Hacer frente a la irracionalidad

Captar bien el propio estado de ánimo no suele ser fácil, no digamos nada si uno pretende hacer eso con un conjunto humano más amplio. De antemano me disculpo por la osadía. El caso es que creo percibir mucha gente perpleja, confusa, desesperanzada…, con un sentimiento difuso de que la irracionalidad va inexorablemente tomando posiciones, en una mar bravía y sin adecuados timoneles. Ojalá me equivoque, pero hay señales de cierta angustia existencial ante los conflictos que no sabemos resolver por nuestras limitaciones y/o nuestras culpas. El caos europeo ante la inmigración o el esperpento de un arzobispo pidiendo la dimisión del Papa pertenecen a ese tipo de situaciones que desarman a cualquiera.

Parte de esos conflictos son coyunturales, pero otros expresan el fondo agonístico de la prueba humana que ya la tragedia clásica ponía en escena, como dijo Steiner refiriéndose a la Antígona de Sófocles. Todo un clásico rebosante de actualidad, al recrudecerse el enfrentamiento entre el hombre y la mujer, la sociedad y el individuo, las leyes de la ciudad y las naturales o divinas… Tragedias no nos faltan, desde luego, y sensación de que entramos con ellas en bucles interminables, tampoco.

Hacer frente a la irracionalidadEn esa categoría incluyo la crisis de los refugiados/inmigrantes llegando a las costas del Mediterráneo; el yihadismo que manipula las creencias generando odio y terror; los casos de abusos a menores que afectan y avergüenzan a la Iglesia, pero no son patrimonio exclusivo de ella; la fractura social que está causando el nacionalismo independentista en Cataluña, al que le irá mejor cuanto peor se pongan las cosas; la violencia de género que habla de uso aberrante del poder y de frustración; la desigualdad creciente en la aldea global que priva de los mínimos decentes a millones de seres humanos, o el deterioro medioambiental de nuestra casa común. Nos deprimen cuando parecen convertirse en problemas sin solución, cuando ante ellos nos sentimos moral y políticamente impotentes o perdemos el horizonte positivo de progreso. Junto a las tragedias hay todo un mundo que no para de avanzar tecnológicamente, como si los sufrimientos no fueran con él, a menudo despreciando olímpicamente los fines humanos. Pero también muchas mujeres y hombres que no pierden la esperanza y luchan en el día a día para hacer un mundo mejor.

Conviene recordar que la potencia de lo trágico no aspira a desembocar en la racionalidad ética, sino a convocar y desatar los poderes míticos adversos que multiplican conflictos, revuelven emociones y generan pasiones exacerbadas a golpe de espectáculo. La catarsis trágica abre el camino a la purga sentimental, pero no a la razón; y los héroes manifiestan una desconcertante estrechez de miras y una incapacidad irritante para el discernimiento de lo complejo. A Antígona sólo parecía importarle el vínculo familiar; a Creonte únicamente el bien de la ciudad, y muy sesgada (como es la obcecación de los líderes independentistas que nos han tocado en «suerte»). Tal vez por eso la vis trágica les va tan bien a los aprovechados de nuestro tiempo; esos que prefieren impedir las salidas del logos que crea dia-logos y, por tanto, comunicación y comunión, para ofrecerse después como salvadores, al estilo de sofistas hábiles en el arte de manipular los sentimientos de tanta gente desorientada.

Escribió Ricoeur que la tragedia es una de las voces de la no filosofía, y al recordar esto, como universitario con vocación de buscar la verdad, siento la urgencia de contribuir a que el infortunio y la fatalidad del destino no abduzca a nuestras sociedades; de poner las mejores capacidades al servicio del diálogo honesto y la búsqueda de soluciones justas y pacíficas. La Universidad tiene que ayudar a esta Europa medio a la deriva a pensar críticamente y a actuar decentemente, como réplica a sufrir lo terrible sin poder hacer nada. No nos ha creado Dios para ser marionetas del destino, sino personas libres a su imagen y semejanza. Es tiempo de insistir en la filosofía de la «razón cordial» (Cortina) y de la «razón sensible» (Dussel). Del pozo oscuro de la confrontación y la irracionalidad no saldrá sino el agua turbia del totalitarismo. La angustia es caldo de cultivo donde crece la tentación de ir tras esotéricos remedios. Así nos puede volver a suceder, aunque parezca imposible.

Frente a la irracionalidad trágica, la respuesta la da el discernimiento propio de una ética de la razón cordial y sensible al sufrimiento, en el sentido más originario de la ética, es decir, la forja del carácter como una forma continuada de comportarse y de estar en el mundo, de ajustar el quicio vital y el eje sobre el que la vida humana debe girar. Y es que la ética es mucho más que un catálogo de principios que luego se materializan en normas de comportamiento; ha de incorporar en la razón la cordialidad y la sensibilidad, porque las personas necesitamos argumentar, pero también estimar valores, ser amadas y compadecer. De quien mejor aprendemos esta combinación entre inteligencia y amor es del proceder misericordioso de Jesús, al que nos remite continuamente el Papa Francisco, y ya vemos con dolor cómo eso está haciendo que algunos que se benefician de estructuras de poder antievangélico le hayan declarado la «guerra».

La razón cordial y sensible mueve a preferir unas cosas frente a otras y a crear un vínculo imprescindible entre lo que queremos y lo que debemos hacer, un vínculo de reconocimiento recíproco y lealtad entre los seres que somos «fines en sí» y no «meros medios». La razón cordial y sensible brota de la esperanza cristiana que llama a la conversión personal y a la transformación social. Necesitamos conversión del corazón para sentir los valores y también el valor de cada persona concreta, y conversión de las estructuras inicuas para tener bases sociales de autorrespeto y de solicitud hacia los otros, en instituciones justas y con reglas comunes. Esas conversiones no son las de la catarsis de la tragedia.

Frente al dogmatismo de los que detentan la verdad y el relativismo de los que lo cifran todo en preferencias emotivas, está el dia-logos mediante el cual vamos acercándonos a la verdad. De Sócrates, filósofo y no héroe trágico, aprendemos que el diálogo es un entendimiento obtenido a través de un proceso conversacional, y requiere examinar(se), pues la vida sin examen no merece ser vivida. Son así los procesos de discernimiento personal y en común para elegir bien, aplicando la razón cordial y sensible y poniendo coto a la hybris (desmesura) de la tragedia. El discernimiento nos pone en contacto con la fuente de la vida y mantiene en contacto con los sueños de un mundo mejor hacia el que orientar nuestros esfuerzos.

Julio L. Martínez, rector de la Unievrsidad Pontificia de Comillas ICAI-ICADE.

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