Habrá que gobernar

La complejidad es una de las constantes sociales de los sistemas que aspiran a ser libres. Ante los presagios de fragmentación política que muestran las encuestas cabría deducir que estamos a las puertas de la ingobernabilidad para resolver las cuestiones que preocupan a la gente común. Las urnas hablarán varias veces este año y ofrecerán posibilidades de formar gobiernos municipales, autonómicos y central, ya sea a través de pactos de legislatura, alianzas o acuerdos implícitos.

Lo que no debería ocurrir es que la baja calidad de la retórica pública de los políticos democráticos se traduzca en actitudes inútiles o infantiles que no lleven a ninguna parte. La situación de interinidad política en Andalucía, la autonomía con más paro de España, la más poblada y la más extensa, puede prolongarse semanas o meses hasta que Susana Díaz consiga ser investida o decida convocar de nuevos a las urnas. Provoca cansancio.

Son experiencias conocidas en países como Holanda, Bélgica e Italia que han vivido meses y meses sin gobierno o con gobiernos que podían caer por el capricho de un grupo o la incapacidad del primer ministro para mantener el equilibrio entre fuerzas dispares. Al final, han encontrado fórmulas o simulacros para que las instituciones funcionaran hasta la próxima convocatoria electoral. De Gaulle decía que los gobiernos pasan pero las instituciones deben perdurar y servir a las gentes.

La democracia anglosajona, y muy especialmente la norteamericana, es un pacto social, mientras que en la Europa continental se convierte a veces en una fuerza que pretende cambiarlo súbitamente todo. La democracia, en la versión británica o americana, no es una forma particular de sociedad y mucho menos una ideología. Es un mecanismo para designar o echar gobiernos a través de las decisiones mayoritarias de los electores.

Es un mecanismo, por supuesto, que está sujeto a constantes alteraciones y rediseños. En definitiva, es un método para tomar decisiones políticas que reconcilien los intereses en conflicto sin llegar al uso de la violencia.

Las mayorías confortables están a la baja. David Cameron ha conseguido ganar y podrá formar gobierno sin pedir apoyos a nadie. Pero las rebeliones en su propio partido han empezado a apuntarse sobre el referéndum europeo y sobre cómo gestionar la inmensa mancha amarilla de los nacionalistas escoceses, que se han llevado 56 de los 59 diputados al norte de la muralla de Adriano. Una mayoría absoluta no equivale al poder absoluto. Thatcher y Blair lo comprobaron amargamente. Los dos fueron descabalgados por su propio partido. Cameron va a experimentar también la complejidad de gobernar con una mayoría sólida.

Por muy controvertida que sea la propaganda y la demagogia de la campaña, el día 25 de mayo habrá que atar cabos, sumar y restar, formar mayorías, con planteamientos de máximos o de mínimos, y ofrecer respuestas a los intereses contrapuestos de los ciudadanos. Aunque sea pedir la Luna hay que garantizar la gobernabilidad más o menos estable en el mandato que otorgan unas elecciones.

En el caso de Barcelona, por ejemplo, se dibuja un panorama en el que nadie podrá imponer el programa de su partido. Harán falta dos o más formaciones para formar gobierno. ¿Será de izquierdas o de derechas? Pienso que habrá de todo un poco teniendo en cuenta, además, que la sal del soberanismo no se aplica en iguales dosis en los diversos platos del panorama político catalán.

Lo mismo podría decirse de muchos otros grandes municipios y autonomías españolas. El principal polo de las lealtades ciudadanas se ha desintegrado en un sinfín de posibilidades. Al socializarse la información se ha creado una opinión pública activa, reivindicativa, diferenciada y plural que ya no acepta discursos fabricados en despachos de partidos o en gabinetes de comunicación.

Nos encontramos ante nuevos paradigmas. Por una parte es imprescindible la proximidad del político con su electorado, antes, durante y después de los comicios, y, por otra, la dimensión globalizada de la política. Decía el sociólogo alemán Ulrich Beck, fallecido el primer día de este año, que la democracia está atrapada en una contradicción porque permite votar y elegir gobiernos en un sistema nacional que cada vez pierde más poder en el nivel transnacional. La política es nacional y está nacionalmente organizada, pero los problemas no son nacionales. A mi juicio, decía, ese es el mayor problema político en estos momentos: cómo reinventar el sistema político global.

Pretendemos tener un estricto sistema de control local y nacional y se nos escapan las grandes decisiones que se toman en lugares y por personas que no tienen que dar explicaciones políticas o fiscales a nadie. Actúan por libre.

Lluís Foix

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