Ha llegado la hora de hablar en prosa

Por Juan-José López Burniol, notario (EL PERIODICO, 24/06/04):

María Teresa Fernández de la Vega tiene porte e infunde una discreta pero firme dignidad al cargo que ocupa. El sábado por la mañana, revestida con un amplio ropaje de tono cardenalicio, aplicó al president de la Generalitat un severo correctivo ante los asistentes a las jornadas que el Círculo de Economía organiza anualmente en Sitges. Con fría y pausada entonación precisó que el Gobierno español rechaza el plan Ibarretxe “en el fondo y en la forma”, reprochando implícitamente a Pasqual Maragall su afirmación, hecha dos días antes, acerca de que el plan soberanista vasco difiere de la reforma del Estatut catalán en la forma, pero no en el fondo.

Una arriesgada tesis que no parece compartir el conseller Joan Saura cuando dice, con su prudencia y buen sentido habituales, lo siguiente: “Me es difícil opinar sobre estas declaraciones, pero la vía catalana que propone el Govern no rompe la sociedad por la mitad y aquí (en Catalunya) hay un gran consenso sobre esto”.

PESE A TODO, el presidente catalán –al que nadie niega una tozudez inasequible al desaliento– insistió en su tesis la tarde del mismo sábado, tras haber almorzado con la vicepresidenta Fernández de la Vega, quien –según un testimonio gráfico– dedicó a su anfitrión una sonrisa a mitad de camino entre el arrobo rendido y la reserva invencible. Es difícil concretar las razones de Maragall porque, si bien se percibe la música de sus palabras, resulta imposible precisar la melodía. Total, un lío. Pero lo malo es que este lío comienza a instalarse en la vida política española. No parece normal, en efecto, que en un tema capital como es la reforma de la estructura del Estado, dos representantes de las partes más directamente concernidas –como son la vicepresidenta del Gobierno central y el president de la Generalitat– sustenten opiniones tan radicalmente contrapuestas sobre el significado del plan Ibarretxe. Pero lo peor sería que esta discrepancia constituyese el primer síntoma de una disparidad de criterio profunda, entre los gobiernos de Madrid y Barcelona, respecto del alcance de la reforma estatutaria propugnada por Maragall como proyecto insignia de esta legislatura.

Ante este temor, es lógico cuestionarse si José Luis Rodríguez Zapatero y Maragall tienen de veras un proyecto compartido en sus líneas generales o bien, por el contrario, se limitan a enunciar con tanto entusiasmo como levedad un propósito reformista aún sin concretar en sus grandes trazos. Y, a la vista de cómo comienzan a desarrollarse los acontecimientos, cabe temer que se trate de esto último, pues, cuando los políticos encargan dictámenes y estudios a las más diversas instituciones e instancias es que no tienen claro a donde quieren ir a parar, ni hasta donde pueden llegar.

NO OBSTANTE, deberían superar ya esta tentación escapista y asumir que la primera obligación del que manda es mandar, que mandar significa elegir y que elegir comporta optar entre distintas posibilidades, asumiendo la responsabilidad inherente a la opción escogida. Por eso precisamente, la decisión no debe dejarse nunca al arbitrio de técnicos o especialistas. Diríase que estamos aún en una etapa de fuegos artificiales, de fer volar coloms. Tiempo es ya de precisiones: de tratar de competencias, de dinero, de presencia institucional, es decir, de cosas concretas. Ha llegado el momento de hablar en prosa.

Una última consideración amarga. Hace unas semanas, Felipe González intervino en un acto organizado por la Universitat de Barcelona, donde defendió sin ambages la realidad plurinacional de España, pero también pidió que el reconocimiento operativo de esta diversidad redunde no sólo en provecho de la parte diversa, sino en beneficio del todo.

Desde la perspectiva que brinda esta reflexión, resulta aún más sorprendente la asunción por Maragall del “fondo” del plan Ibarretxe, porque es sabido que al lendakari –como a todos los nacionalistas vascos– España les ha importado y les importa una higa. Ahí ha estado la diferencia histórica entre el nacionalismo catalán y el vasco: mientras el catalán ha tenido siempre un proyecto alternativo de España, el vasco ha hecho alarde de carecer de él. ¡Qué pena!