Hablemos del vicepresidente

En las recientes elecciones norteamericanas se ha concentrado el foco de atención -y con razón- en las personas de Donald R. Trump, próximo presidente de EEUU y de Hillary Clinton, la candidata perdedora. Sin embargo, ambos iban acompañados en el ticket electoral por los respectivos candidatos a vicepresidente, figura que merece que le prestemos alguna reflexión.

El vicepresidente de los Estados Unidos desempeña un papel sin importancia en tanto que el presidente ejerza sus funciones, esto es, la Constitución americana señala en su artículo II que únicamente “en caso de que el Presidente sea separado de su puesto, de que muera, renuncie o sea incapacitado para dar cumplimiento a los poderes y deberes del referido cargo, este pasará al Vicepresidente…” De no ser así, el vicepresidente no tiene más función reconocida constitucionalmente que la de ser presidente del Senado, votando únicamente en caso de empate. Es más, como no suele ir con frecuencia a las sesiones parlamentarias por motivos diferentes, se nombra, entre los senadores elegidos, a un presidente pro tempore, que es el que realmente dirige los debates en la Cámara Alta.

Pero, en cualquier caso, la importancia que posee su función potencial de poder convertirse en presidente, es lo que obliga a que se exijan las mismas condiciones a los candidatos a este cargo que las que se requieren para la Presidencia. Sin embargo, el hecho es que tradicionalmente se escogen para este cargo a personas de importancia secundaria, que no atraen gran interés en el momento de su nombramiento. Este puesto se convirtió así en una auténtica plaza de garaje reservada a los políticos cansados, poco ambiciosos o, por el contrario, atosigantes. Hasta tal punto es así que se pueden espigar algunas frases definitorias, pronunciadas por diversas personalidades, que dan idea del valor que se le concede a este oficio. John N. Garner, vicepresidente con Franklin D. Rooselvelt en su primer mandato, decía que “el vicepresidente se encuentra en una tierra de nadie entre el ejecutivo y el legislativo” o, aún más, que “la vicepresidencia no tiene más valor que una escupidera”. John Adams, el primer vicepresidente de la historia, manifestaba en una carta dirigida a su esposa, que ejercía “el más insignificante oficio jamás concebido por una mente humana”. Thomas R. Marshall, vicepresidente con Woodrow Wilson, solía contar la siguiente historia: “Hubo una vez dos hermanos. Uno se perdió en el mar y el otro fue elegido vicepresidente. De ninguno de los dos se oyó hablar nunca más”. Theodore Rooselvelt, vicepresidente con William Mckinley, opinaba que “prefería ser, por ejemplo, profesor de Historia mejor que vicepresidente”, aunque después se convertiría en un magnífico presidente a causa de tener que reemplazar al asesinado presidente Mckinley. Por su parte, Will Rogers, un personaje muy popular como actor y humorista, decía que “el hombre con el mejor trabajo en el país es el vicepresidente. Todo lo que tiene que hacer es levantarse cada mañana y preguntar «¿cómo está el presidente?”. Y para no agotar el repertorio, una perla más, en este caso de Harry S. Truman, quien pensaba que “un vicepresidente es tan inútil como una quinta tetilla en una vaca”.

Pero, como los designios de la historia son inescrutables, el caso precisamente de Truman, vicepresidente con Franklin D. Rooselvelt en su cuarto mandato inacabado por fallecimiento, nos demuestran que escoger a un vicepresidente no debería ser una cuestión baladí. En efecto, Truman pasó de ser un cero a la izquierda a convertirse en el hombre más poderoso de la tierra, tomando decisiones que cambiaron la historia del mundo, aunque algunas buenas como la creación de la ONU, el Plan Marshall o la Alianza Atlántica y otras abominables como el lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, cuyos efectos desastrosos todavía colean. De este modo, cabe señalar que de los 48 vicepresidentes que han existido hasta hoy, nueve se convirtieron automáticamente en presidentes, es decir, cuatro supliendo al presidente titular a causa de su asesinato (Abraham Lincoln, James A. Garfield, William McKinley y John F. Kennedy), cuatro le sustituyeron en razón de muerte por enfermedad en el cargo (William H. Harrison, Zachary Taylor, Warren G. Harding y Franklin D. Rooselvelt), y uno dejó el cargo por dimisión a causa del famoso Watergate (Richard Nixon). En este caso concreto, se produjo una situación insólita en la historia constitucional de los Estados Unidos, que yo presencié personalmente al residir como visiting scholar en la Universidad de Michigan. En efecto, durante el periodo en que residí en Ann Arbor pude contemplar cómo en el corto espacio de unos meses un congresista bastante gris -Gerald Ford- se convirtió primero en vicepresidente y poco tiempo después en presidente de los Estados Unidos, con un vicepresidente -Nelson Rockefeller- nombrado por él. Dicho de otro modo, en esos momentos Estados Unidos poseía un presidente y un vicepresidente que no habían sido elegidos por los ciudadanos. Ford se convirtió en vicepresidente a causa de que el escogido por Nixon, Spiro Agnew, dimitió como consecuencia de un escándalo en el que se vio envuelto por no pagar los impuestos debidos. De este modo, se aplicó exactamente lo que dice la enmienda XXV de la Constitución americana, ratificada en 1967, en sus apartados 1 y 2: “1. En caso de destitución, muerte o dimisión del Presidente, el vicepresidente se convertirá en Presidente. 2. En caso de estar vacante la vicepresidencia, el Presidente nombrará un vicepresidente que entrará en funciones después de que sea confirmado por mayoría en ambas Cámaras del Congreso”. Por consiguiente, Gerald Ford primero sustituyó al vicepresidente Agnew y después al presidente Nixon, al mismo tiempo que el apartado 2 de la Enmienda citada también se aplicó a Rockefeller.

