Ha llegado el momento del liberalismo

Casi todos los grandes acontecimientos que han marcado el inicio del siglo XXI han conspirado para hacer progresar el populismo. Desde los atentados del 11-S, la guerra de Irak, la crisis financiera de 2008, las primaveras árabes, la crisis de refugiados, el 15-M en España o la Covid-19, todo nos llevaba en una única dirección: la del miedo, el repliegue, el soberanismo y, en definitiva, el viejo nacionalismo del siglo XIX.

Pero la guerra de Ucrania ha venido para cambiarlo todo, y no es una exageración. Le ha dado la vuelta a demasiadas cosas en apenas un mes. Aunque es pronto para valorar todas las consecuencias, ya son visibles algunas muy relevantes.

Los aliados naturales contra el orden internacional nacido después de la Segunda Guerra Mundial se han separado en posturas irreconciliables, y los adversarios ideológicos se han reunido en su oposición al Kremlin. Soberanistas y liberales antes andaban confusos y entremezclados sin saber muy bien adónde ir.

Esto ha cambiado. Ahora, unos han quedado del lado de Vladímir Putin y Viktor Orbán, y los otros del lado del viejo orden liberal. Ya no hay una tierra de nadie, un espacio intermedio por el que transitar.

Antes de la Covid-19, empezaba a ser una opinión común que las instituciones internacionales nacidas a mediados del siglo XX se habían quedado obsoletas y no respondían a la nueva realidad mundial.

Se decía que la OTAN estaba demasiado centrada en el eje Atlántico y que no servía para atender las relaciones y las tensiones del mundo árabe y asiático. Que la ONU era inoperante porque representaba el esquema de bloques de la Guerra Fría. Y que la Unión Europea se había convertido en una entidad burocrática supranacional que no se hacía cargo de las necesidades regionales.

Ante este análisis, surgió a izquierda y a derecha una propuesta sorprendentemente uniforme y reaccionaria. La vuelta al viejo orden internacional nacido después de Westfalia y consolidado tras las guerras napoleónicas, que se construyó bajo el axioma de que la nación es la única sede de la soberanía política.

Poco les importa que ese orden explotase con la Primera Guerra Mundial y que el nacionalismo haya sido la peste negra del siglo XIX, con sus secuelas a lo largo de todo el siglo XX. Daba igual porque el sentimiento de que el globalismo era el verdadero culpable de la pérdida de identidad era más fuerte que cualquier razón histórica. Los había que tenían más miedo a la Agenda 2030 que al desmembramiento del orden jurídico internacional.

Así las cosas, la realidad que teníamos hasta hace un mes y medio era la de la oposición frontal entre el liberalismo y el nacionalismo, y el primero iba perdiendo de mucho. Al primero se asociaba una ideología vacua, la tecnocracia, la corrupción y una agenda nihilista.

Al segundo, sus defensores le atribuían la recuperación de los valores morales, la autarquía y una soberanía que podría ser oposición eficiente contra el globalismo deshumanizado. Incluso Emmanuel Macron, en Francia, llegó a aceptar que la OTAN necesitaba una actualización, y en España, el eje de Visegrado se paseó por la capital como alternativa a la Europa burocrática sin recibir demasiado rechazo.

Un orden alternativo que se construía a marchas forzadas formando un cinturón que unía a Vladímir Putin, Viktor Orbán, Mateusz Morawiecki, Marine Le Pen y Santiago Abascal, entre otros. No eran antieuropeos, según ellos, sino que defendían otra Europa. Eran la alternativa al viejo orden liberal.

¿Pero qué ha cambiado tan repentinamente? Muchos se han dado cuenta de que el remedio es peor que la enfermedad y que, si para combatir al liberalismo globalista la opción es el Kremlin, quizás haya que revisar ciertas posturas. La primera, el nacionalismo, y la segunda, el autoritarismo.

El soberanismo nacionalista ha enseñado la pata y nos ha descubierto al lobo que se escondía bajo la piel de cordero. Ni la cosmética publicista más refinada será capaz de maquillar lo que el nacional-populismo escondía detrás. La guerra ha conseguido desvelar los rostros ideológicos y anticipar lo que, de otro modo, nos hubiese costado más esfuerzo y dolor.

¿Pero qué ha sucedido entre las filas liberales? El liberalismo también estaba seriamente herido por una política ochentera enferma de éxito. La caída del Muro había dejado un único eje victorioso al que se le ahorró hacer cuentas consigo mismo. La autocomplacencia de los vencedores hizo que el liberalismo se vaciase de contenido y que acabase creyendo que el capitalismo de Estado sería suficiente para entrar en un siglo XXI repleto de nuevos retos.

El nacional-populismo se ha equivocado creyendo que lo que completaría al liberalismo sería un identitarismo soberanista, pero el liberalismo light también se equivocó defendiendo una libertad de mercado que sólo existía en algunos manuales de macroeconomía.

