Guerra sin lenguaje

Los ataques de París han dejado sin palabras al mundo. Los calificativos se agotaron en minutos por la brutalidad de la actuación terrorista. Fue la sorpresa en la noche, el relato fragmentario de lo que ocurría, la suma escalofriante de víctimas, el temor a que pudieran venir “otras réplicas” –en palabras de Manuel Valls– lo que desbordó el lenguaje. Las advertencias sobre una amenaza latente tampoco permitían imaginar algo así. Los asesinatos de enero no podían ser meros avisos de lo peor. Las detenciones y la frustración de otros atentados conferían una cierta sensación de seguridad. Cuando menos, de que el yihadismo no era imbatible. Pero de pronto la masacre del 13 de noviembre lleva el término guerra a la comparecencia de François Hollande y a los titulares informativos. No ya como una evocación metafórica, un recurso para realzar la tragedia y el temor a que pudiera repetirse, sino como un anuncio formal de la disposición al combate abierto.

Guerra sin lenguajeDesde los atentados del 11-S la estrategia internacional contra el terrorismo global se ha basado, fundamentalmente, en el objetivo compartido por todos los países desarrollados de evitar que la violencia de raíz islamista atravesase sus fronteras. Ante la dificultad de acabar con un fenómeno tan incontrolable en sus comunidades de origen, se trataba de acotar sus efectos, de intentar que el terror no saliera de Oriente Medio, de Afganistán, de Pakistán o de Somalia. Aunque la rivalidad interreligiosa, los reajustes en la galaxia Al Qaeda y hasta la competitividad entre esta y el Estado Islámico han acabado multiplicando el peligro yihadista. Con un añadido. No nos encontramos ante una manifestación nihilista del poder de aterrorizar, de “relaciones de fuerza como relaciones de daño” –André Glucksmann–. Aunque ello haya provocado una quiebra de la confianza que ha de existir entre congéneres que habitan en un mismo espacio físico, aunque sea temporalmente. Porque la amenaza es, a la vez, difusa y concreta.

El propio concepto de guerra ha variado de significado sin que nos percatásemos de ello. Claro que no existe una convención universal al respecto. El presidente de la República Francesa se refirió a la guerra no sólo como constatación de un estado de cosas que requiriera tal calificación, sino como expresión de su determinación por responder a los ataques con todos los medios disponibles. La pregunta inmediata es a quién concierne su llamamiento o, mejor, quién se da por concernido. Cuando en verano se desató la crisis de los refugiados, pudimos oír cómo Mariano Rajoy soslayaba sus propias reticencias a acoger asilados abogando públicamente porque se fuese a la raíz, al origen del problema, sin que todavía sepamos a qué se refería exactamente. Si se postulaba para una intervención directa en territorio sirio o esperaba que lo hicieran otros.

Es evidente que la guerra no puede quedar al albur de una especie de alistamiento moral a favor, en contra o por la indiferencia. Pero tampoco puede sojuzgar las conciencias que conforman las sociedades abiertas. Es por ello obligado que se conozca de qué se trata. De qué habla Hollande cuando pronuncia la palabra, y qué entendía Rajoy por ir a la raíz del problema del éxodo sirio o iraquí. Las sociedades democráticas no pueden afrontar la amenaza yihadista de manera dicotómica, apelando al sistema de derechos y garantías en las acciones a desarrollar en los países libres y dando rienda suelta a la utilización de la fuerza en las zonas controladas por el Estado Islámico. Como si los terroristas, los sospechosos de serlo o los procedentes de dichos lugares pudieran ser tratados como personas con derechos en un caso y pasaran a cosificarse en un grupo informe con el que acabar en el otro. La certeza de que los integrantes del EI no son precisamente sensibles a una aproximación pacifista hacia sus posesiones, ni a iniciativas de interposición, tampoco exime a los gobiernos que emprendan expresamente la guerra contra el Estado Islámico de dar cuenta de lo que hacen y no a bulto. Porque esa rendición de transparencia es el mínimo indispensable para que los gobiernos democráticos no se deshagan del Estado de derecho cuando actúan fuera de sus fronteras.

Es sabido que los victimarios necesitan hacerse las víctimas para soportarse a sí mismos. Ocurre hasta en las expresiones más patológicas del terror. Los asaltantes de París gritaban al parecer “Os vamos a hacer lo que nos hacéis en Siria”. El nosotros y el vosotros totalizan la realidad en un conflicto descarnado visto por ojos fanáticos. Por eso la asunción de la guerra como acción de Estado ha de renunciar al vosotros y conjugar el nosotros patrio con moderación y respeto a la libertad. El nosotros-víctima tampoco puede ser objeto de una leva moral.

Kepa Aulestia

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