¿Hasta cuándo, Cataluña?

¿Quo usque tandem, Cataluña, van a seguir abusando de nuestra paciencia? ¿Durante cuánto tiempo se burlará de nosotros esa locura de algunos de tus hijos? ¿Hasta qué límites hará alardes esa osadía suya sin freno? ¿Es que no les ha impresionado nada la intervención de la autonomía, nada el despliegue de los cuerpos de seguridad, nada el miedo del pueblo al porvenir, nada la afluencia de gente de bien a las manifestaciones, nada la claridad de las sesiones del Senado, nada los expresivos rostros de los diputados?

¿No te das cuenta de que sus planes están al descubierto, no ves que su conjura está ya maniatada, debido al conocimiento que de ella tienen los magistrados? ¡Oh tiempos, oh costumbres! O tempora, o mores!A la cárcel debían haber sido conducidos todos hace tiempo, por orden de los jueces; contra todos ellos debía haberse vuelto esa maquinación para destruirnos.

En otro tiempo existió el suficiente valor en esta democracia como para que hombres valientes reprimieran a los golpistas con castigos tan severos como los reservados para los enemigos exteriores. Al Estado no le falta ahora ni la deliberación ni la autoridad de sus instituciones. Un Gobierno resuelto, lo digo claramente, es lo que nos está faltando. Por eso hace ya más de cien días que permitimos que se melle el filo de la espada de la autoridad de lo acordado por los senadores.

Hasta cuándo, CataluñaTenemos, en efecto, una resolución del Senado en este sentido –habemus enim eius modi senatus consultum-, permitiendo aplicar el artículo 155, pero es como si estuviera encerrada en los archivos. Tenemos en efecto una euroorden de detención, pero es como si estuviera escondida en la vaina de la espada. Según esa euroorden conviene que a Puigdemont se le detenga inmediatamente. Pero está libre y lo está, no para abandonar su osadía, sino para reafirmarla con nuevas y desafiantes muestras de audacia.

Deseo, lectores, ser tolerante; pero también deseo, en medio de tan graves peligros para el Estado, que no parezca que me he relajado, ni pueda acusarme a mí mismo de desidia e indolencia. Si el juez ordenara apresar ya a Puigdemont, si pidiera ya su extradición a Bélgica, todavía habría personas de bien que dirían que ha actuado demasiado pronto. El juez sólo procederá contra él cuando, a resultas de su investigación, ya no se pueda encontrar a nadie tan malvado o tan desinformado como para no reconocer que se ha actuado conforme a Derecho.

Entre tanto, los conspiradores habrán de comprender que hay quienes velan con mucho más celo por la salvación del Estado que ellos por su perdición. Hubo cómplices de su locura delictiva que actuaron junto a Puigdemont. ¿Se atreven a negarlo? ¿Por qué callan? Algunos, como Junqueras o Jordi Sánchez, están en prisión. Pero otros continúan en el Parlament, e incluso en el Congreso y el Senado.

¡Oh dioses inmortales! ¿En qué país estamos? ¿Qué Estado tenemos? Quam rem publicam habemus? ¿En qué ciudades vivimos? Aquí, aquí siguen entre vosotros, señorías, en estas cámaras que deberían ser las más sagradas e intachables del mundo, para maquinar la destrucción de esta democracia.

Tú elegiste, Puigdemont, a los que dejarías en Barcelona y en Madrid y a los que se marcharían contigo; y señalaste las partes del ordenamiento legal en las que deberían producirse los incendios de la desobediencia. Nunca más la suprema salvación del Estado se debe poner en peligro por un solo hombre. Siempre nos tendiste trampas. Ahora ya atacas abiertamente a todo el Estado, llamas a su ruina y su devastación.

No logras nada, no consigues nada, pero no desistes de querer intentarlo, aunque sea a través de otro. Desde hace un par de años no ha existido ningún delito de desobediencia sin tu firma, ningún escándalo sin tu intervención. No sólo has sido capaz de menospreciar las leyes y las investigaciones judiciales, sino también de intentar revocarlas y destrozarlas.

Que tú te arrepientas de tus vicios, que temas los castigos de las leyes, que cedas a los intereses del Estado, eso es pedir demasiado. Y es que, Puigdemont, tú no eres un hombre al que el pudor pueda apartar de la vergüenza, el miedo del peligro o la razón de la locura.

Pese a todo, hay en estas cámaras, algunos que no ven lo que nos amenaza o disimulan lo que ven. Hay quienes han alimentado las esperanzas de Puigdemont con decisiones débiles y han dado fuerzas a la incipiente conjura no creyendo en su existencia. Siguiendo la influencia de estos últimos, muchos ciudadanos, no sólo los de mala fe, sino también los inconscientes, habrían dicho, en el caso de que se hubiera procedido antes contra él, que se habría actuado con crueldad y despotismo.

Pero en este momento, si de esa banda de bandidos se hiciese desaparecer únicamente a los ya encarcelados y a ese jefe, tal vez parecería que se nos aliviaría durante un breve tiempo de una preocupación temerosa; pero el peligro permanecería y quedaría profundamente incrustado en las venas y vísceras del Estado. De la misma forma que, a menudo, hombres aquejados de una grave enfermedad que se revuelven en medio del calor febril, si beben agua fría, al principio parece que sienten alivio, pero después son atacados con mucha más gravedad y virulencia, de la misma manera esta enfermedad que está en el Estado, aliviada con el castigo de unos pocos, se agravará mucho más, si los demás siguen libres e impunes.

