Hasta los cojones

La política ha llegado a tal nivel de histrionismo que la frase de un señor de Barcelona en 1873 acaba explicando un sainete tragicómico perpetrado en Murcia en 2021. Quién le iba a decir a don Estanislao Figueras que su exabrupto de testiculina iba a definir, siglo y medio después, el declive moral del país que presidió. La inestabilidad institucional, la incertidumbre en la gestión y el barullo tribal es ahora igual que entonces, no así la altura política y retórica de sus representantes. Cuando Castelar se levantó poco después para decir aquello de «señorías, voy a hablar de ideas democráticas, si es que desean oírlas», en realidad enmarcaba el duro y proceloso devenir de una nación acostumbrada a odiarse mientras se mira en el espejo. La España que debemos regenerar hoy recuerda mucho, empero, a aquella otra restaurada bajo la combinación liberal conservadora, fruto del pacto de 1885. Un binomio que asentó la monarquía alfonsina y la posterior regencia de María Cristina, instituyendo un turnismo (hoy lo llamaríamos alternancia bipartidista) que alejó al país de cavernas atávicas para sumergirlo en el moderado equilibrio que frenó toda tentativa cainita pretérita.

Hasta los cojonesMurcia ha sido esta semana la capital de la España esperpéntica, la costura por la que se desangra la democracia que vinimos a modernizar y a transformar. Esa España con la que soñamos algunos liberales cuando nos unimos a un proyecto diferente, definido, fresco, contundente y, sobre todo, limpio. Es difícil reconocerse, visto lo acontecido, en aquel legado de combate sano por las ideas. Porque no hay ideas. Y sin ideas, no hay nación que valga la pena explicar, ni sociedad merecedora de ser gobernada. Porque no confiarán en ti. En el panorama político actual, nadie sabe en qué momento estamos porque nadie conoce la posición real de cada uno. Llegados a este punto, lo mejor es enemigo de lo bueno, decía el ídem de Voltaire. Claro que Voltaire hoy sería un facha irredento, contestatario del discurso progre biempensante, pero que en su momento tuvo su público esnob, decidido a citarlo cada vez que sus ideas de salón necesitaban de soporte intelectual. A España la han polarizado y secuestrado los aprendices de consultor y los reaccionarios de todo a cien. Nunca antes la involución democrática es tan evidente, con las instituciones debilitadas por una parte conocida y reincidente. Mientras el PSOE siga hablando desde su atalaya de polaridad, combatiendo a Vox en la batalla de los conceptos, y estos a su vez rentabilicen la ausencia de criterio en el centro y centro derecha, seremos dirigidos por la utopía y el desafuero, y deberemos elegir entre la mentira y la revancha, la nada o el contra todo. Volvemos a la España de la que huyeron los liberales cuando vieron la libertad asesinada.

Siempre que la progresía fetén llega al poder, se preocupa de honrar antes la memoria de Gramsci que la de Besteiro y así articula, urbi et orbi, su ideología trasnochada mientras pontifica sobre lo que es correcto y lo que no, situando extramuros de lo primero a quien no entre en su canon de pureza ideológica. En la sociedad actual, anestesiada por lo efímero, creemos con suma facilidad aquello que nos cuentan sin reparar en la realidad de lo que sucede. Murcia es el mejor ejemplo. Sánchez, el presidente peor preparado de la historia, ha conseguido que España piense en blanco y negro de nuevo. La alternativa a él es él. Cree que el contraste al populismo es su versión de sonrisa impostada y traje vacío. Ha oscurecido el debate público entre las bambalinas de conspiraciones y propaganda, ha destrozado los acuerdos de estado, ha sumido a la nación en una desesperanza total. Es el mejor exponente de por qué en España estamos hasta esos cojones que Figueras retrataba como cuadro de la decadencia política de antaño.

Por eso es más pertinente que nunca la presencia de un partido que encarne lo que nadie representa: centralidad, firmeza, convicciones, pero, sobre todo, un discurso fresco, contundente y diferente al pensamiento establecido. Lo que fue y debe volver a ser Ciudadanos. Pero el liberalismo que defendemos y representamos no existe si no se explica. De ahí que Lord Acton defendiera que «las ideas son la causa de los acontecimientos públicos y políticos, no su efecto». El discurso político actual se inserta en ese mercado de la tertulia donde se imponen visiones, estereotipos y enemigos, sustituyendo la visión de concordia por el desasosiego ante la falta de esperanza en la clase política. A lo largo de la historia, toda nación, todo pueblo, todo movimiento social ha necesitado de la épica de una narración para conformarse y desarrollarse como tal. El liberalismo actual necesita de un relato presente, con líder y narrador, con historia y marcos de valores que se puedan contar, entender, compartir y reproducir. Sin filtros ni fisuras. El centro liberal es posible como opción política solo si crees realmente en él más allá de enunciarlo cada día tres veces. Porque un sistema de libertades exige una política de convicciones. ¿Quién las representa y lidera hoy? Ante la presumible ausencia que define el silencio, esa defensa de las libertades las quiere encarnar en estos momentos una formación con evidentes humedades en este ámbito.

