¿Hace falta vacunar a nuestros hijos?

La pregunta quizá parecerá innecesaria a mucha gente, pero sorprendentemente no lo es. Mientras se hacen esfuerzos para que las vacunas más importantes lleguen a todos y se trabaja para encontrar otras nuevas frente a enfermedades importantes, en algunos lugares el número de vacunaciones baja. Esto ocurre en dos circunstancias: países con conflictos armados y países desarrollados donde hay gente acomodada que decide de forma individual que no es necesario vacunar. Los efectos de estas decisiones no tardan en sentirse.

El sarampión parecía una enfermedad del pasado, pero este año ha habido un brote en Estados Unidos. Una cincuentena de jóvenes que habían visitado Disneylandia en Florida han desarrollado la enfermedad y las autoridades han tenido que tomar medidas de cuarentena para evitar que se extienda. No hace mucho pasó algo parecido en Suiza; la mayoría de los infectados no habían sido vacunados. En el otro extremo, en Siria, está volviendo la poliomielitis. En este caso no hay campañas sino una guerra que está deshaciendo la estructura social del país y con ella su estructura sanitaria. La gente joven no se vacuna y la polio vuelve.

Que esto ocurra es chocante, dado el éxito demostrado de la aplicación sistemática de las vacunas. La viruela, una enfermedad infecciosa que había causado históricamente millones de muertos, ha sido declarada erradicada del mundo gracias a una vacuna eficaz administrada a toda la población. Enfermedades como la difteria o el tétanos han sido controladas gracias a buenas vacunas. Y si se viaja a algunos países se recomienda la vacuna de la fiebre amarilla. Debido a todo esto, en muchos países la vacunación está extendida y a menudo es obligatoria.

En otros casos las vacunas se aplican de forma menos masiva. Por ejemplo, la que se produce contra la gripe tiene una eficacia relativa porque el virus cambia de forma constante y hay que rehacerla año tras año. La gripe es sobre todo peligrosa para ciertos grupos de riesgo, y son a estos a los que se recomienda la vacunación anual. Una de las últimas vacunas aprobadas está dirigida contra el virus del papiloma. Es un virus que produce verrugas en los órganos sexuales y cáncer de cuello de matriz en las mujeres. Su eficacia es también parcial, y a pesar de que reduce el número de este tipo de tumores, se discute si su aplicación masiva compensa el gasto.

El coste económico es uno de los argumentos que han sido puestos sobre la mesa por aquellos que se oponen a la implantación generalizada de las vacunas o de algunas de ellas, pero se han propuesto otros. Uno de ellos es el riesgo al que se podría exponer a quienes se vacunan. Hace unos años se publicó un artículo en el que se relacionaba la vacunación con el autismo. El artículo se retiró después de que se demostrara que las conclusiones eran incorrectas, pero se sigue utilizando por algunos grupos de opositores. En algunos casos se producen molestias después de la vacunación y podría haber casos de alergias, pero en cualquier actuación de salud pública hay que hacer un balance entre beneficios y riesgos, y este parece muy positivo en su conjunto.

También hay gente que defiende que las vacunas benefician sobre todo a las grandes compañías que las producen. Ha habido, ciertamente, un proceso de concentración en las empresas del sector de la salud, y es posible que debamos controlar algunas de las actividades de estas compañías, vigilar cómo se aprueban los medicamentos y cómo se deciden los precios, pero sus productos son esenciales para nuestra salud. Además, las regulaciones que hemos impuesto para asegurarnos de la seguridad y eficacia de los medicamentos imponen unos costes que solo pueden hacer unas pocas compañías, y nos interesa que alguien haga estas inversiones.

La situación en la que nos encontramos da lugar a un conjunto de paradojas. Tenemos una herramienta de prevención de enfermedades infecciosas, las vacunas, que, junto con la higiene y los antibióticos, ha hecho disminuir de una forma espectacular el número de gente que sufre, y muere, de enfermedades infecciosas. Muchos pensamos que deberíamos trabajar para tener algún día una vacuna contra la malaria, el ébola o el sida. Pero en algunos entornos se propone que cada uno debe poder decidir si vacuna o no a sus hijos. Se puede pensar que eso forma parte de la libertad de los individuos, pero por un lado se está exponiendo a gente joven a un riesgo, y por otro lado se plantea un problema de salud pública. Por debajo de una cierta proporción de vacunados el peligro de una epidemia aumenta, y es lo que estamos viendo en estos momentos. Por todas estas razones, nada justifica crear un estado de opinión que tarde o temprano acaba teniendo consecuencias para la salud de nuestra gente. La vacunación es una de nuestras herramientas más eficaces para mantener un buen estado de salud pública, y de forma reflexiva hay que seguir aplicándola.

Pere Puigdomènech, investigador.

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