Sea como fuere, cada vez está más extendida la idea de que el vicepresidente de los Estados Unidos no puede ser un cualquiera. El ejemplo de lo que sucedió con Truman, el cual no tenía una formación universitaria, ha abierto los ojos a los ciudadanos americanos sobre la importancia que puede llegar a adquirir el número dos del Ejecutivo. Algo de esto se había demostrado ya en la época en que el presidente Eisenhower, con una salud muy delicada, tuvo que dejar prácticamente la política exterior en manos de su vicepresidente Richard Nixon. No se puede olvidar, por consiguiente, que en las elecciones presidenciales de 1968 los dos contrincantes eran dos exvicepresidentes experimentados, Richard Nixon por el partido republicano y Hubert Humphrey por el demócrata. También es de señalar que, curiosamente, dejando de lado el fracaso de Hilary Clinton en estas elecciones en las que deseaba ser la primera mujer en llegar a la Presidencia, no ha habido más que un intento, también fallido, de una mujer que se presentase al cargo de vicepresidente: me refiero al ticket electoral formado por John S. McCain y Sarah Palin, que fueron derrotados por Obama y Biden. Es más: en 2000 se estrenó una película, The contender, en la que se exponían las dificultades de una senadora para ser nombrada vicepresidenta, al fallecer el titular del cargo. Pero, dicho esto, es indudable que lo que establece la Constitución es que el presidente conserva siempre en todo la decisión final y que no tiene obligación de compartir con nadie su responsabilidad, esto es, mientras esté en el cargo, su vicepresidente permanecerá en la sombra, salvo que ocurra algún desastre. Algo que no hay que excluir en las presentes circunstancias, cuando asistimos al espectáculo de un presidente un tanto excéntrico que no cuenta con el apoyo general del partido republicano y que no tiene apenas experiencia política. En este sentido, Donald Trump escogió para el cargo de vicepresidente a Mike Pence, el cual se define a sí mismo como “cristiano, conservador y republicano, por ese orden”. Lo ha demostrado en exceso en los 12 años en que fue congresista en Washington y en los últimos cuatro que ejerció como gobernador de Indiana. Nadie pone en duda su rancia ideología de conservadurismo integral que ilustra con un historial que verdaderamente mete miedo por su intolerancia. Pero ello no quita que en el partido republicano le consideren un político disciplinado que seguiría las directrices que se le ordenasen. De ahí que agudamente Manuel Hidalgo le haya descrito en estas páginas como “el ultrarreligioso Mike Pence, con su noble rostro de hombre de pocas luces”. Es lo mismo: muchos cuentan ya con él en caso de que falleciese Trump, de que renunciase o de que se le destituyera mediante el impeachment, después de alguna locura, pues ya hay precedentes, aunque no llegaron a prosperar, como los casos de Andrew Jackson, que por un voto se salvó; de Bill Clinton, que finalmente fue absuelto; y de Richard Nixon, que dimitió antes de que le echaran. Pero la solución Tempe es tan azarosa y tan repleta de peligros, que casi vale más que el impetuoso Trump llegue a adquirir algunos gramos de sensatez que le puedan hacer mínimamente soportable, porque, en definitiva, sería dramático que en este caso, como en tantos otros, fuese peor el remedio que la enfermedad.

Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *