Hawking y el problema de Dios

Algunos extractos aparecidos en la prensa británica como avance del nuevo libro de Stephen Hawking The Grand Design han levantado revuelo medático por la aparente afirmación de dicho científico de que Dios no existe. No obstante, en lo que se conoce del libro, Hawking no afirma que Dios no existe, sino que no es necesario ya postular su existencia para comprender el origen del universo, que es algo muy diferente.

Hawking, prestigioso físico, catedrático en Cambridge y, dicho sea de paso, miembro vitalicio de la Academia Pontificia de las Ciencias, ya trató la cuestión de la existencia de Dios en obras anteriores, si bien de modo más ambiguo.

A juzgar por los pasajes que han resaltado los expertos del diario The Times, el libro no revela ningún nuevo y portentoso descubrimiento en el campo de la física. Hasta tal punto es así que la afirmación más espectacular contenida en el mismo parece ser que, a la vista de las últimas teorías de la física, ya no hace falta creer en Dios para explicar la existencia del universo.

Tal afirmación de Hawking parece implicar que hasta este momento el ateísmo era científicamente injustificable, puesto que es únicamente ahora, gracias a las últimas teorías, cuando es permisible prescindir de Dios para entender nuestra propia existencia.

A la vista de lo erróneo de las que eran consideradas las «últimas teorías» científicas hace cien o doscientos años, uno se pregunta cuales serán las últimas teorías de la física de aquí a cien o mil años y cómo se verán entonces las «últimas teorías» que ahora cita Stephen Hawking.

En cualquier caso, A falta de una lectura integral del libro, que no aún no está en las librerías, hay que señalar que ciertas afirmaciones en el mismo son filosóficamente -y uno diría que intelectualmente, sin más-insostenibles. Hawking afirma que el Big Bang fue una «consecuencia inevitable de las leyes de la física». Y uno se pregunta «leyes… ¿de qué física?» si antes del Big Bang no había nada. Y, en cualquier caso, cuál es el origen de esas misteriosas leyes físicas que precedían a la existencia del mundo físico, ¿qué leyes dieron lugar a esas leyes?

Los científicos sitúan la edad de universo en torno a los 13.700 millones de años. Y, al igual que ocurre con cualquier objeto físico, cuando llegamos al punto cero de su edad podemos afirmar que antes de ese momento no existía. Es decir, antes del Big Bang no había nada. Hawking, como no podría ser de otro modo, está de acuerdo en esto. Sin embargo, en su libro, hace la afirmación de que el universo «se creó a sí mismo de la nada», por generación espontánea. Es el ateísmo llevado al límite de la desesperación.

No está claro que Hawking, que desprecia la filosofía, entienda lo que significa el término «nada» en su sentido filosófico, o si más bien cae en la ingenuidad de visualizar la nada como si de un «algo» se tratara. La nada es un concepto difícil, y quizás sólo posible de captar mediante analogías.

Si en vez de casarse con mi padre, mi madre se hubiera casado con otro hombre no existiría yo ahora, sino otra persona. ¿Quién es esa persona que pudo haber existido si mi madre se hubiera casado con otro hombre? ¿Cómo sería? De esa persona que pudo haber sido pero que no es no podemos decir nada. No existe. Ese ser imaginario -ese no ser- en su no existencia, es lo más cercano que podemos llegar a la idea de la nada. ¿Cómo podría ese imaginario ser que no existe dar lugar a algo? Y sin embargo dicho «ser» que pudo haber existido pero que no existe tiene un grado de existencia que la nada no tiene, porque en la nada no hay nadie que pueda ni tan siquiera imaginar la existencia de algo. En la nada no hay ni siquiera la posibilidad de la existencia, porque la posibilidad ya es de por sí una forma de existencia.

Miremos al cielo e imaginemos lo improbable que sería que de repente, sin motivo ni razón, apareciera una piedra allí flotando en el aire. ¿Qué probabilidad hay de que eso ocurra? Estamos tentados de decir que ninguna. Pues bien, aún con todo lo extremadamente improbable que eso nos parece -y ello en un mundo en que existen piedras y concatenaciones físicas aún desconocidas- la aparición de algo a partir de la nada es infinitamente más improbable que la aparición espontánea de una piedra en mitad del aire. En la nada no hay probabilidad de nada.

Hawking no da argumentos de peso para apoyar su afirmación de que todo ha surgido de la nada por generación espontánea. Y la verdad es que para creer eso hace falta más fe en la ciencia -fe ciega, literalmente ciega- que para creer en la Virgen de Fátima y en los angelitos de la guarda. Es la ciencia convertida en instrumento de fe, fe en la religión del ateísmo militante.

Lo que ofrece Hawking en su nuevo libro no es un argumento científico propiamente dicho, sino un posicionamiento ideológico, una instrumentalización de su prestigio como científico para promover sus convicciones personales..

Juan A. Herrero Brasas, profesor de Ética Social en el departamento de Estudios de Religión de la Universidad del Estado de California.