¿Hacia una España dual?

El mayor triunfo de la España contemporánea, renacida a la luz de nuestra vigente Constitución, ha consistido en añadir al devenir histórico propio de una de las naciones protagonistas de la civilización occidental un formidable desarrollo económico inclusivo durante medio siglo -desde finales de los años 50 del pasado siglo hasta la primera década de éste- que situó a nuestro país entre los más desarrollados del mundo, lugar que no hemos perdido a pesar de haber caído en un largo bache de diez años del que hemos salido con una sorprendente fortaleza competitiva.

Los logros conseguidos, traducidos en una sociedad diversa, madura y abierta al mundo, que deberían reconfortarnos y hacernos sentir orgullosos y que en la primera mitad del siglo XX nos hubiesen parecido un sueño, están siendo puestos en riesgo por el desencadenamiento de pulsiones nacionalistas y populistas más propios de la España decimonónica que de la del siglo XXI. Carece de motivación racional tratar de abandonar la senda de la Constitución del 78 para caer en estos juegos de suma negativa en los que todos perdemos.

La libertad y la igualdad ante la ley, conquistas extraordinarias de la humanidad allá donde ha sido posible experimentarlas y compañeras de viaje en el discurrir histórico de los países con más éxitos sociales, económicos y políticos, las estamos poniendo en entredicho aquí sin otra motivación aparente que la de satisfacer los deseos de gobernar de unos y de desarticular el país de los otros. Todo ello está siendo posible porque un importante sector de la población debe considerar que todo lo conseguido vale poco, que los sacrificios de las anteriores generaciones han sido vanos y que la Historia nada tiene que enseñarnos.

La libertad, «uno de los más preciados dones que a los hombres dieron los cielos» al decir de Don Quijote, justo ahora, en el tiempo histórico que más plenamente puede ser ejercida por los españoles está siendo depreciada como consecuencia de un creciente desuso de la responsabilidad personal, sin la que aquella carece de sentido. Y es muy difícil no relacionar esta falta de responsabilidad y sentido histórico con nuestro sistema educativo público basado en el abandono del esfuerzo, el trabajo bien hecho, la disciplina, el orden, el mérito y tantos otros valores educativos de la personalidad humana, en el que los deberes escolares y los exámenes son despreciados por cada vez ¡más padres! y que da lugar, salvo las consabidas y muy meritorias excepciones, a jóvenes irresponsables de su propio destino y por tanto dependientes de un agente externo, el «Estado del Bienestar», que habrá de velar por su suerte a lo largo de su vida.

Por suerte no somos -a ciertos partidos les gustaría- un Estado totalitario, y por tanto hay muchísimos padres que se preocupan por el futuro de sus hijos y les inculcan los valores que han impulsado lo mejor del desarrollo humano, dando a la educación la importancia que siempre tuvo -particularmente en España hasta la llegada de la ESO- y que ofrece como recompensa el ejercicio de la libertad para buscarse la vida con preparación y responsabilidad personal intransferibles convertibles en autoestima.

Ni que decir tiene que esta dualidad forjada por la educación conlleva a una triste división: los bien educados en una libertad responsable tienen más éxito en la vida que los que se abandonan a una dependencia sempiterna del Estado mientras echan la culpa de sus desgracias a los demás.

La mayúscula conquista de nuestra libertad vino envuelta en un marco legal, nuestra Constitución, que la garantiza dentro de un marco democrático liberal de derecho. Desde el origen del constitucionalismo liberal -el único existente- toda la doctrina política ha estado de acuerdo en establecer que la democracia es un sistema que posibilita elegir gobiernos, cuya misión principal es garantizar la libertad individual y el respeto de las leyes. Pues bien, tan categórico principio lleva tiempo siendo subvertido por los nacionalistas y en gran medida por los partidos progresistas, que consideran que «su democracia» -no la democracia- está por encima de la ley y la libertad de los demás. Todo lo dicho lleva a una triste conclusión, que en la medida que se afronte como se debe -y estamos a tiempo- aún podemos revertir.

El concepto de países duales fue formulado por los sociólogos al advertir que en ciertos países -India, Brasil y muchos otros- convivían personas e instituciones típicas del primer mundo con otras del tercero. El gran éxito de la España contemporánea ha sido abandonar su parecido con los retratos de los viajeros románticos para constituirse en un próspero Estado moderno convertido en una referencia mundial por: su marco constitucional, sus formidables infraestructuras, con su reloj tecnológico en hora, un envidiable sistema de salud, una industria crecientemente competitiva y abierta con éxito al exterior, líderes turísticos y hasta deportivos en los más reconocidos ámbitos. Aunque demasiados españoles han abandonado los últimos años la patria inclusiva que habíamos construido entre todos y se han dualizado, ya sea menospreciando la educación o integrándose en las sectas nacionalistas, todavía somos mayoría los que seguimos apreciando en lo que valen: la libertad, la igualdad de todos ante la ley y los imperecederos valores que han vertebrado los extraordinarios éxitos de nuestra civilización occidental.

Según las últimas elecciones, los españoles que creen que no lo son y quienes no aprecian suficientemente la libertad, ni respetan la ley, ni valoran la posibilidad de valerse por sí mismos a través de la educación -más accesible que nunca-, ni asumen la responsabilidad de sus vidas, siendo muchos -demasiados- están lejos de ser mayoría; en realidad pudieran llegar a ser un tercio del electorado, ya que no todos los votantes socialistas responden a dicho perfil. Para regresar del abismo de la dualidad a una España libre, seriamente democrática, socialmente inclusiva a través de la educación, es necesario que el PSOE abandone su dualidad sentimental y regrese al espacio político que más éxito le brindó en su historia y que hoy reclaman sus líderes históricos más respetables.

El espectáculo, único en la historia, de las negociaciones socialistas con quienes sin suficiente poder representativo ansían dividir España, al margen de la ley y de la mano de los nostálgicos del lado este del Muro de Berlín es un borrón en la reciente historia de España, que como ya sucediera en la segunda década de este siglo, solo conseguirá desviarnos de nuestro mejor rumbo histórico. Hasta que la mayoría de españoles con sus votos consigan enderezarlo de nuevo, cuanto antes mejor.

Jesús Banegas es presidente del Foro Sociedad Civil.

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