Muchos liberales se han mostrado incapaces de explicar por qué el liberalismo no es sólo la defensa de un espacio vacío. Y no han podido explicarlo porque ellos mismos se habían quedado vacíos. Crecieron en el combate de la posguerra y se conformaron con ser el dique contra el comunismo. Encontraban su fuerza en la intensidad de la amenaza del enemigo. Por eso era una ideología defensiva y vacía que, en el fondo, necesitaba alimentar al monstruo para existir.

Su época dorada fue la Guerra Fría, y Margaret Thatcher y Ronald Reagan lo aprovecharon con inteligencia táctica. Bastaba nombrar a la bicha para poner prietas las filas. En España, José Luis Rodríguez Zapatero, Podemos y la nueva izquierda le han dado alas a este liberalismo de combate durante una década. Pero alimentar el fantasma del enemigo empieza hoy a dejar de ser creíble. Luchar por la derrota del adversario es algo muy distinto a luchar por la propia victoria.

El liberalismo no es eso. No es ni la defensa de un espacio vacío ni "comunismo o libertad". Lo que realmente es el liberalismo es un sistema que incluye al adversario haciéndolo parte del sistema al integrarlo en la oposición. La oposición forma parte del Gobierno. Y por eso es tan importante defender la existencia de una oposición razonable, tanto cuando estamos en el Gobierno, como cuando nos toca oponernos.

Esta genialidad histórica ha sido poco valorada precisamente por los que se autodenominan liberales porque entendieron, influidos por la psicosis de la Guerra Fría, que el liberalismo era la mejor manera de excluir a la oposición.

La caza de brujas es la política más antiliberal que pueda existir y, paradójicamente, fue practicada bajo la bandera liberal. El liberalismo no es un "o" excluyente, sino un "y" inclusivo. Es el sistema que nació para neutralizar el conflicto bajo la fórmula de Gobierno-oposición. Considerar esto una fórmula vacía resulta incomprensible.

Quizás por eso algunos vean en personajes autoritarios una alternativa al liberalismo, porque realmente lo son. Representan el sueño autoritario de la mano de hierro. Putin gobierna en solitario desde hace dos décadas, y Orbán va por el mismo camino. No les importa que ni en Polonia ni en Hungría se cumpla con la separación de poderes, porque parece que los fines justifican los medios.

La oposición es siempre un engorro cuando la prioridad es que se cumpla nuestro programa. Es evidente que ponerse de acuerdo con los demás es algo pesado, lento, y que exige soluciones de compromiso. Es mucho más cómodo no negociar con nadie y tener el suficiente poder como para hacer lo que se desee sin ningún tipo de obstáculos.

Pero es que esta es precisamente otra de las sabidurías del liberalismo clásico que unos y otros han olvidado. Hay un bien mayor en ponerse de acuerdo con el adversario que en actuar como una sola voluntad. Esto no es un principio vacío, es pura sabiduría moral. La verdad política es sinfónica y nadie que concentre en sí todos los poderes podrá construir el bien común.

Lo que hoy está en cuestión no es la discusión abstracta sobre qué ideas son mejores, sino si el medio adecuado para conseguirlo es el autoritarismo o el pluralismo. Hay una pulsión antiliberal en el deseo de eliminar al adversario, que es la que ha quedado desvelada con la guerra. El putinismo que había enamorado a tantos nostálgicos del poder absoluto ha quedado en evidencia ante un liberalismo paciente que ha dado prioridad al pluralismo, a las instituciones y a los acuerdos.

La eficiencia de la dictadura frente a la moderación del liberalismo, esta es la cuestión. Es lo que los teóricos llamaban telocracia, el poder de los fines, o nomocracia, el poder de las normas.

Los hay que, cansados de ponerse de acuerdo en legislar, aburridos de los procedimientos formales y conscientes de que una Constitución no enamora, se han arrojado a los brazos de la telocracia. Orbán es un modelo para ellos porque comparten sus fines: la vida, el matrimonio, la fe y la identidad nacional.

No importa que los medios para conseguirlos se salten la libertad, y que haya sido merecedor de sanciones internacionales por ello. Para ellos es una víctima de sus fines, porque para la telocracia, ningún medio debe obstaculizar el fin.

Si la guerra de Ucrania ha mostrado algo es que el liberalismo no es un espacio vacío, sino la mejor manera que hemos encontrado de conciliar voluntades contrarias, neutralizándolas bajo el marco de un sistema legal e institucional que reduce el espacio del conflicto al marco legal. La guerra de Ucrania también ha mostrado el lobo autoritario que muchos veían con piel de cordero.

Armando Zerolo es profesor de Filosofía Política y del Derecho en la USP-CEU.

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