Hacia un nuevo orden mundial de la energía

La Revolución Industrial, iniciada en Inglaterra a finales del siglo XVIII, marcó un antes y un después en el devenir de la humanidad. El acceso a las ingentes cantidades de energía acumuladas en el subsuelo de la Tierra en forma de carbón, petróleo y gas permitió llevar el desarrollo económico, de Europa y EEUU primero y de parte del resto del mundo después, a un nuevo estadio. El acceso a las energías fósiles hizo posible un crecimiento demográfico y económico sostenido de manera que, en la actualidad, la población es 10 veces mayor (7.400 millones en 2016) y el tamaño de la economía es varios cientos de veces mayor que el de entonces (96 billones de dólares en 2016).

Con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial y a medida que el transporte motorizado transformaba de forma radical la movilidad de personas y mercancías, incluyendo la fisonomía de ciudades y áreas metropolitanas, el petróleo se convirtió en mucho más que una commodity que se intercambiaba en los mercados de materias primas. Era también la sustancia sobre la que giraba una parte fundamental de la geopolítica mundial. El acceso a las reservas de Oriente Medio y la protección de los pasos estratégicos y los corredores marítimos para su transporte han marcado la política internacional y, junto a las sacudidas económicas de los periódicos shocks, han desencadenado guerras de ocupación, golpes de Estado y revueltas sociales. En países como Rusia, Arabia Saudí, Irán, Irak, Venezuela, Nigeria y Angola la extracción y la venta de petróleo constituyen la columna vertebral de su economía. Su comercio global (WTO, 2015) sobrepasa los 700.000 millones de dólares al año y es sólo superado por la venta de vehículos (movidos a su vez por derivados del petróleo). En definitiva, el carbón, el petróleo y el gas han vertebrado el orden mundial de la energía a lo largo de los últimos 250 años y suponen todavía el 80% de la energía primaria del mix global.

Ahora bien, aunque el acceso a las energías fósiles ha contribuido a mejorar de forma notable la calidad de vida de las personas en la mayoría de lugares del mundo, su reverso ha sido la alteración del clima como resultado de las emisiones de gases de efecto invernadero. El cambio climático se ha convertido de hecho en uno de los problemas cruciales de la agenda internacional. Cuando 150 jefes de Estado y de gobierno impulsaron el Acuerdo de París en diciembre de 2015, expresaron la voluntad política de las naciones de evitar que el ascenso de la temperatura de la superficie de la Tierra sobrepase los 2ºC (y que preferiblemente se mantenga en torno a 1,5ºC). Con esa decisión los responsables políticos generaron un punto de inflexión, un game changer, en el futuro del sistema energético. Menos de dos años después, las ondas expansivas del Acuerdo de Paris en el ámbito de la energía comienzan a vislumbrarse con claridad.

En este documento de trabajo exploramos las implicaciones que tiene para los sectores del carbón y el petróleo-gas la decisión de la comunidad internacional de cumplir con los mencionados objetivos climáticos, según se desprende entre otros trabajos recientes del estudio presentado de forma conjunta por la Agencia Internacional de la Energía (IEA, por sus siglas en inglés) y por la Agencia Internacional de las Energías Renovables (IRENA, por sus siglas en inglés) al Grupo de los Veinte (G-20) en julio de 2017. En primer lugar, se analiza su incidencia en las reservas de combustibles fósiles actualmente en manos de corporaciones públicas y privadas. Tal y como se explica en el apartado correspondiente, se estima que alrededor del 70% de las mismas deberá quedar en el subsuelo sin explotar a fin de no sobrepasar el aumento de temperatura en 2ºC. Se analiza, asimismo, el impacto esperado en la evolución de la demanda de los diversos combustibles fósiles, en especial el carbón y el petróleo, como consecuencia de las políticas climáticas nacionales derivadas del Acuerdo. Se estudia también el actual ascenso de las energías renovables y la movilidad eléctrica, argumentando que en el ámbito de la generación eléctrica la transición energética ya ha comenzado. El trabajo finaliza con un apartado de conclusiones.

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Antxon Olabe, economista ambiental y ensayista, autor de “Crisis climática-ambiental. La hora de la responsabilidad”, Galaxia Gutenberg, 2016.
Mikel González-Eguino, Basque Center for Climate Change (BC3) y Universidad del País Vasco (UPV/EHU)
Teresa Ribera, Directora del Institut du development durable et des relations internationales (Iddri), París | @Teresaribera

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