¿Gulliver o Polifemo?

Como la aurora de rosáceos dedos, las elecciones andaluzas marcan el inicio de una temporada prodigiosa. Las esperanzas que en ella tienen depositadas unos no son menores que los temores que albergan otros. Estos prefieren que nada cambie, no sea que vayamos a peor; aquellos, por el contrario, confían en dar a la situación un vuelco que sepulte de una vez lo que parece oponerse desde siempre a que seamos, como se dice, un país decente. No se atreve uno a estimar cuál de los dos bandos es más numeroso; pero como no tiene mucho interés ocuparse de quienes optan por la inmovilidad, ocupémonos de quienes, con la mejor intención, apuestan por el cambio. Eso sí, un gran cambio: se trata casi siempre de unirnos todos en un gran esfuerzo que marcará una ruptura con lo anterior y liberará de una vez esas energías del pueblo, sometidas ahora por un espíritu maligno, encarnado en un sector económico, en una élite, en una cultura propia o en una clase social.

En el trasfondo de esas propuestas de cambio puede uno adivinar la imagen de Ulises y sus compañeros recluidos en la cueva de Polifemo. Es el cíclope quien se interpone entre ellos y la luz del día; bastará con neutralizarlo para ponerse a salvo. La solución consiste en extirpar algo de raíz, en eliminarlo de una vez por todas, y ese algo es un adversario extraño; en ningún caso se trata de nosotros. La imagen pretende capturar algunos rasgos de las fuerzas más radicales de nuestro espectro político, sin hacerles justicia, porque se trata de una caricatura: Polifemo puede ser la casta para unos, la corrupción o Madrid para otros. Aunque atractiva para algunos, sin embargo, la imagen no se ajusta en absoluto a nuestra realidad presente: si miramos hacia atrás, a nuestro pasado reciente, habremos de admitir que no estamos en una cueva; tampoco es un cíclope, criatura extraña y monstruosa, lo que nos impida ser libres, ni se trata de hacer un esfuerzo extraordinario pero liberador. La realidad es, en apariencia, mucho más prosaica.

Otra imagen, tan familiar como la anterior, captura los rasgos esenciales de esa realidad: se trata del grabado de los Viajes de Gulliver que muestra al protagonista tumbado en la playa de Lilliput. Trata de levantarse y no puede. No se lo impiden cadenas ni cuerdas, sino decenas de miles de hilos finísimos con que los minúsculos liliputienses lo inmovilizaron mientras dormía, y que sujetan sus dedos, sus miembros, hasta sus cabellos, y le impiden todo movimiento.

Gulliver es nuestro país, un país normal como era un hombre corriente Gulliver, que es preso, no de una fuerza maligna, de una potencia extraña, sino de la inextricable maraña de pequeños intereses que nosotros, los liliputienses, hemos tejido entre todos. Los hilos se extienden por todos los ámbitos de nuestra sociedad, más tupidos en algunos y menos en otros. Es su presencia lo que hace que sea tan difícil crear una empresa, cambiar de carrera, crear las infraestructuras necesarias, innovar, obtener justicia; es su persistencia, obra de todos –hoy por ti, mañana por mí– lo que designamos como corrupción. Los hilos que nosotros mismos hemos ido tejiendo son lo que nos paraliza.

La imagen nos ayuda a entender qué son las tan manoseadas reformas: consisten en ir cortando los hilos uno tras otro, sin pensar que el proceso llegará un día a su fin. Sin pensar tampoco en que haya forma de cortarlos de una vez, porque entonces Gulliver se levantará de golpe y quizá termine con nosotros, los liliputienses: la ausencia absoluta de hilos no es una utopía, sino una pesadilla. El arte del político está en saber qué hilos conviene cortar en cada momento y en convencer a sus conciudadanos de que ir librándose de ellos es mejor para todos, aunque a menudo no lo parezca. El proceso de las reformas es, desde luego, indispensable, aunque su aplicación deba acechar el momento oportuno. El heroísmo del reformador se oculta tras una fachada prosaica:, porque se basa, no en la lucha contra un adversario externo, una clase social enemiga o una nación a sojuzgar, sino en el convencimiento de que uno mismo forma parte de aquello que hay que reformar. Por último, de un país que no necesite reformas puede decirse lo mismo que de un individuo que no pueda mejorar: que no son cosa de este mundo.

Ese convencimiento debería infundirnos la modestia necesaria para llevar a buen fin nuestra tarea y haría, de paso, la convivencia mucho más soportable.

Alfredo Pastor, cátedra Iese-Banc Sabadell de Economías Emergentes.

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