Hablando con el enemigo

Vicenç Fisas es director de la Escuela de Cultura de Paz, Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAIS, 09/06/04)

Uno de los hechos más interesantes de la política internacional actual es la gran cantidad de procesos de paz que están en marcha y los esfuerzos de muchas diplomacias para abrir negociaciones con grupos armados de oposición, estén o no incluidos en las listas de grupos terroristas. En la mitad de los conflictos armados actuales se han abierto canales de negociación formal para finalizar con los enfrentamientos, un dato sumamente esperanzador si recordamos que detrás de estos conflictos hay una millonaria cifra de muertes y personas desplazadas. Parece evidente, por tanto, que el deseo más razonable de cualquier persona sea el de esperar que estos procesos avancen por buen camino y que ello permita poner fin a la violencia.

Una mirada a lo que se está haciendo en el mundo para tratar de acabar con estos conflictos armados o por terminar con la actividad de algunos grupos terroristas que mantienen vivos algunos conflictos que podríamos calificar de baja intensidad letal, pero de alta intensidad política y emocional, permite evidenciar lo delicado que resulta gestionar el acercamiento, la interlocución y la negociación con dichos grupos, especialmente cuando están en las listas de grupos terroristas de Estados Unidos o de la Unión Europea. Aun así, y por paradójico que pueda resultar a primera vista, lo cierto es que son varios los países que prefieren buscar caminos de negociación que permitan finalizar definitivamente con un conflicto armado, en vez de plantearse una vía exclusiva de enfrentamiento militar para derrotar al adversario alzado en armas. Evidentemente, otra cosa bien distinta es cómo se afronta el terrorismo global y en red representado por Al Qaeda, donde quizás lo único que puede hacerse a través de la política es convencer a algunos grupos para que no se integren en dicha red. El resto ha de ser acción policial. Veamos, por ello, los otros casos.

En Colombia, el Gobierno continúa trabajando en la desmovilización de los grupos paramilitares, a través del Alto Comisionado de Paz y con la facilitación de la Iglesia católica. El Alto Comisionado ha viajado también a Cuba para intentar abrir espacios de interlocución con el ELN, y el representante de Naciones Unidas intenta buenos oficios para acercarse a las FARC, que ya han sido visitadas en dos ocasiones por una comisión de la Iglesia. Los tres grupos figuran en las listas terroristas de EE UU. En Filipinas, el Gobierno negocia con el MILF, con mediación malasia y la promesa de EE UU de conceder 30 millones de dólares para la desmovilización de dicho grupo una vez firme un acuerdo de paz. Otro grupo filipino que está en las listas terroristas es el NPA, que opera en las islas de Luzón y Mindanao. Ello no ha sido obstáculo para que en la última década se hayan abierto negociaciones con este grupo, primero en los Países Bajos, después en Vietnam, otra vez en los Países Bajos, y después en Oslo. Para hacerlo, el Gobierno nombró a una consejera presidencial de Paz, que interlocuta con el brazo político del grupo terrorista.

En Palestina, el pasado año se negoció varias veces una tregua con Hamás, la Brigada de los Mártires de Al Aqsa, la Yihad Islámica Palestina y Hamás-Izz al-Din al Qassem (ala armada de Hamás), actuando como intermediarios los servicios de inteligencia egipcios y con los auspicios de la UE. En otras ocasiones ha sido el propio primer ministro palestino el encargado de negociar con estos grupos. En el Nepal, entre enero y agosto del pasado año, el Gobierno negoció con el grupo maoísta CNP, que también está en la lista de grupos terroristas, formando ambos sus respectivos equipos de negociación, y llevando a cabo encuentros con el primer ministro y con representantes de la UE, EE UU, India y China. El Gobierno nombró un Secretariado de Coordinación de las negociaciones de paz, que en estos momentos se encuentran interrumpidas, a la espera de una posible mediación de Naciones Unidas.

En Sri Lanka, desde hace dos años hay negociaciones formales entre el Gobierno y el grupo LTTE, también en la lista terrorista, con la mediación del Gobierno de Noruega y rondas negociadoras en Tailandia, Oslo, Londres, Berlín y Japón. Los negociadores del LTTE han podido viajar por Europa a lo largo del pasado enero, visitando Suecia, Suiza, Alemania, Bélgica, Italia y Países Bajos. Anteriormente habían celebrado reuniones en Dublín con expertos constitucionalistas para preparar su propuesta al Gobierno. EE UU, Japón, Noruega y la UE advirtieron hace escasos días que condicionaban los 4.500 millones de dólares prometidos el pasado año a Sri Lanka a la buena marcha de las negociaciones. En Uganda, finalmente, el estrambótico y criminal grupo LRA, especializado en raptar a menores de edad y atacar campos de refugiados y que se encuentra igualmente en la lista de grupos terroristas, ha merecido la atención de Naciones Unidas y de la UE, que desde finales del pasado año están intentando elaborar un plan de paz.

Hay, por supuesto, muchos otros grupos que practican el terrorismo de manera continua, pero que no figuran en ninguna lista. Aunque este hecho es harina de otro costal, lo cierto es que en Burundi, Sierra Leona, Liberia, RD Congo, Angola, India, Indonesia, Somalia y otros muchos sitios, los gobiernos exploran o inician conversaciones con dichos grupos, sean cuales sean sus métodos de lucha, convencidos de que es la mejor manera de intentar poner fin a la barbarie, el secuestro, la extorsión y el sufrimiento de la población civil. En muchas ocasiones intervienen organismos regionales, cancillerías extranjeras y centros especializados en facilitar negociaciones. En otras ocasiones, las negociaciones son directas, ya sea con el grupo armado o con su brazo político.

La conclusión sobre este tema, a mi parecer, es bastante clara. Ningún conflicto está condenado a perdurar para siempre si surgen actores clave en momentos clave, capaces de gestionar y combinar el pragmatismo, los principios aparentemente irrenunciables y la capacidad de escucha, intercambio y negociación, y si saben encontrar los apoyos necesarios. Evidentemente, no es lo mismo interlocutar con una guerrilla histórica que tenga más o menos reconocido un estatus político que hacerlo con un grupo terrorista local, el terrorismo global agrupado en torno a Al Qaeda,una milicia urbana, un grupo de secuestradores, un clan armado, un grupo armado mesiánico, un grupo paramilitar o una mafia. Unos buscan reconocimiento político, otros el poder político, económico o militar, el reconocimiento de derechos, la simple supervivencia o el mantenimiento de su capacidad de rapiñar o destruir. Pero cuando la muerte y la violencia están de por medio, el tema central no es la pureza de sus intenciones, la virtud de su discurso, ni tan sólo el apoyo social que puedan recibir esos grupos, sino la estrategia más inteligente que permita poner fin a dicha violencia, cuando ello sea posible. La actitud de “no hablaré jamás con mis enemigos” es legítima y comprensible, especialmente cuando parte de las víctimas, pero ello no resuelve el problema. La guerra, el conflicto armado y el terror casi siempre se superan cuando surgen personas del ámbito político y social dispuestas a ponerse las botas que permiten pisar fango y mierda, tragar saliva y muchos sapos, hablar con el enemigo o adversario, y llegar así a concertar los caminos que pueden llevar a un cese de hostilidades, un intercambio humanitario, un proceso de negociación, la autodisolución de un grupo u otros aspectos del amplio espectro de posibilidades que ofrece cada proceso de paz, pues cada uno tiene su toque específico, sus objetivos y posibilidades. Así lo están intentando en muchos lugares del planeta. La dificultad de combatir a Al Qaeda no debería ser al precio de desperdiciar otras oportunidades como las que he mencionado.