Hacer que la globalización funcione para África

Hacer que la globalización funcione para África
Photo by Billy Mutai/SOPA Images/LightRocket via Getty Images

El ataque actual contra la globalización, principalmente de los ciudadanos de la clase trabajadora en las economías avanzadas a quienes les preocupan los salarios estancados y los empleos inseguros, pone de manifiesto hasta qué punto se elogiaron en exceso los beneficios de la integración económica global, y cómo se subestimaron sus costos. Pero los efectos de la globalización en África y sus ciudadanos han recibido mucha menos atención, aunque se calcula que el continente representará más del 40% de la población mundial para fines de este siglo.

Lograr que la globalización sea más inclusiva exigirá políticas que aborden la desigualdad al interior de las economías avanzadas e impulsen la convergencia en los estándares de vida entre África y los países de altos ingresos. Los responsables de las políticas en África, con el respaldo de socios externos, pueden contribuir acelerando la integración regional, achicando las brechas en las aptitudes laborales y la infraestructura digital y creando un mecanismo para poseer y regular los datos digitales de África.

Desde que la primera revolución industrial condujo a un incremento del comercio internacional, África se ha mantenido esencialmente al margen de la economía global. Los principales beneficiarios de la globalización temprana fueron las economías avanzadas de hoy, donde surgieron las tecnologías industriales. Eso, a su vez, derivó en la “gran divergencia” en los niveles de ingresos entre el norte y el sur global.

Más recientemente, el advenimiento de la nueva tecnología de la información y de las comunicaciones en los años 1990 redujo drásticamente los costos de la distancia e introdujo otra ola de globalización, caracterizada por el surgimiento de complejas cadenas globales de valor (CGV). Estas CGV contribuyeron a la “gran convergencia” de las últimas décadas al impulsar la producción industrial en países como China, India, Indonesia, Polonia, Corea del Sur, Taiwán y Singapur, permitiéndoles achicar la brecha con las economías avanzadas.

Sin embargo, los países africanos han quedado excluidos de este proceso. El porcentaje del comercio mundial de mercancías que corresponde al continente se ha estancado en alrededor del 3%, una cifra similar a su participación en la producción industrial global.

Sin duda, la globalización le ha aportado beneficios a África. Los crecientes ingresos en otras partes del mundo han aumentado la demanda de materias primas y recursos naturales africanos, favoreciendo a las economías nacionales. La globalización también ha respaldado la transferencia de conocimiento, permitiéndoles a los países africanos mejorar los estándares de vida al “dar un salto” a nuevas tecnologías.

Pero un sinnúmero de desafíos ha superado con creces esos beneficios. Por un lado, la globalización ha contribuido a una desindustrialización prematura. Como las economías avanzadas ahora pueden producir bienes de manera más económica, a los países africanos les ha resultado difícil desarrollar industrias locales que generen empleos. Es más, algunas corporaciones multinacionales que operan en la región están evadiendo impuestos a través de mecanismos contables sofisticados –y legales- como la transferencia de beneficios, privando a los gobiernos de recursos muy necesarios para el desarrollo económico.

La globalización también está contribuyendo al cambio climático, que tiene un efecto desproporcionado en África a pesar de la escasa incidencia del continente en el problema. Los ciclones Idai y Kenneth, que recientemente devastaron Malawi, Mozambique y Zimbabue, son un ejemplo trágico de lo que va a suceder.

No sorprende, entonces, que la disparidad económica entre África y los países más ricos haya crecido en las últimas décadas –el ratio entre los ingresos africanos y los de las economías avanzadas ha caído del 12% a comienzos de los años 1980 al 8% hoy-. Para revertir esta tendencia y permitir que África se beneficie más con la globalización, los responsables de las políticas en la región deberían acelerar sus esfuerzos en tres áreas.

Primero, los gobiernos deberían promover una mayor integración regional para hacer que África sea económicamente más fuerte y más efectiva a la hora de promover su agenda internacionalmente. El progreso hasta el momento es muy alentador. El Acuerdo de Libre Comercio Continental Africano (AfCFTA por su sigla en inglés) recientemente obtuvo las 22 ratificaciones mínimas necesarias para entrar en vigor, creando así un mercado africano único para bienes y servicios. El AfCFTA, junto con el Mercado Único Africano de Transporte Aéreo y el Protocolo de Libre Movimiento de Personas, ayudará a destrabar el tremendo potencial económico de la región.

Segundo, África debe mejorar su infraestructura digital y sus capacidades relacionadas con la tecnología para evitar seguir quedando marginada. Actualmente, el costo del acceso a Internet en África es el más alto del mundo y la penetración de Internet es de apenas el 37%, significativamente por debajo del promedio mundial del 57%.

Es más, la mano de obra de bajo costo y poco calificada de la que tradicionalmente ha dependido África está dejando de ser una ventaja competitiva, dada la llegada de la Cuarta Revolución Industrial y teniendo en cuenta los estándares más altos de producción y los requerimientos de infraestructura de las CGV. La educación y los programas de formación, por lo tanto, deberían centrarse más en desarrollar conocimiento digital, así como capacidades blandas como el pensamiento crítico y las habilidades cognitivas y socio-actitudinales.

Tercero, África debe crear un sistema para ser dueño de sus datos digitales y regularlos. En la era moderna, el capital ha desplazado a la tierra como el activo más importante y determinante de riqueza. Pero en la economía digital, los datos serán claves –como quedó demostrado por la disputa entre las empresas de tecnología globales como Facebook, Google y Tencent para controlarlos-. Y, como sostiene Kai-Fu Lee en su libro AI Superpowers (Los superpoderes de la IA), la abundancia de datos generados por la gran población de China le está dando al país una ventaja sobre Estados Unidos en el terreno de la inteligencia artificial.

La explosión demográfica de África significa que el continente también generará grandes cantidades de datos, particularmente en la medida que la digitalización haga progresos, las plataformas de comercio electrónico se propaguen, la clase media se expanda y el gasto de los consumidores aumente. Esta nueva riqueza impulsada por los datos beneficiará a aquellos que recopilen, posean y regulen activamente esa información, dejando que los rezagados se vean obligados a ponerse al día.

El potencial de África puede ser inmenso, pero enfrenta retos formidables. En 2030, el continente estará habitado por casi el 90% de la gente más pobre del mundo. A menos que la globalización funcione mejor para África que en el pasado, su promesa de una prosperidad compartida seguirá sin cumplirse.

Brahima Coulibaly, a senior fellow and director of the Africa Growth Initiative at the Brookings Institution, is Chief Economist of the Emerging Market Economies group at the Board of Governors of the US Federal Reserve System.Ngozi Okonjo-Iweala, a former finance minister of Nigeria, is Chair of Gavi, the Vaccine Alliance, and a co-chair of the Global Commission on the Economy and Climate.

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