‘Habemus Papam’ o la audacia

Solemos decir que lo contrario de la mediocridad es la brillantez y no es cierto. En la categoría de personas brillantes acostumbramos a mezclar varias cosas, desde la gracia hasta la frivolidad, pasando por el porte, el don de la palabra, y hasta si cabe la irresponsabilidad. Dalí, por ejemplo, fue una metáfora de la brillantez. Les propongo un juego. Hagan un pequeño recordatorio de los personajes más brillantes que han conocido y luego vayan recorriendo el arco de su vida. Ya sé que es un juego cruel, porque la brillantez de unos momentos contrasta con la augusta mediocridad del resto de su vida. Esclavo de mi propio juego, si me pongo a recordar los tipos más brillantes que he conocido, puedo asegurar, a riesgo de equivocarme muy poco, que su característica dominante, junto a la brillantez, fue su cobardía.

Lo contrario de la mediocridad es la audacia. El hecho de que lo repitieran Napoleón y sus exégetas hasta el hartazgo, no nos libra de la obligación de repetirlo. Si hay un reproche general a nuestra literatura, a nuestro cine, no digamos ya a nuestro periodismo, sería el de suplir la audacia con la brillantez, y eso en el mejor de los casos. Si Valle-inclán es un enigma, posiblemente no lo sea por ninguna otra razón que por su audacia genial. Cuando alguien tiene el privilegio de ver en escena Luces de Bohemia, se le hace difícil entender cómo fue posible que construyera esa obra, audaz hasta lo temerario, sin la más mínima ilusión de que se pudiera representar alguna vez.

Pues bien, bajando de la nube y yendo al grano, considero a Nanni Moretti uno de esos creadores cinematográficos que uno debe visitar siempre, te guste más o te llegue menos, porque ahí hay talento, sensibilidad y sobre todo audacia. No hay una sola película de Moretti que no me haya dejado una huella, una imagen; alguna reflexión incluso que va más allá del cine y que afecta a tu vida.

Hay que ser muy osado para que un ateo, como Nanni Moretti, ponga en escena una historia tan singular como la de un Papa, elegido en cónclave, como es preceptivo, que no se siente con la fuerza interior necesaria para asumir su papel. ¡Un Papa! Habría que empezar diciendo que los Papas no se presentan candidatos, sencillamente son elegidos. Lo que se traduce en que deben asumir una responsabilidad que en más de una ocasión no se han buscado, ni querido, sino que les ha transferido la comunidad de cardenales que constituyen el escalón más alto de la Iglesia católica. Y que, además, habrán de ser Papas de por vida, sin posibilidad de renuncia. Sobre esta eventualidad, la de dimitir –verbo laico e inadecuado para una institución que encarna la tradición por excelencia– ha construido Moretti un filme literalmente delicioso.

No me cabe duda que para la sensible pituitaria de los creyentes de fe berroqueña, el mismo planteamiento les parecerá que roza el sacrilegio, pero para quienes compartimos con Moretti una sensibilidad ajena al catolicismo, no creo que haya en el filme ofensa ni menosprecio. Eso sí, ironía y un punto de sarcasmo que convierten a la película en un retrato brillante –también hay que decirlo– de un mundo distante que acaba resultando casi familiar. La audacia está en el tema, las situaciones, los diálogos. Y sobre todo en el buen gusto, lo contrario del berlusconismo tan de capa caída hoy pero tan promocionado hace nada por esa parte de la militancia católica, que Moretti ha tenido la delicadeza de retirar de la escena.

Los Papas no se presentan, se eligen. Detalle importante. Entonces cabe preguntarse, ¿puede dimitir un Papa? Que yo sepa no hay precedentes, pero el asunto, con todo lo que tiene de insólito, no creo que sea el meollo de esta historia. Tampoco creo que la figura del psicoanalista, que es convocado a ese Vaticano secreto, pueda valorarse como lo más audaz del filme, con ser la interpretación de Moretti excepcional. La secuencia del psicoanalista iniciando su sesión ante el Papa remiso, con la curia cardenalicia de fondo, es antológica. No menos que los chispeantes duettos entre doctor y el cardenal Gregori, encarnado por ese gigante discreto de la interpretación que es el actor Renato Scarpa. Soberbio gran teatro italiano. Goldoni y Pirandello.

