Günter Grass y sus jueces

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 08/09/07):

Hace aproximadamente un año, la tan traída y llevada entrevista con Günter Grass en el Frankfurter Allgemeine Zeitung con motivo de la publicación de su libro de memorias, Pelando la cebolla, provocó un auténtico linchamiento mediático en Alemania y fuera de ella. Autoproclamados fiscales y jueces, limpios, claro está, de toda culpa y mancha, arremetieron contra el novelista por haber reconocido su breve alistamiento en la Waffen-SS en los meses que precedieron al derrumbe del Tercer Reich.

El abultado número de justicieros venidos de ámbitos muy diversos -algunos de ellos merecedores de todo mi respeto- me sorprendió. Aunque habituado a las maneras de los aleccionadores profesionales -prefiero la expresión francesa donneurs de leçons-, los argumentos empleados para descalificar a Grass, fustigando la ceguera e irreflexión de un muchacho de 17 o 18 años y la ocultación del episodio durante seis décadas, me parecieron injustos, marcados unos por una autosuficiencia de dómine y otros por una avidez carroñera. ¡La ocasión de derribar del pedestal a un escritor de su talla y talento artístico no se presenta todos los días!

Por referirse a un libro que, dado mi lamentable desconocimiento del alemán, no podía consultar, preferí callar y esperar. La reciente traducción de Pelando la cebolla me ha facilitado el acceso a sus páginas y, gracias a ello, me permito meter baza, aun tardíamente, en una polémica no extinta del todo.

El libro de memorias de Grass no tiene la ambición y maestría literaria de las grandes novelas suyas que he leído y releído -El tambor de hojalata, El rodaballo y, sobre todo, Es cuento largo, a la que dediqué un largo ensayo-, pero su lectura es incitativa y a ratos apasionante. Conozco por experiencia las trampas de la memoria y la manipulación literaria inherente a toda biografía en la medida en que dota de una posterior coherencia a recuerdos dispersos, y los integra en la estructura de un relato que se rige conforme a leyes distintas. En otras palabras, la labor del arqueólogo se transmuta en obra de ingeniería. Günter Grass lo sabe tan bien como yo, y a lo largo del libro subraya el lapso que separa el yo adolescente y juvenil del yo que compone el texto. ¿Se trata de un mismo yo, o el yo es otro? ¿Qué instancia intermedia los separa? El recuerdo del recuerdo del recuerdo ¿es todavía un recuerdo? Pisamos arenas movedizas y debemos caminar con tiento si no queremos enviscarnos en ellas.

La tentación de condenar sin apelación al muchacho que un día fue no nos concedería la facultad de entenderlo. Las consignas patrióticas del entorno nazi, el seductor proyecto de la Gran Alemania y la guerra a muerte contra la horda bolchevique cautivaron a una multitud de jóvenes que creyeron a pies juntillas en el discurso delirante de Hitler. Como tantos compatriotas mayores que yo que militaron en las filas de la Falange hasta el día en que se quitaron las telarañas de los ojos, el Grass temperamental e inmaduro siguió ciegamente un esquema irracional y patriótico que no era suyo. El escritor de hoy podría alegar con razón la habitual insensatez juvenil y el silencio de todos, pero no cede a este acomodo fácil. No busca evasivas ni disculpas. Al evocar la trayectoria de su yo de entonces, sigue los pasos incautos de aquel doble remoto desde su ingreso voluntario en el Ejército con el sueño de ser submarinista -ilusión frustrada por su minoría de edad-, a la posterior adscripción al llamado Servicio de Trabajo y, por fin, mientras el poder nazi se desmorona en todos los frentes, a la Waffen-SS, la fanática organización hitleriana a la que el führer encomendaba la creación del Orden Nuevo.

Creyente hasta el fin, el joven Grass ignoraba la cruda realidad de la Shoa y del universo concentracionario. Su inexperiencia le salvó de mancharse las manos de sangre en el frente ruso, y no fue sino un pelele sacudido por el vendaval de los acontecimientos. Como otros colegas suyos, el autor podría haber puesto entre paréntesis el desvarío juvenil, pero al pelar la cebolla del recuerdo, hoja tras hoja y capa tras capa, rehúsa escudarse en el «no sabía» y en una neblinosa culpabilidad colectiva. Adelantándose a las críticas que lloverían sobre él, expone con nitidez sus sentimientos en unos párrafos que me permitiré citar por extenso:

«Lo que había aceptado con el tonto orgullo de mis años jóvenes quise ocultármelo a mí mismo después de la guerra, por una vergüenza que surgió después. No obstante, la carga subsistía y nadie podía aligerarla.

Es verdad que durante mi adiestramiento en la lucha de tanques, que me embruteció durante el otoño y el invierno, no se sabía nada de los crímenes de guerra que luego salieron a la luz, pero la afirmación de mi ignorancia no podía disimular mi conciencia de haber estado integrado en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo el exterminio de millones de seres humanos. Aunque pudiera convencerme de no haber tenido una culpa activa, siempre quedaba un resto, que hasta hoy no se ha borrado, y que con demasiada frecuencia se llama responsabilidad compartida. Viviré con ella los años que me queden, eso es seguro».

La exposición cabal de los hechos y de los sentimientos que a posteriori le embargan no puede ser más explícita y clara. Grass no escamotea el pasado: muy al revés, asume su carga con las consecuencias que ello acarrea. Queda el punto controvertido de su revelación tardía. ¿Por qué tanto tiempo antes de sincerarse? La cuestión es compleja y no admite respuestas simplistas. Todos administramos mejor o peor los propios recuerdos y las situaciones difíciles a las que nos enfrenta la vida: procuramos velar los episodios poco gloriosos de ésta hasta que el peso acumulado se vuelve insoportable. Por poner un ejemplo que me concierne, yo mismo llevé durante unos años una carga semejante, cuando cedí a un impulso sexual considerado aberrante no sólo en el entorno social y católico de la España franquista, sino también en los medios de la izquierda marxista que frecuentaba en París, y traté de esconderlo a los demás y, sobre todo, a la mujer que quería. El disimulo me obligaba a asumir una sucesión de mentiras cuyo número aumentaba de día en día hasta el extremo de asfixiarme. Y acabé así por ser sincero porque era un ocultador desesperado. Hoy pienso que toda verdad confesa no es ni más ni menos que una ocultación derrotada.

Contrariamente a quienes viven de exhibir su biografía impoluta o un victimismo rentable, Grass ha tenido el valor de exponer llanamente la nesciencia del joven que fue y debemos por ello darle las gracias.

Le responde Adolfo García Ortega: La Ocultación.