Hacen falta dos para bailar un tango

La ironía de la Historia hace que fuera José María Aznar el que en 2003 obtuviera a duras penas de George W. Bush, y luego de Horst Kohler, el entonces director Ejecutivo de FMI y más tarde presidente de Alemania, el asentimiento para articular los préstamos correspondientes que la Argentina de Kirchner (todavía él), sumida en el marasmo económico, urgentemente necesitaba. Fueron los mismos momentos en que el propio Aznar desbloqueó en la Casa Blanca el acuerdo de libre comercio entre Chile y los Estados Unidos, almacenado en el refrigerador después de lo que los americanos consideraban conducta poco amistosa de Ricardo Lagos, el presidente chileno, con Washington al comienzo de la guerra de Irak. Chile, como se recordará, era en aquellos momentos miembro no permanente del Consejo de Seguridad y tomó ardorosamente partido con los opuestos a la acción bélica.

Aznar no tenía especiales buenas relaciones ni con Kirchner ni con Lagos, pero consideró su obligación política y si se quiere patriótica, en función de los intereses superiores de España y de su presencia exterior, el ayudar a repúblicas hispanoamericanas en dificultades. Algunos entonces recordaron que en el fondo aquello traía a la memoria la ayuda que el general Perón prestó a la hambrienta España del general Franco con los envíos de cereales que nuestro país tan urgentemente necesitaba en los momentos críticos del aislamiento, al comienzo de los años cuarenta del pasado siglo. Lo cierto es que Aznar nunca dio publicidad a esas exitosas y amistosas gestiones, quizá porque entendiera que de su conocimiento público solo cabía esperar incomodidad para los beneficiarios.

Nadie esperaría que Kirchner (ella) condujera las relaciones de su país con respecto a España en tonos sentimentales de agradecimiento o consideración. Al fin y al cabo, esto de las relaciones internacionales, por mucho que se conduzcan en la misma lengua, siempre tiene lugar entre lo que De Gaulle llamaba «monstruos fríos», y la presidenta argentina debe de haber llegado a la conclusión de que en el interés nacional de su país está el declarar una guerra económica e inevitablemente política y diplomática contra España a costa de la nacionalización de YPF, la compañía petrolera adquirida por la multinacional española Repsol. Acuciada seguramente por la mala situación económica y social por la que atraviesa su país, la viuda presidencial ha emprendido una huida hacia delante que, como en tantas otras y parecidas ocasiones, pretende cabalgar en el tigre del nacionalismo con la finalidad de hacer olvidar necesidades próximas y perentorias. Ahí están las Malvinas. Ahí está Repsol YPF. Lo primero que cabe constatar es que la señora presidenta está haciendo un muy flaco favor a España, a los españoles y a sus intereses. Peronista ella, está haciendo justamente lo contrario de lo que el fundador del movimiento en buen momento hiciera: ayudar a los españoles. Que lo hiciera por razones de sintonía ideológica es, a estas alturas de la película, lo de menos. Quién sabe si incluso Kirchner no está utilizando la manifiesta dificultad en la que se mueven actualmente la política y la economía española para realizar su artero y mal venido movimiento. Qué duda cabe: la Kirchner nos debe al menos una.

Y mala papeleta tiene el Gobierno español encima de su abultada mesa. Hará bien, y hace bien, en sumar apoyos internacionales para recortar los alcances de la decisión argentina, que desde luego tiene pocos réditos en el plazo inmediato y muy negativos en el medio y en el largo: la nacionalización de YPF es pura y simplemente un apoderamiento ilícito —otros, más aguerridos, lo calificarían de latrocinio—, y el crédito internacional de la nación que lo practica tiene los días y los números contados. Y hará bien el Gobierno español en señalar, como lo ha hecho el ministro Soria, que la historia «traerá consecuencias», y en buscar inmediatamente las mismas. Sin por ello dar demasiados cuartos al pregonero —como apunta la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, «las medidas no se anuncian, se adoptan»—. No estamos inermes. Desde lo político a lo económico, a lo diplomático o a lo cultural, esta barrabasada, desgraciadamente ya consumada, no puede quedar impune.

Pero no debíamos engañarnos: la nacionalización estaba a la vuelta de la esquina y poco se podía hacer para detenerla. La capacidad propia o ajena para impedirlo era muy limitada. Sobre todo después de que la presidenta Kirchner volviera de Cartagena de Indias con las manos vacías en el tema de las Malvinas. Los fracasos nacionalistas siempre se intentan tapar con nuevos embates del mismo signo. Repsol, que seguramente lo sabe mejor que nadie, tendrá que reevaluar su presencia en Argentina en función de las nuevas circunstancias. Como posible y probable es que España tenga que hacer lo propio con esta incómoda, maleducada, imprevisible y faltona Argentina que el matrimonio Kirchner ha configurado a su imagen y semejanza. El Gobierno español tiene ante sí una complicada tarea, para la que seguramente no le faltará el apoyo de la inmensa mayoría de los españoles, a la vez deseosos de que el acierto y la determinación guíen sus decisiones.
La primera de las cuales debería consistir en no caer en la borrachera nacionalista de la que se hace gala en la Casa Rosada. Es esta una pelea, porque pelea es, que debe ser batallada con cautela, cabeza fría, determinación y sentido de la jugada. El cruce de epítetos a través del Atlántico no conduce a nada. En segundo lugar, debe ser peleada con uñas y dientes en todos los foros multilaterales y bilaterales a nuestro alcance, y si se terciara en los foros jurídicos internacionales, nunca abandonando la presa. Argentina está entrando en una vorágine de irresponsabilidad internacional y debe saber que eso tiene su precio. La tercera es que en el fragor de la batalla no olvidemos lo que asimismo debe importarnos: la continuación de las relaciones amistosas con la Argentina de la comunidad hispanoamericana, que sobrevivirán, aunque ahora parezca imposible, a la saña destructora de la dinastía Kirchner. Y por último, una relativa discreción, la imprescindible para dejar noticia clara de lo que se hace y de lo que se consigue o deja de conseguir. Una cierta impasibilidad siempre viene bien cuando de lo que se trata es de tenérselas con quien cree que puede alegremente ignorar las reglas del juego. O del baile: este no es el tango que solíamos admirar a los danzantes de bello rincón bonaerense de la Boca, sino más bien una tangana barriobajera y triste.

Y que Dios reparta suerte, porque la vamos a necesitar.

Javier Rupérez, embajador de España.

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