, de la emergencia de una política europea, de la ONU y de la paz.

Dejemos la primera afirmación, que revela un humor negro. Para la segunda, la política seguida desemboca con toda evidencia en el resultado opuesto: la pretensión franco-alemana de hablar en nombre de Europa; la manera francesa, mucho anterior a la fase actual, pero que alcanza hoy día nuevas cumbres, de hablar desde arriba a sus socios y desde más arriba todavía a los pequeños países, y de aplastar con el desprecio a los nuevos miembros, humillándolos y amenazándolos públicamente cuando su postura no coincide con la de Francia es tal -arrogancia por arrogancia- que hace que prefieran la hegemonía estadounidense, más poderosa y más halagadora con ellos, y cava nuevos fosos en el interior de Europa.

La discusión seria trata sobre la prevención de la guerra, sobre el futuro de la ONU y sobre el de Oriente Próximo. En estos tres planos, hay que afirmar enérgicamente que las posturas mostradas por el equipo de Bush son inquietantes y peligrosas, pero también reconocer no menos enérgicamente que el pacifismo no sirve forzosamente a la paz, que el uso del veto no sirve forzosamente a la ONU, que el no encuadramiento de la presencia estadounidense por la organización internacional y una presencia europea no sirve forzosamente a los intereses de Francia ni a los de los países de la región. Hemos dicho hasta la saciedad lo poco convincente que era Estados Unidos respecto a la prioridad de la acción contra Irak y a las perspectivas que sucederían a una posible victoria. Pero hay un punto sobre el que sin duda tiene razón: si hoy todavía existe una débil oportunidad para evitar la guerra, ésta no es otra que la marcha de Sadam o su aceptación de las condiciones de la resolución 1.441. Y eso no tiene posibilidades de producirse más que si éste cree que la guerra es inminente en caso de que no ceda.

Era legítimo y deseable darle una última oportunidad. Pero no acompañarla de una fecha límite solemne y relativamente cercana sólo puede sugerirle que tiene una oportunidad de ganar por desgaste, llevando las cosas hasta el verano y hasta una fecha próxima a las elecciones estadounidenses. Ahora bien, si hay algo seguro es que a partir de ahora Bush ya no dará marcha atrás y no esperará indefinidamente. La elocuencia de los discursos y el fervor de las manifestaciones quizá animen a Sadam, pero con seguridad no desanimarán a Bush.

Para el Consejo de Seguridad no está claro qué interés tendría Francia, después de haber hecho de él su prioridad, en bloquearlo y ofrecer un paseo a los halcones estadounidenses que ya triunfan, se burlan de las ilusiones cooperativas y multilaterales de Powell y sólo esperan un veto francés para desembarazarse definitivamente a la vez de la ONU y de la OTAN. La cuestión más difícil de responder dogmáticamente es la de la participación europea, francesa y de la ONU en la posible intervención militar y seguidamente en la administración de Irak, su reconstrucción y su futuro equilibrio regional. La participación en la guerra del Golfo apenas aportó a los aliados de Estados Unidos las ventajas políticas y económicas que daban por descontadas. Pero no vemos cómo una abstención hostil o una oposición frontal podrían producir resultados positivos excepto en política interior, a menos que se apueste por una política de lo peor, según la cual a la intervención estadounidense sucedería el caos, y a éste, una vuelta triunfal de Europa a Oriente Próximo.

La guerra siempre es deplorable, pero la reducción de Sadam Husein a la impotencia es una causa justa, incluso si su contexto y su prolongación corren el riesgo de ser catastróficos. La presencia de la ONU y de Europa sobre el terreno tiene una pequeña posibilidad de limitar estos riesgos y estragos, de inclinar los equilibrios futuros en el sentido de la negociación y la reconciliación (sobre todo palestino-israelí), más que en el del dominio imperial y el enfrentamiento indefinido. Lo mismo ocurre en el plano económico, en concreto petrolífero. Para desempeñar este papel, por muy modesto que sea, una Europa coherente estaría mejor situada que Francia o la pareja franco-alemana. A este respecto, no hay que hacerse ilusiones. Estados Unidos, tras haber apoyado la unidad europea y haberse mostrado después ambivalente respecto de ella, hace hoy todo lo posible por impedirla y por dividir a los europeos. Razón de más para no seguirle el juego. No habrá Europa sin reconciliación con Tony Blair, que sigue siendo el más europeo de los dirigentes ingleses, con la Europa central y balcánica, con Turquía, e incluso con un Estados Unidos pos-Bush.

Pero se pueden preferir los bonitos movimientos de mentón.

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