Hace un siglo, la gripe española

Se calcula que el número de víctimas de la Primera Guerra Mundial, que finalizó en 1918, fue de diez millones de personas; el mismo año, murieron el doble durante una epidemia de gripe que resultó ser más mundial todavía que el conflicto. Países neutrales como España resultaron más gravemente afectados que algunas de las naciones que participaron en la guerra. En un mapa del mundo elaborado por epidemiólogos, descubrimos focos de gripe tan diversos como Odesa en Rusia, Mashed en Persia, Bristol Bay en Alaska, Río de Janeiro (Brasil) y Zamora, a orillas del Duero. Zamora fue una de las ciudades del mundo en la que más mortífera fue la enfermedad: mató al 3 por ciento de la población. La epidemia fue mundial y casi simultánea, en dos oleadas, en primavera y en otoño de 1918. Desde entonces, los historiadores y los médicos no han dejado de reflexionar sobre este mal y sobre su origen: de dónde salió el virus, quién fue el primer enfermo, y quién contagió, poco a poco, por tierra y por mar, al planeta. ¿Fue español?

El nombre de «gripe española» surgió el 29 de junio de 1918, cuando el inspector general de Sanidad, Martín Salazar, anunció ante la Real Academia de Medicina que dos terceras partes de la población de la capital estaban enfermas de una gripe desconocida en otros lugares. Ignoraba que la epidemia causaba estragos desde primavera en el cuerpo expedicionario estadounidense en Francia, así como en el Ejército británico y en el francés. ¿Por qué no lo sabía? La prensa de los países europeos que participaban en la guerra se censuraba severamente, y no podía hacerse mención alguna de reveses militares o epidemias que afectaran a la moral de las tropas. Mientras, en la España neutral, la prensa no ocultaba nada y, al ser libre, informaba con todo lujo de detalles de los estragos que causaba la enfermedad, lo que acabó por convencer a los españoles de que el mal era local. Los gobiernos vecinos aprovecharon esta oportunidad para explicar que la enfermedad venía de otro lugar. En los casos de epidemias, es una constante histórica atribuirles un origen extranjero, al menos desde las grandes pestes de la Edad Media. Pero en España muchos se quejan de este nombre de gripe española, y ven en ello una especie de complot contra España, comparable al de la Leyenda Negra que, en el siglo XVI, exageraba los crímenes de los conquistadores.

En este cuadro de la epidemia, Zamora fue un enigma durante mucho tiempo, hoy en día resuelto si creemos una investigación muy reciente de la periodista estadounidense Laura Spinney. Los habitantes de Zamora fueron supuestamente víctimas de su fe y de su obispo, Antonio Álvaro y Ballano. Este obispo de 38 años, convencido de que la gripe era un castigo divino, multiplicó las misas y las procesiones, contribuyendo así a propagar la enfermedad. En aquella época, aunque se desconocía el virus de la gripe, y el modo preciso en que se transmitía, sí se conocía el fenómeno del contagio y las autoridades médicas sabían que había que evitar las concentraciones. La prensa local, «El Heraldo de Zamora», y nacional, «El Liberal», explicaban sin cesar los mecanismos de contagio y reclamaban medidas sanitarias enérgicas; pero como esta prensa era más bien anticlerical, reafirmó a las autoridades eclesiásticas en su interpretación divina de la epidemia. Cuando esta terminó por sí sola, el obispo de Zamora se congratuló por la eficacia de sus misas. Este obispo no fue un caso aislado, ya que en todo el mundo, cuando acabó la epidemia, en vez de producirse un auge de la medicina científica, sucedió lo contrario: la opinión pública sacó la conclusión de que la medicina científica no servía de nada frente a las epidemias y que era mejor recurrir a las medicinas alternativas, como la homeopatía, que empezó a desarrollarse en aquel entonces. Hubo que esperar una generación para que los antibióticos y las vacunas se generalizasen.

No existe una respuesta absoluta a la pregunta básica de quién fue el primer enfermo, pero lo más probable es que esta gripe procediera de EE.UU. y que fuera transportada por soldados estadounidenses; en cualquier caso, es seguro que la gripe no fue española, aunque siempre se llamará así en los libros de historia. Hoy en día conocemos bien el recorrido del contagio: por barco, de puerto en puerto, a través de navegantes portadores del virus. Las poblaciones más gravemente afectadas fueron las que, como en Suráfrica, nunca se habían enfrentado a este virus.

Un siglo después, ¿deberíamos estar tranquilos en cuanto a nuestra capacidad de resistir a una epidemia vírica? No es seguro, porque bastan solo unas horas para que una persona afectada dé la vuelta al mundo. En 2003, el virus del SRAS, que causa neumonías graves, apareció de manera casi instantánea en Hong Kong y en Canadá. Se incubó probablemente en el sur de China, pero las autoridades locales no lo habían detectado o censuraron la información. Y nos acordamos también del ébola en 2015, menos contagioso, y por supuesto, del sida. Lo más peligroso para la salud mundial siguen siendo los virus del tipo gripe, porque se propagan muy rápido.

Por tanto, si recordamos que la gripe «española» causó más víctimas que las dos guerras mundiales juntas (probablemente sesenta millones de muertos frente a cuarenta), debemos temer un virus mutante en la era de la globalización instantánea. Sería más destructivo que Corea del Norte o el cambio climático, pero ¿quién se prepara para esto?

Guy Sorman

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