Porque el teatro está tan presente que aspira a ser una gran representación filmada. Si me viene a mientes Valle-inclán, el insuperable dramaturgo de nuestro siglo XX, es por la insistencia de Moretti en los elementos teatrales. El sueño juvenil del Papa recién electo había sido la interpretación, ser actor, y sobre todo hacer un papel en La gaviota, que se sabe de memoria. ¿Qué tiene esa obra de Chéjov, de una sencillez extrema, para que no podamos resistirnos a su poder de seducción? Sobre La gaviota de Chéjov se ha dicho de todo, y seguiremos haciéndolo, pero hay algo que gravita en ella, como en Habemus Papam, y es la melancolía, esa manifestación de la tristeza, que no tiene límites.

¿Quién no siente una mezcla de piedad y complicidad con ese Papa, un hombre al fin al cabo, con su pasado, sus costumbres, sus frustraciones, que trata de escapar a un destino que él no ha elegido? Y que pretende, en una huida plena de ansiedad, entrar en otra vida, nada común, pero que podía haber sido la suya, la del teatro –otro escenario, harto diferente al del Vaticano– y una cena con actores –¿quizá eran doce?– donde se respira cotidianidad, complicidad, camaradería; esa naturalidad que adoptan cuando salen del escenario y dejan de ser dioses para convertirse en humanos. Porque los actores son dioses, no lo olviden; han sido santificados por su público sobre el primer púlpito de la historia de la humanidad, el escenario.

No hay saña, ¡y vive Dios, que dirían los clásicos, que podría haberla! Hay ironía, hasta en los momentos más perplejantes, como esa irrupción de la memorable canción de Mercedes Sosa Todo cambia, o la competición de balonvolea, o los guiñolescos guardias suizos que refuerzan la escenografía y juegan su papel bufo. Ese retrato sin acritud de las ventajas del Estado vaticano, con su gasolina barata y sus medicinas especiales. No quiere hacer sangre, sólo el florete malicioso de un tipo que a comienzos del siglo XXI se pregunta por algo que está ahí, inamovible, inmenso, perenne. Es llamativo: sólo hay crueldad con los periodistas. ¡Qué especímenes! El portavoz vaticano, hábil y marrullero, brillante, ya lo ven, pero sin ser audaz; se limita a cumplir hasta el exceso de celo. Y los reporteros estrella especializados, que confunden la fumata nera o bianca, y el tertuliano atascado porque no tiene ni zorra idea. Toda la ternura que nos despiertan esos cardenales apegados a sus costumbres, se convierte en acidez ante los jetas de la comunicación. Quizá otro desdén antiberlusconiano.

Pero hay también algo que me parece importante, quizá lo que más. La reflexión sobre el poder. ¿Se puede renunciar al poder cuando te lo han otorgado? ¿Hay alguien, aunque sea un Papa, capaz de hacerlo? La audacia en un creador consiste en eso, nada más que en eso: plasmar en imágenes algo que no nos atrevemos a abordar porque queda muy por encima de nuestras miserias cotidianas.

En la figura del cardenal Melville, interpretado por Michel Piccoli con la modestia que destilan los grandes actores –que parece que les basta con estar, que no necesitan interpretar– hay una humanidad doliente y frustrada. Lo que le convierte en homenaje a la creatividad, a la imaginación, a la idea de que realizarnos, o al menos intentarlo, pasa en ocasiones por ese eterno “no” y el insólito rechazo a la brillantez del oropel, tan bien simulada por el ritual vaticano. Y aceptar que la vida, toda ella, puede haber sido una equivocación y que no hay poder que puede llenar ese vacío. Cuando dice “no estoy en condiciones de asumir el papel de Papa” sólo está proclamando la grandeza del cardenal Melville, no su debilidad. En eso antaño aseguraban que consistía la ética desde los griegos, ay, desde los griegos.

Gregorio Morán

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