Por eso tú, Júpiter de la democracia, que te encarnas en los poderes del Estado y actúas como protector de la ciudad, la Constitución y la soberanía popular, apartarás a Puigdemont y a sus cómplices de los templos de las instituciones, de las casas y de las murallas, de la vida y fortuna de todos los ciudadanos. Y a las personas enemigas de los buenos, a los adversarios de la patria, a los saqueadores de Cataluña, hostes patriae, latrones Italiae, unidos entre sí por un pacto y una alianza criminal, los sacrificarás, estén libres o presos, con castigos que dejen una huella eterna.

El actual Gobierno nos dice que, por fin y de una vez, ciudadanos, tandem aliquando, quirites, hemos expulsado del poder, hemos despachado fuera de la comunidad política y hemos acompañado en su salida con palabras de despedida a un Puigdemont enfurecido por la osadía, respirando delitos, maquinando criminalmente la perdición de la patria, amenazándonos a todos, con nuevas conjuras e incendios. El Gobierno considera un éxito su renuncia. Da por hecho que la nación se alegra de haber vomitado y expulsado fuera una ruina tan grande. Y contesta a quien le acusa de no haber detenido a un enemigo mortal antes de dejarle escapar, que no es su culpa, sino de los tiempos que corren.
hay lugar ya para la blandura; non est iam lenitati locus; la situación misma exige dureza. Una cosa se les podría conceder, todavía ahora, a los partidarios de Puigdemont: que salgan de la vida pública que abandonen el Parlamento, que se marchen también a Bélgica, que no permitan que su desgraciado jefe se consuma de nostalgia hacia ellos. Les indicaré el camino: se marchó por la via Aurelia (perdón, por la AP-7 de Girona a Perpiñan) y si quisieran darse prisa, lo alcanzarían en cualquier anochecer. ¡Oh, república afortunada, si de verdad expulsara de la ciudad a estos desechos!

Desgraciadamente, nos queda la guerra interior. Dentro están las conspiraciones, dentro está encerrado el peligro, dentro está el enemigo: contra la decadencia, contra la locura, contra el delito es contra lo que debemos luchar. Remediemos lo que se pueda curar con las medidas que sean necesarias. No permitamos que lo que haya que extirpar permanezca como un cáncer en la ciudad. Por tanto, que se vayan o permanezcan en paz; y, si permanecen en la ciudad con las mismas intenciones, que esperen entonces lo que se merecen.

Alguien podría decir cínicamente: ¡qué tarea tan miserable la de no sólo gobernar el Estado, sino tener incluso que salvarlo! (También hubo quien hace casi dos mil cien años clamó: ¡Qué guerra tan realmente terrible, con Catilina al mando de una cohorte pretoriana de maricas, scortorum cohortem praetoriam!)

Pero si dejamos a un lado todos los medios de los que disponemos y de los que Puigdemont carece, a saber, el Senado que autoriza el 155, las fuerzas de seguridad, el pueblo español, la nación, el tesoro público, los impuestos, la Unión Europea, las demás autonomías, la comunidad internacional; si, dejando todo eso a un lado, queremos comparar los principios mismos que están en juego, de la misma comparación seremos capaces de entender lo hundidos que están ellos.

Y es que de nuestro lado lucha la vergüenza, del suyo la arrogancia; del nuestro la modestia, del suyo la perversión; del nuestro la honestidad, del suyo el engaño; del nuestro el deber, del suyo el delito; del nuestro la firmeza, del suyo la histeria; del nuestro el honor, del suyo la desvergüenza; del nuestro el control, del suyo la pasión; del nuestro, en fin, la justicia, la fortaleza, la templanza, la prudencia, virtudes todas que luchan contra todos los vicios, virtutes omnes certant cum iniquitate.

Yo mismo podría meterme en la piel del más pusilánime de los gobernantes para concluir esta segunda peroración en los únicos términos posibles. Si alguien ha creído que he sido demasiado indulgente hasta ahora, ha sido porque he estado esperando a que estallara lo que estaba oculto. Pero de aquí en adelante, ya no puedo olvidar que esta es mi patria, que yo soy su presidente y que es mi deber hacer cumplir las leyes o perderlo todo en ese empeño.

No hay guardián alguno en las puertas, no hay emboscada en el camino. Si algún individuo desea salir, puedo cerrar los ojos. Pero si alguien hace algún movimiento en el interior, cualquiera al que yo sorprenda, no sólo ejecutando sino incluso intentando un plan contra la patria, esa persona se dará perfecta cuenta de que, en esta democracia, los ministros están vigilantes, de que existen magistrados excepcionales, de que hay un Senado fuerte y de que hay una cárcel que nuestros antepasados quisieron que existiera para castigar los crímenes flagrantes y abominables.

Las leyes que son nuestros dioses ya no nos protegen desde lejos, como antes solían, de un enemigo exterior y lejano, sino que aquí presentes, con su divinidad y ayuda, defienden su propios templos y las casas de la ciudad. A esas leyes vosotros, ciudadanos, quos vos, quirites, debéis suplicar, pedir, exigir que protejan esta nación, destinada por ellas a ser la más hermosa, floreciente y poderosa, de los delitos abominables de sus miembros más pérfidos.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.


(Para mayor precisión, considérese incorporada apud acta la edición bilingüe de Antonio Ramírez de Verger -Cátedra 2013- de las Catilinarias de Marco Tulio Cicerón y cotéjense en ella los cambios en los nombres, los leves retoques en algunas expresiones y las pocas adiciones retóricas. Todos mis párrafos están extraídos de los pasajes 1-5, 11, 12, 15, 22, 30 y 31 de la Primera Catilinaria y de los pasajes 1, 2, 3, 6, 7, 11, 14, 25, 27 y 29 de la Segunda Catilinaria)

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