Gurúes y gobernantes

La elección general que se desarrolla por estas fechas en la India otorgó protagonismo no solamente al elenco usual de aspirantes políticos, jefes de campaña, publicistas y cazavotantes, sino también a toda una colección de astrólogos, numerólogos y sabihondos. Los candidatos han acudido en tropel a consultar la opinión de estos adivinos sobre todo tipo de asuntos, desde el minuto exacto en que debían inscribir su candidatura hasta la forma en que debían estar dispuestas las puertas de sus oficinas de campaña.

Al fin y al cabo, los indios se las arreglan muy bien para vivir en esa rara combinación de modernidad y superstición que los diferencia del resto. ¿En qué otro lugar del mundo se le da tanta importancia a la carta astrológica de las personas, esa misteriosa base de datos celestial que determina oportunidades vitales, perspectivas matrimoniales y disposición a correr ciertos riesgos? Una vez escribí que un indio sin horóscopo es como un estadounidense sin tarjeta de crédito. Observación que no muestra signos de estar perdiendo vigencia en el siglo XXI.

Es una realidad que parece especialmente arraigada en la política india. Como hinduista creyente que soy, no puedo ponerme como ejemplo de racionalidad pura. Pero sigo sorprendiéndome cuando la ceremonia de jura de un ministro se demora porque un astrólogo le dijo que la hora prevista no era propicia, o cuando el acto de formalización de una candidatura se hace en el último minuto posible, para evitar las influencias malignas de los astros a otras horas del día. Ambas cosas suceden a menudo en la vida política de la India.

Y no es que solamente la hora de jura para el cargo dependa de lo que diga un astrólogo; los astros también deciden el momento en que el ministro tomará posesión de su oficina y asumirá sus tareas. Muchos ministros no se presentan a trabajar sino muchos días después de la jura; mientras tanto, los expedientes esperan hasta que se dé una conjunción de planetas más favorable. La superstición también puede influir en la elección de la oficina del ministro, su vivienda y su mobiliario, que será guiada (e incluso dirigida) por gurúes y sabihondos, sobre la base de principios ancestrales pero sin fundamento científico.

Mi historia favorita es la de cierto jefe de ministros que se negó a mudarse a su residencia oficial porque uno de esos expertos le aseguró que no estaba construida según los correctos principios del vaastu (la versión india del feng shui), lo que auguraba que no le iría bien en aquella morada. Así que hubo que refaccionar el bungalow (con gran gasto para el erario público) para disponer las puertas y ventanas según el criterio del experto. Finalmente, el jefe de ministros se mudó, pero al día siguiente perdió el puesto (y su nuevo hogar) por una crisis política inesperada.

¿Cómo es que personas por demás educadas e inteligentes pueden creer ciegamente en estas supersticiones? Comprendo perfectamente que los seres humanos tengan un deseo innato de congraciarse con los cielos; puedo incluso llegar a aceptar la idea de que con cada conjunción planetaria el cosmos pueda estar enviándonos señales. ¿Pero cómo podemos ser tan crédulos para creer que los adivinos entienden el idioma en que están escritas?

Hace no mucho, la jefa de ministros del estado de Tamil Nadu, la ex actriz Jayalalitha, decidió agregarse una “a” al final del nombre porque un numerólogo le dijo que así escrito sería favorable para su turbulenta carrera política. Después de eso, ganó una elección en su estado, perdió la siguiente y ahora está de nuevo en el poder.

Supongo que es perfectamente posible que “Jayalalithaa” coseche victorias políticas que para una simple “Jayalalitha” tal vez hubieran sido esquivas. ¿Pero qué base hay para sostener que toda la diferencia se debe al agregado de una vocal superflua? Se me hace difícil creer que los cielos distribuyen sus favores según la cantidad de vocales que llevan los mortales en sus nombres.

Pero muchos indios creen firmemente en estas cosas, como lo demuestran las ortografías cada vez más excéntricas de los títulos de las películas y de las estrellas que actúan en ellas. Uno de los mejores actores de la India, Irfan Khan, un buen día se cambió el nombre a Irrfan, y muchos juran que eso prefiguró el vuelco que daría su carrera.

En los corrillos políticos de Nueva Delhi se rumorea que un ex primer ministro recibía todos los días el consejo de un santón, y que un ex ministro de finanzas tomaba decisiones influidas por la astrología (aunque aparentemente atemperadas por un ex secretario de gabinete que se hacía pasar por astrólogo aficionado). Se dice que el líder del partido Rashtriya Janata Dal del estado de Bihar, Laloo Prasad Yadav, rellenó su piscina de natación con barro y basura porque un gurú le dijo que así detendría las “pérdidas” de miembros hacia otros partidos.

La mayoría de los políticos indios llevan anillos con piedras elegidas según las conjunciones planetarias que les son favorables o para protegerlos de las influencias maléficas de planetas mal situados en sus cartas de nacimiento. Muchos juran que les funciona; otros adoptan la postura agnóstica de que por creer estas cosas no se pierde nada, excepto el precio del anillo (una especie de versión hindú de la famosa apuesta de Pascal).

Ahora bien, resulta que la “mafia de los milagros” india no solamente seduce a los políticos locales. El ex ministro de relaciones exteriores Natwar Singh reveló en un reciente libro de memorias que nada menos que Margaret Thatcher estaba fascinada por un santón indio llamado Chandraswami, a quien recibió en su oficina poco después de convertirse en jefa del Partido Conservador.

Tal impresión le causó el santón con su poder para leer la mente, que Thatcher volvió a visitarlo, vestida de rojo (según sus instrucciones) y llevando un talismán religioso que aquel le había dado. En este segundo encuentro, Chandraswami profetizó correctamente que Thatcher accedería al cargo de primera ministra en un plazo de cuatro años y que lo ocuparía durante nueve, once o trece años (terminaron siendo once).

Pero Thatcher tuvo una diferencia fundamental respecto de sus homólogos indios. Cuando en un encuentro que tuvo con ella poco después de su nombramiento como primera ministra, Singh comentó por lo bajo “Nuestro hombre no se equivocó”, la reacción de Thatcher fue sorprendente. “Por un momento se la vio nerviosa”, según cuenta Singh. “Luego me llevó aparte y me dijo: «Alto Comisionado, nosotros no hablamos de estas cosas»”. Pero los indios sí: seremos supersticiosos, pero no somos hipócritas.

Shashi Tharoor is India’s Minister of State for Human Resource Development. His most recent book is Pax Indica: India and the World of the 21st Century. Traducción: Esteban Flamini.

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