Todo partido necesita vestirse ideológicamente si quiere definir su existencia como formación y baluarte de aquellos que buscan asidero moral con el que combatir, hodierno, la nada sanchista y el populismo de Vox. Y ello debe explicarse a través de una doctrina que enmarque su esencia histórico-política, sus referentes éticos, su razón de ser. Un discurso que cuente y rinda cuentas, que detalle, narre y comunique quién eres y qué representas, a qué ideas te debes y qué vienes a cambiar, mejorar o modernizar. Una narrativa que potencie los mensajes en los diferentes formatos en los que se interactúa hoy, para conectar y acelerar mejor la interacción entre representante y ciudadano. Hoy, carecemos de eso. No hay mecanismos discursivos con los que la gente pueda identificarse sin fisuras. La ocurrencia no es una estrategia. Es una ocurrencia. Por muy redonda que salga. El liberalismo que representamos es más un concepto que una causa, ha dejado de ser un proyecto para quedarse en una definición a la que todos combaten. Sin asidero moral y doctrinal, no hay confianza duradera, sólo crecimiento coyuntural, endeble y por tanto, fugaz. La realidad que debemos cambiar.

Hoy más que nunca debemos defender la herencia de un pasado fecundo en nombres y escritos, en ideas y políticas. Somos el partido de Jovellanos, de Sagasta, de Ortega, de Marañón, de Marías (Julián, no Javier), de Chaves Nogales. Somos herederos de la tradición moderna de aquellos liberales que en 1812 expulsaron a un rey felón de España por entregar nuestra historia a los «ilustrados» de Bonaparte. Doscientos años después, el felón reside en Moncloa, con centenares de validos inválidos que se ocupan de maquillar de simbolismo su impostura política. Por eso debemos recuperar el norte, la frescura de un discurso desacomplejado, directo al mentón del bipartidismo siempre caduco y reaccionario a los cambios y reformas que España necesita, hoy con más urgencia que nunca. Necesitamos volver a ser el dique de contención a las corruptelas institucionales que la vieja guardia de siglas lleva imponiendo en la estructuras nacionales desde los tiempos de Antonio Maura.

El liberalismo que encarnamos siempre prefirió la escucha antes que cualquier respuesta, la negociación a la imposición, porque asume como propias las diferentes sensibilidades existentes en la sociedad, constituyendo el mejor antídoto ante los populismos. También por la defensa que hacemos de los derechos y libertades básicas del individuo, y por esa esencia en favor de la modernidad y el progreso, vanguardia frente a los que quieren atrasar el reloj de la historia para situarlo en tiempos oscuros de democracia conculcada. Toda sociedad contemporánea navega en la actualidad con extremada precisión para mantener el pulso entre Estado y mercado, atendiendo las necesidades básicas ciudadanas en ámbitos troncales como la sanidad, la educación o las prestaciones sociales, que, combinado con el fomento de una regulada y sana competencia empresarial, acaba por construir una sociedad del bienestar moderna y equilibrada. Hay que volver a poner esto en la mesa de debate, en los cafés y tertulias, en los medios y redes, en las plazas y asambleas de la sociedad civil. Debemos, en definitiva, reflexionar para volver a ocupar de nuevo ese espacio que solucionaba las diferentes pasiones y pulsiones políticas que tenemos en el día a día. Sin espectáculos ni sainetes. Con responsabilidad y criterio. O los españoles seguirán reprochándonos que están hasta donde dijo don Estanislao.

Fran Carrillo es diputado y portavoz adjunto de Ciudadanos en el Parlamento de Andalucía.

1 comentario


  1. El señor Carrillo debe mejorar sus conocimientos de historia. Los liberales no expulsaron a Fernando VII ni a Carlos IV. Fernando VII fue conocido (y merecido) como felón mucho después de 1812. Entre 1808 y 1815 fue el Deseado y popularísimo; los españoles lucharon y murieron ante los invasores franceses por la religión católica y la monarquía española.

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