Guerra

Por W. Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 21/03/03):

La guerra ha estallado y las pasiones se encenderán aún más que en las últimas semanas. Lo que debería haberse circunscrito poco más que a una iniciativa consistente en una actuación de policía internacional se ha convertido en una disputa monumental, como mínimo en el plano ideológico y político. La moralidad se ha debatido como nunca antes en la historia; el derecho internacional, el futuro de la OTAN y de la UE se hallan en juego y la economía mundial se encuentra amenazada. Y la pregunta sobre si el mundo se ha vuelto loco se plantea con toda justicia. ¿De quién es la culpa?

Estados Unidos ha cometido errores, ha mezclado en el debate público los factores del terrorismo y de las armas de destrucción masiva. Ambos constituyen graves peligros y no había necesidad alguna de hacer un cóctel con ellos. Y, sobre todo, Estados Unidos ha subestimado la gran aspiración hacia la paz a casi cualquier precio en todos los países occidentales, que se han expresado claramente en el curso de grandes manifestaciones. Lamentablemente, no se puede luchar contra la guerra sin dar apoyo al régimen de Saddam Hussein y, lo que es aún peor, sin fomentar la proliferación de armas de destrucción masiva.

Porque, si Saddam sigue conservando estas armas, es sólo cuestión de breve plazo que Turquía experimente la necesidad de adquirirlas también. Y, si Turquía llega a poseerlas, Grecia se sentirá amenazada; y si Grecia las adquiere, Macedonia y Albania querrán también preservar su independencia poniendo a punto un arsenal similar. Del mismo modo, es sólo cuestión de pocos años que Japón –bajo la amenaza de Corea del Norte– construya sus propias bombas nucleares aunque su actual Constitución lo prohíba.

Tal vez se trata de un proceso inevitable; resultará no en un mundo multipolar, sino en una jungla. Washington creyó que se debía efectuar al menos un intento para detener o demorar la proliferación armamentista, pero otros no compartieron sus deseos. Los críticos de Estados Unidos lo van a pasar en grande en los días que se avecinan. Si el triunfo militar se logra con rapidez, dirán: “Fijaos qué frágil era este régimen, igual se habría derrumbado de todas formas”. Si los combates continúan por más tiempo y si se registran muchas víctimas, dirán: “Ya os lo dijimos, se podría haber obligado al régimen a desarmarse aplicando la presión diplomática y sin que se produjera un baño de sangre”. Si las armas de destrucción masiva llegan a descubrirse e incluso se produce su empleo, dirán: “Es culpa vuestra. Saddam nunca se habría atrevido a emplear tales armas, pero provocasteis su desesperación arrinconándole contra las cuerdas”. Si una mezquita o un hospital infantil son alcanzados en los bombardeos por haber sido utilizados como posiciones militares, constituirá un crimen de guerra de los estadounidenses, que deberían haber estado más al corriente de tal circunstancia. Si odiadas figuras del régimen baasista son colgadas de postes de alumbrado en las calles por una población que ha padecido durante muchos años una cruel persecución, seguirá siendo culpa de los estadounidenses, que deberían haber impedido este sangriento ajuste de cuentas (en Francia, después de la retirada de la Wehrmacht en 1944, decenas de miles de colaboracionistas –y muchas personas que eran meramente sospechosas– fueron asesinados en una sangrienta purga sin ser juzgados siquiera). En otras palabras, la situación –hagan lo que que hagan– acabará mal para ellos.

Bush no se ha equivocado en lo esencial, pero se ha equivocado en la elección del momento adecuado. Los dictadores pueden librar una guerra preventiva, las democracias pueden hacerlo únicamente si cuentan con un respaldo social abrumador, pero tal circunstancia –si llega a producirse alguna vez– raramente se produce. Así lo comprendió Roosevelt; vio cómo se acercaba la guerra y también cómo entraba en ella Estados Unidos. Sin embargo, a la vista del aislacionismo que se hallaba tan extendido en 1939-1940, hubo de esperar a Pearl Harbor para que desaparecieran los titubeos de sus compatriotas. Comprendió que este proceso de aprendizaje puede representar años. A los ciudadanos no se los convence con discursos, artículos y argumentos lógicos, sino por una amarga experiencia, por un trauma.

Nadie puede saber si el ataque, la próxima vez, será llevado a cabo por un Estado o por un grupo terrorista, o por terroristas que actúen en nombre de un Estado. Pero el precio que quizá haya que pagar será posiblemente más elevado, quizá mucho más elevado, que Pearl Harbor. La opinión pública en Europa, en Oriente Medio y parcialmente incluso en Estados Unidos rechaza ásperamente la idea de un policía mundial. Y no logra comprender que la alternativa no es un mundo pacífico y multipolar, sino una jungla. Desde una perspectiva ideal, el subcontinente indio debería actuar al unísono, y el Extremo Oriente y Europa deberían ambos poseer la determinación y la energía para ser asimismo otros tantos “factores de referencia”. Deberían responsabilizarse, en el marco de las Naciones Unidas, de mantener el orden mundial. Pero todo esto no son más que fantasías, que lo seguirán siendo por lo menos durante bastante tiempo. La tarea de desempeñar la función de policía mundial es altamente impopular –para decirlo con suavidad–, cara y, hablando en términos generales, nada atrayente; todo el mundo vilipendiará sin duda a tal policía mundial.

Sean cuales sean los resultados de esta guerra, los norteamericanos propenderán a ceder el testigo a otros, retirándose airadamente y poniendo cara larga en sus tiendas como hizo Aquiles en la guerra de Troya. Si se alza tanta resistencia internacional a desarmar a un Estado canalla (y si queda aún tanto trabajo por hacer), dejemos que otros lo intenten. Pero no habrá voluntarios, salvo después de producirse una gran catástrofe. Según Homero, los griegos, habiendo sufrido graves derrotas, enviaron una delegación –encabezada por Odiseo– a Aquiles para implorar a su mayor guerrero que se reintegrara a sus filas. Petición que éste rechazó, para cambiar de parecer sólo después de una catástrofe personal, la muerte de su amigo Patroclo. Podemos enfrentarnos a una situación similar en el futuro, pero supondrá años, y uno no puede menos que sentir un escalofrío sólo de pensar en el precio que habremos de pagar por ello.

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