Guerreros estelares

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 22/10/06):

La decisión del presidente George Bush de adoptar una nueva estrategia que propugna «la libertad de acción» de Estados Unidos en el espacio, a fin de impedir su utilización por elementos hostiles a los intereses norteamericanos, ha sembrado la alarma no sólo entre los pacifistas y ecologistas, que advierten del riesgo de una catástrofe sin precedentes, sino entre todos los que se inquietan ante la perspectiva de una carrera armamentista en un escenario de apocalipsis. El riesgo viene de lejos, pero se ha disparado por la frenética actividad del actual secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, obnubilado por los vapores de la guerra tecnológica.
Durante la guerra fría, la conducta de EEUU y la URSS, al frente de los bloques, estuvo presidida por el equilibrio del terror, expresado en la fórmula de la destrucción mutua asegurada. Uno de los corolarios de la situación de empate fue el tratado de 1967, bajo los auspicios de la ONU, el cual estableció que la exploración y el uso del espacio deben ser «para beneficio y en el interés de todos los países» y proscribió su utilización para situar armas de destrucción masiva. La encarnizada competencia soviético-norteamericana se escenificó en la carrera espacial, pero no llegó al despliegue de artefactos bélicos.

DURANTE la presidencia de Reagan (1981-1989), en plena euforia por las dificultades del Kremlin y la perestroika de Gorbachov, surgieron los primeros proyectos para romper el statu quo con la fantasía galáctica que fue la guerra de las galaxias, nombre atribuido al intento de colocar en el espacio un escudo protector para convertir el territorio norteamericano en un santuario inexpugnable. Luego de diversas controversias y adversas consideraciones presupuestarias y militares, el programa fue abandonado por Bill Clinton nada más llegar al poder, en enero de 1993, pero siguió en pie el proyecto de desplegar misiles defensivos con ese fin.
Desde la presidencia de Clinton, que ya se calificaba de imperial, el Pentágono abogó por la estrategia llamada de la superioridad sin igual (no peer) que permite librar dos conflictos regionales al tiempo. Los presupuestos militares alcanzaron casi el 40% de los gastos militares mundiales, precio muy alto exigido por la dirección político-militar del planeta y la seguridad de los negocios. El director de la CIA proclamó que EEUU disponía de «la más fuerte potencia militar, la mayor economía, la sociedad pluriétnica más dinámica», lo que le convierte en «el instrumento indispensable del sistema de seguridad del mundo».
El mesianismo y la anticipación tecnológica, recurrentes en la política estadounidense, regresaron con George Bush y los neoconservadores, adalides de una propagación manu militari de la democracia. La campaña de militarización se recrudeció tras los atentados terroristas que destruyeron las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, hasta el punto de que Rusia y China sometieron a la Conferencia del Desarme de Ginebra, en junio de 2002, una propuesta para un tratado de prohibición de armas en el espacio. La iniciativa siguió a la decisión de EEUU de retirarse del Tratado de Misiles Antibalísticos, sellado en 1972 por Nixon y Breznev y saludado como un gran primer paso hacia el desarme general.
Washington negó que estuviera planeando el despliegue de armas en el espacio, pero rechazó terminantemente la idea de un nuevo tratado susceptible de controlar las actividades en ese medio. El foro de Ginebra tropezó con una barrera infranqueable. El documento firmado ahora por Bush insiste en que «la libertad de acción en el espacio es tan importante para EE UU como su potencia aérea y marítima». Al rechazar las negociaciones sobre la militarización, alimenta la sospecha de que pretende acelerar los programas para el despliegue de armas o misiles. El objetivo confesado es trasladar la hegemonía militar al espacio, concebido como última frontera del imperio.

RUMSFELD ES el campeón de estas iniciativas tan visionarias y costosas como polémicas para colocar guerreros en el espacio. Poco antes de iniciar su segundo mandato en el Pentágono, tras la reelección de Bush en el 2004, Rumsfeld presidió un comité de expertos que hizo un llamamiento a la Administración para que promoviera vigorosamente «la opción de desplegar armas en el espacio para detectar las amenazas y, si fuera necesario, defender de cualquier ataque los intereses norteamericanos» o, lo que es lo mismo, evitar «un Pearl Harbor espacial», según la retórica belicista de los neocons que preside la cruzada de la guerra contra el terrorismo. Los gastos en control espacial alcanzaron los 3.000 millones de dólares en el 2005.
Además de las críticas inevitables de los aliados atlánticos y de envenenar las relaciones con Rusia y China, el punto más débil de la nueva arrogancia estratégica radica en que no es previsible que otros estados con capacidad técnica, cada día más numerosos, otorguen al Pentágono la exclusiva de la panoplia bélica en el espacio. La destrucción de satélites de utilización civil, imprescindibles para las transacciones comerciales y las telecomunicaciones, podría ser la primera secuela de esta carrera de armas en el espacio que, por el momento, parece una quimera, pero que puede convertirse en una siniestra realidad.