Hades

Los humanos de la Edad de los Metales creían que los muertos, por el simple hecho de estar muertos, sabían muchas más cosas que los vivos. Para empezar, los muertos sabían ya en qué consistía el misterio absoluto de la muerte. Y además, los muertos habían aprendido, al morir, la lección más importante que se puede aprender en la vida. De ahí que en todas las culturas de la antigüedad existiera el mito del héroe –o la heroína– que descendía al inframundo en busca de esa verdad que los muertos conocían pero los vivos no podían conocer. Enkidu en el «Gilgamesh», Osiris en Egipto, la diosa japonesa Izanagi, Adonis el sirio, Orfeo el tracio: todos bajaron al reino de los muertos en busca de ese secreto. El secreto podía ser la revelación del misterio de la otra vida. O la fórmula para rescatar de la muerte a un ser querido. O el consejo que los muertos le podían dar a ese ser vivo para comunicarle una verdad esencial sobre su propio destino. Si muchos siglos después el profeta Jonás fue engullido por la ballena o Jesucristo vivió la experiencia de la muerte y la resurrección, fue porque el judaísmo y el cristianismo reinterpretaron –y revivieron– ese viejo mito del descenso al inframundo.

HadesUlises, el héroe de la «Odisea», también viajó al Hades, el inframundo de los griegos. Homero lo cuenta en el canto XI de la «Odisea», que es uno de los pasajes más sobrecogedores de la literatura universal. Ulises se había enfrentado al Cíclope y a los lestrigones que se alimentaban de carne humana, pero todavía tenía que pasar la prueba suprema: si quería encontrar el camino de vuelta a casa, tenía que descender a la casa de los muertos. El relato de ese descenso al Hades, contado además en primera persona por Ulises, marca el momento en que la literatura humana se hace adulta para siempre. Y en apenas una tirada de hexámetros, Homero deja atrás la fase seudo infantil de los semidioses que sólo conocen las emociones primarias y salta a la realidad adulta de los seres humanos que se enfrentan a la soledad, el dolor y el vacío.

En la «mansión de anchas puertas» del Hades, Ulises descubre algo que hasta entonces no había sentido jamás. Entre las muchas sombras, se le acerca una sombra de mujer. Ulises no sabía que su madre había muerto, pero de repente la tiene allí delante, y la sombra le cuenta que murió de dolor al no poder soportar su ausencia durante los largos años de la guerra de Troya. Ulises se queda devastado, pero aún no lo ha visto todo, porque poco después llegan las sombras de los guerreros que murieron frente a las murallas de Troya. Poco a poco, Aquiles, Patroclo, Ayax, el gigante Orión, Hércules, todos los guerreros muertos se acercan a verle. Ulises no sabía que Aquiles había muerto (en la «Ilíada» no se dice nada de su muerte), pero ahora se lo encuentra en el Hades, porque Aquiles murió en la guerra, igual que murió Héctor –al que mató el propio Aquiles–, e igual que murió Patroclo y murió Áyax y murieron tantos y tantos guerreros aqueos y troyanos. Ulises se avergüenza de estar vivo cuando todos sus compañeros están muertos (se avergüenza, sí, pero también se alegra de no tener que vivir entre las sombras, y esa dualidad hace de él el primer personaje propiamente humano de la Historia). Y al ver a Aquiles, intenta reconfortarlo diciéndole que para un hombre como él, que es recordado como el guerrero más valiente de su tiempo, la muerte tiene que ser muy dulce. Pero Aquiles no se cree esas paparruchas. Y contesta que preferiría ser esclavo de un labrador antes que reinar sobre las sombras de los muertos (esa frase la usó Javier Cercas para titular su novela «El monarca de las sombras»).

Así que el valiente Aquiles renuncia a ser el glorioso Aquiles de los pies ligeros, y reconoce que preferiría ser un esclavo vivo antes que un rey que sólo tiene poder sobre las sombras. Ésa es la sabiduría de los muertos, que saben mucho más que los vivos justamente porque están muertos y porque al morir han adquirido una nueva clase de conocimiento que los vivos nunca alcanzarán mientras estén vivos. Y cuando Ulises regresa al mundo de los vivos, se lleva consigo esta enseñanza. No quiere ser un héroe, no quiere ser un mito. Lo que quiere es volver a su isla y ser de nuevo un monarca en el mundo de los vivos. Sobrevivir. Regresar. Cualquier cosa antes que morir.

Si los años de la Transición salieron bien en España, pese a los múltiples peligros con que tuvimos que enfrentarnos –ETA, el FRAP, la extrema derecha, el franquismo residual, la terrible crisis económica–, es porque muchos de los que la protagonizaron actuaron como hombres primitivos que sabían escuchar a los muertos. Es más, muchos de los protagonistas de la Transición se habían comportado cuando eran jóvenes como los guerreros de la «Ilíada» que querían destruir como fuera al enemigo. Pero entonces llegó la guerra civil que ellos mismos habían provocado, y todos tuvieron que descender al Hades de la sangre y del miedo y del horror. Y muchos años después, tras la victoria o la derrota de su bando, esos mismos protagonistas, avergonzados y espantados por lo que habían hecho, descubrieron como Aquiles en el Hades que era mucho mejor ser un esclavo vivo en vez de ser un monarca de las sombras. Y fue por eso que muchos de los protagonistas de la Transición –generales franquistas, militantes comunistas, sindicalistas perseguidos y encarcelados por el franquismo– supieron reconocer que nunca podrían construir una democracia verdadera si no olvidaban los viejos dogmas de la «Ilíada» –la propaganda feroz, el odio, la intoxicación ideológica, el deseo feroz de eliminar al adversario– y aceptaban en cambio las dolorosas verdaderas que Aquiles expuso en el Hades, frente a Ulises, en ese canto XI de la «Odisea» en el que ha quedado expresada para siempre la más descarnada verdad de la condición humana, liberada por fin de todos los mitos y de todas las mentiras con que los hombres se engañan a sí mismos.

Eduardo Jordá, escritor.

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