Hacia oriente y más allá

En cuatro de sus cinco últimas ediciones, el premio Pritzker -el reconocimiento más prestigioso de la arquitectura- ha ido a parar a manos de arquitectos de Extremo Oriente. En esa lista aparece un representante de China continental, Wang Shu, ganador en 2012 y otros tres equipos que trabajan bajo bandera japonesa y que recibieron la distinción según el siguiente orden: el estudio SANAA laureado en 2010, Toyo Ito en 2013 y en la presente edición, 2014, Shigeru Ban. Como se ve, por segundo año consecutivo, la marca Japón puede presumir de añadir un nuevo Pritzker a su ya larga lista y donde, al sumar los nombres de Kenzo Tange (1987), Fumihiko Maki (1993) y Tadao Ando (1995) ya acumulan un total de seis; todo un récord que sólo Estados Unidos (el país que, por otro lado, organiza y otorga la distinción) supera con ocho premiados.

De nuevo el Pritzker, viene a demostrar el enorme interés que la arquitectura procedente del país del sol naciente despierte a nivel global y, de paso ratificar el más que merecido homenaje que Toyo Ito recibiera el año pasado. No en vano, aquel pequeño ajuste de cuentas -se puede decir que de carácter estrictamente ceremonial- conseguía recomponer el sentido de prerrelación natural consustancial a la arquitectura japonesa: está claro que el equipo formado por Kazuyo Sejima y su marido Ryue Nishizawa al frente de SANAA (los jóvenes discípulos) son acreedores del máximo respeto por la incuestionable calidad de sus propuestas; pero también, conviene precisar que su obra aún no alcanza los logros de ese gran referente de la arquitectura internacional que es Toyo Ito, su mentor y maestro.

En cualquier caso, la elección de Shigeru Ban, no ofrece duda sobre la nueva dirección que la política de autor asume dentro del territorio de la arquitectura. Es hora de superar ya una etapa de arquitectura-espectáculo exclusivamente centrada en un formalismo carente de componente ideológico y únicamente atento a producir elementos icónicos, de nulo valor propositivo pero, eso sí, de incuestionable fotogenia y repercusión mediática.

Lo paradójico es que esa arquitectura de seducción y presupuestos hiperbólicos, que el Pritzker ahora parece más que decidido a despachar mediante la correspondiente partida de defunción, es exactamente la misma que los promotores del galardón han venido patrocinando desde comienzos del milenio. Dice mucho de la vitalidad de la arquitectura que en un espacio de tiempo tan breve, sea capaz de diagnosticar el final de una aventura y de paso sustituir lo que antes era sólido por un ahora fluido (conviene recordar que el espacio como elemento líquido y fluido es una preocupación íntimamente vinculada a la manera en que los autores japoneses desarrollan y jerarquizan sus plantas).

Es probable que en la figura de Shigeru Ban (Tokio, 1957) se quiera reconocer cierto sentido de equidistancia entre el intenso despojamiento conceptual de las arquitecturas de Ito y SANAA y el delirante manierismo que ciertos gurús de la arquitectura occidental venían desarrollando desde los primeros años del siglo (Kolhaas y su incuestionable sentido de la comunicación, laureado en el año 2000; o el lirismo asimétrico de los proyectos de Zaha Hadid, laureada 2004, al que se habría que sumar el deconstructivismo californiano y molón de Thom Mayne, 2005, o el filo cartesiano del primer Nouvel, 2008).

Lo cierto es que Shigeru Ban no encuentra acomodo fácil en ninguno de los bandos. Su arquitectura es la de un activista militante y desinteresado de las modas y que le lleva a plantear que la creatividad también surge entre los fogones; es más, está convencido que es en la cocina y no en las salas nobles donde ahora hay que buscar las soluciones. Obsesionado por reciclar lo existente y trabajar con lo que encuentra a mano (un interés que comparte con Wang Shu) y que expresamente se reconocía en el fallo del jurado: «En su arquitectura, la sostenibilidad no es sólo un concepto sino algo interno a un proceso intelectual que contempla el uso creativo de materias poco convencionales: bambú, textiles, papel, junto a una visión experimental en relación a elementos muy sencillos: tubos de cartón, contenedores metálicos».

Por supuesto, esta visión no da cuenta de toda la realidad que la arquitectura del siglo XXI pretende abarcar; pero sí da una pista sobre la trayectoria de los llamados arquitectos occidentales en lo referente a sus avances en Oriente. Esos que se han quedado exactamente a medio camino, decorando el skyline de ciudades sauditas, emiratos, Qatar o incluso provocando alguna desgraciada intervención en China, mediante una serie de armatostes al servicio del capitalismo más descarnado.

Parece que la meta en Tokio les queda aún lejos. No fue el caso de Wright, que hace noventa años levantó un hotel (imperial) sólo con reconocer los valores tradicionales de la arquitectura nipona, su modulación y sencillez geométrica y la importancia de la relación con el paisaje. Todo lo que, a medio camino, parece caer en el olvido.

José María Fernández Isla es arquitecto y profesor de Proyectos en la Universidad Camilo José Cela.

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