Hacia la refundación del vínculo atlántico

Existe un vínculo inquebrantable entre Europa y Estados Unidos fundamentado en la historia y los valores y principios compartidos. Un vínculo que constituye los cimientos del orden internacional, basado en normas y en valores como la libertad, la democracia, el Estado de derecho, las sociedades abiertas y la cooperación, y que durante décadas ha procurado cotas de seguridad, prosperidad y éxito sin precedentes a ambos lados del Atlántico. La realidad europea de hoy, nacida de la derrota de los totalitarismos que destruyeron Europa en el siglo XX, solo se entiende en la construcción política y cultural que representa el ámbito atlántico. La reconstrucción económica, social y política de Europa tras la Segunda Guerra Mundial fue posible al amparo del paraguas de seguridad proporcionado por Estados Unidos, que fue el principal impulsor y valedor del proceso de integración comunitaria tras la segunda posguerra.

Hoy, Estados Unidos y Europa constituyen el mayor espacio democrático, de paz, de libertad y de prosperidad del mundo. Son la columna vertebral de la globalización y los principales impulsores de sus reglas, y mantienen las relaciones económicas más intensas del planeta. A nivel global, su poder económico es incontestable: juntas, ambas regiones representan el 50% del PIB mundial y el 30% del comercio global.

Hacia la refundación del vínculo atlánticoLas relaciones transatlánticas han estado marcadas por el distanciamiento y la desconfianza durante los últimos años, y la alianza económica y geopolítica forjada durante décadas entre Estados Unidos y Europa se ha deteriorado. La Administración Trump renunció a completar el gran tratado económico y comercial de Europa y Estados Unidos (TTIP) e hizo llegar la guerra comercial a la UE. Y, como colofón, la salida de Reino Unido de la Unión Europea supuso la pérdida de un baluarte de valores atlánticos de enorme valor. Por su parte, antes, el carismático Barack Obama tampoco fue un presidente que sintiera ni preocupación ni interés por las relaciones con Europa. Dos presidencias consecutivas en Washington han descuidado las grietas que estaban abiertas en la relación transatlántica. Es hora de actuar. Cada día Estados Unidos y Europa tienen nuevos motivos para rehacer su alianza, unir esfuerzos y fortalecer su amistad. Europa tiene que ser proactiva. Ni podemos seguir lamentándonos del desdén de Trump, ni Europa puede limitarse a comprobar cómo vienen los vientos de la Casa Blanca. Europa debe proponer, liderar y actuar ante una Administración como la del presidente Biden y un gran país como Estados Unidos, que debe recuperar su posición insustituible en la escena internacional. El debilitamiento del vínculo atlántico no se puede disociar de la creciente presión sobre el orden liberal internacional basado en reglas multilaterales, ni es ajena a los cambios en los equilibrios geopolíticos globales.

La llegada de Joe Biden a la Casa Blanca ofrece una oportunidad para dar un nuevo y renovado impulso al vínculo atlántico, y fortalecer los lazos que durante tanto tiempo nos han unido y nos siguen uniendo. Es el momento de establecer un nuevo diálogo estratégico sólido que dote a las relaciones atlánticas de nuevos propósitos y objetivos comunes.

Estados Unidos y la Unión Europea tienen la responsabilidad de conformar una nueva agenda común, fundamentada en valores y principios comunes, y en intereses compartidos. Una agenda en la que elementos como la tecnología y el hecho digital deben ser parte indispensable. La digitalización es una de las grandes contingencias del siglo XXI y la mayor revolución tecnológica de la historia de la humanidad. Se trata de un proceso de cambio acelerado y sin precedentes que está imprimiendo profundas transformaciones en todas las esferas de nuestra vida social y económica. La forma en que nos comunicamos y nos relacionamos, el modo en que trabajamos y disfrutamos de nuestro tiempo ocioso están transformándose a marchas aceleradas, como también lo están haciendo los modelos de negocio y los equilibrios de mercado tradicionales. La crisis pandémica que nos afecta desde hace más de un año está acelerando aún más este proceso de cambio.

Cada vez más, el crecimiento y el potencial económico de los países está fuertemente vinculado a su capacidad de uso y aprovechamiento de las tecnologías digitales, y la dinámica real del mundo es que las regiones que controlan la tecnología eliminan a las demás del tablero de juego. Bajo estas condiciones, la competición geopolítica por el desarrollo y el control de la tecnología se ha convertido en una realidad incontestable. El mundo se está configurando en bloques que se disputan el dominio tecnológico mundial como fuente de crecimiento económico y seguridad. A la guerra comercial en la que se enzarzaron China y Estados Unidos en el año 2008 subyace, en realidad, esta pugna por el dominio tecnológico mundial. Las consecuencias estratégicas de esta confrontación entre grandes potencias son de tal magnitud que ningún país del mundo escapa a ellas.

En la rivalidad, hay espacio para la cooperación. Estados Unidos y la Unión Europea se enfrentan a retos comunes en el frente tecnológico que tienen que ver con el desarrollo de las infraestructuras digitales de quinta generación o 5G, con la seguridad y la defensa nacional de los Estados y, sobre todo, con una China que goza de una posición cada vez más dominante en la fabricación y el uso de infraestructuras digitales y tecnologías punta como la Inteligencia Artificial. Ambos lados del Atlántico deben ser capaces de superar sus diferencias en materias clave como la privacidad, la gobernanza de los datos y la fiscalidad de las grandes empresas digitales, y fijar una agenda tecnológica transatlántica que permita instrumentar respuestas conjuntas frente a desafíos comunes. Éstos van más allá de los intereses económicos y se adentran en el terreno de la seguridad nacional y de las prioridades estratégicas: la desinformación, la injerencia en los procesos democráticos y la protección de infraestructuras críticas frente a ciberataques son ámbitos de cooperación urgente y prioritaria.

La Comisión Europea propuso recientemente crear un Consejo de Comercio y Tecnología UE-Estados Unidos, que puede constituir la base de esa agenda común y de una alianza renovada. El mundo no volverá a ser como antes, y, más allá del plano tecnológico, la realidad pospandémica impondrá a Estados Unidos y la Unión Europea el deber y la responsabilidad de velar por la salud mundial, la preservación del entorno medioambiental y un comercio mundial abierto. Todo ello, sobre la base de un nuevo orden multilateral sólido, basado en normas y valores fuertes, y acorde a la realidad del siglo XXI.

Juntos, la Unión Europea y Estados Unidos son más fuertes, más seguros y más prósperos. Y hoy más que nunca tienen la responsabilidad de trabajar para resucitar una alianza atlántica que se constituye en la mejor garantía para la defensa de las sociedades democráticas, libres y abiertas frente a las amenazas autoritarias y desestabilizadoras que llegan de una China cada vez más potente económica y tecnológicamente. Perder de vista la importancia del vínculo atlántico sería un grave error que traería consigo consecuencias de alcance inimaginable.

José María Aznar es ex presidente del Gobierno.

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