Hacia el liberalismo social

Por Reyes Mate, filósofo e investigador del CSIC (EL PERIÓDICO, 08/06/08):

El colorido de los líos internos del Partido Popular explica en buena parte el aterrizaje indolente del segundo Gobierno de Zapatero en el quehacer de la cosa pública. El PSOE, partido del Gobierno, parece dispuesto a aprovechar la coyuntura para sacar adelante, en el próximo congreso federal (Madrid, 4-6 de julio), una ponencia marco que está pasando desapercibida. Hay en ella, sin embargo, un deslizamiento hacia el zapaterismo, junto a algunos silencios, que invitan a la reflexión.
De entrada, hace una declaración de principios que resulta chocante. “El ideal de igual libertad”, dice en su número 3, “constituye la esencia del proyecto político del socialismo democrático”. La igual libertad o la igualdad en la libertad es una gran conquista, desde luego, pero del liberalismo. Lo propio del socialismo ha sido la igualdad social. La lucha por el pan (es decir, contra las desigualdades sociales) y por la libertad deben ir juntas, pero son distintas, aunque dentro de un orden. “El hambre (las necesidades materiales)”, decía Bloch, “es la primera lamparilla en la que echar aceite”. ¿Se anuncia ahí un cambio del socialismo liberal al liberalismo social?
Donde la ponencia echa el resto es en el modelo de desarrollo. Invoca la sociedad del conocimiento y de la información para hacer de la investigación científica y técnica la palanca del bienestar futuro. Nada que objetar si no es un pathos unidimensional en la investigación tecnocientífica rentable. Pero ¿qué pasa con la investigación básica o con el fomento de la investigación en áreas que solo producen cultura? Eso forma parte de la calidad de vida y se lo saben muy bien los “países nórdicos” que en el sur de Europa aparecen como modelos a imitar.

ESTAS preguntas no son retóricas. Hay decisiones tomadas, como la incardinación de las universidades en el Ministerio de Ciencia e Innovación o el tratamiento de las Humanidades y Ciencias Sociales del CSIC, que revelan una cierta obsesión por hacer “útil” al conocimiento. Pero la utilidad social de la lengua, de la historia o de la filosofía puede sustanciarse en potencial crítico y no necesariamente en beneficio económico.
El entusiasmo de los redactores de la ponencia por esta deriva es inconmensurable. “El pensamiento progresista”, dicen en el número 228, “se centra en liderar los cambios… Somos progresistas, modernos, innovadores. No nos asusta la evolución de la sociedad”. Pues debía preocuparles a la vista de algunas consecuencias que parecen incontestables: amenaza nuclear, deterioro irreversible del planeta, agotamiento de recursos naturales o crecimiento exponencial de la humanidad. Es verdad que luego reconocen que esos son problemas “importantísimos”, pero no parece que vean la relación entre el modelo progresista que defienden y estas consecuencias, es decir, se echa de menos una reflexión más matizada sobre las ambigüedades del progreso.
El optimismo que rezuma el texto tiene momentos de notable ingenuidad. Por ejemplo, cuando dice, en el número 238, que “el éxito de España conlleva una enorme responsabilidad ética y moral”. ¿Y si no hubiera éxito? La responsabilidad hacia delante, es decir, respecto a las generaciones futuras, nace de la ambigüedad del progreso que lo mismo ampara el descubrimiento de la penicilina que el de la bomba atómica. Si somos capaces de crear productos que amenacen la supervivencia del planeta estamos obligados a controlar cualquier paso que hoy vaya en esa dirección. Y la responsabilidad hacia atrás, hacia las generaciones pasadas, nace de la memoria histórica. Pero de la memoria no se dice una sola palabra.
En cuanto a ausencias, dos son los temas que llaman la atención. En primer lugar, la política territorial. Hay siete números o párrafos dedicados a la convivencia, más bien insulsos. Solo en uno de ellos se habla de “favorecer el autogobierno de nuestras comunidades autónomas en el seno de una España unida y diversa”. De lo que sigue es difícil sacar una línea clara, salvo el deseo de “afrontar la reforma del Senado”. Hay más preocupación en no decir nada que en dar a entender algo.

NI UNA palabra tampoco sobre las víctimas del terrorismo. No es este un tema en el que se sienta cómodo el partido socialista. Es un silencio significativo y no solo por razones morales. Las víctimas por supuesto que convocan sentimientos morales de solidaridad, pero ya se han convertido en una pieza clave para el futuro político del País Vasco. La violencia etarra ha fracturado a la sociedad vasca, de ahí que hablar a partir de ahora de “comunidad vasca” exija hacer frente a los daños o injusticias que ha causado la violencia. En esto el PSE está haciendo un camino que el PSOE no ha iniciado.
En la ponencia no faltan referencias a las grandes preocupaciones de una cultura socialdemócrata: la igualdad de oportunidades, favorecer a los desfavorecidos, la educación o la sanidad. Ni tampoco la conocida sensibilidad de Rodríguez Zapatero por la igualdad en el disfrute de la libertad. Lo que ocurre es que esas preocupaciones puntuales están insertas en un discurso ingenuamente progresista y excesivamente tecnocreyente. Eso es tan sonoro como sus silencios.